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jueves, 29 de marzo de 2012

Queremos ver a Jesús


DAVID VILLALÓN

Domingo V de Cuaresma – Ciclo B

“Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32)

Nos encontramos en el último domingo antes de comenzar la Semana Mayor de la fe cristiana. Hoy resuena en el Evangelio un grito, un deseo que muchos de nosotros también, en algún momento de nuestra vida, habremos expresado: «Queremos ver a Jesús». Se lo manifiestan unos griegos, gentiles, paganos, no judíos, al apóstol Felipe. ¿Qué expresan con este deseo? Alguien me podría contestar: «Está claro: conocer a Jesús». Pero conocer es más que simplemente ver. Ellos eran griegos, personas ajenas al pueblo judío, como nosotros hoy. Podría parecer que Jesús no tenía nada que ver con ellos, que no les decía nada, que no significaba nada porque no es más que un judío que está en Jerusalén para celebrar una fiesta religiosa propia. Pero la vida y el mensaje de Cristo les ha impactado y por eso intentan concertar un encuentro con Él, a través de Felipe. No les convence lo que otros le han dicho sobre Jesús, desean escucharlo por sí mismos, acercarse ellos personalmente, encontrarse con Él cara a cara.

Aquellos griegos lograron cumplir su deseo, se aproximaron a Jesús, guiados por quienes sabían dónde estaba Cristo —los apóstoles Felipe y Andrés— y lo vieron, pero, sobre todo, lo escucharon. «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí», les dijo el Señor. ¿Elevado sobre la tierra? ¿Levitando, flotando, volando? Desde luego que no. Eso no atraería a nadie. Elevado en una cruz sobre la tierra, como prueba de su inmenso amor por nosotros, como prueba definitiva del amor de Dios por cada uno de nosotros. Eso sí atrae, eso sí impacta, eso sí consigue conmocionar a quien sabe apreciar las verdaderas dimensiones de esta imagen del hijo de Dios torturado hasta la muerte en una cruz por nosotros, por nuestros pecados, para nuestra salvación.

«Queremos ver a Jesús». Ahí lo tenéis: suspendido en la cruz, clavado en ella, muriendo ejecutado porque te ama y te salva. Elevado sobre la tierra para que sea visible a todos los que quieran contemplarlo. Es Dios hecho hombre para entrar en lo más profundo, en lo más oscuro, en lo más horrible de la humanidad y rescatarnos, sacarnos de ahí, llevarnos con Él hasta la realidad eterna de su gloria. «El príncipe de este mundo va a ser echado fuera». ¿Quién? ¿El emperador de Roma? No, no es Tiberio, se refiere al diablo. Para sacarnos de su influencia, para liberarnos de sus redes Cristo entrega su vida y Dios Padre lo resucita. Él ha vencido, Él ha salido victorioso. Nosotros somos libres de verdad. ¿Seremos capaces de ver al auténtico Jesús? Podemos, mejor incluso que aquellos griegos, pero ¿queremos ver a Jesús?

lunes, 19 de marzo de 2012

La serpiente y la Cruz


SANTIAGO MARTÍN CAÑIZARES

Domingo IV de Cuaresma – Ciclo B

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16)

Cuando llegan fechas de romería, o la misma Semana Santa que ya tenemos a las puertas, siempre me hago la misma pregunta. ¿Dónde encontrar una palabra constructiva para aquellas personas que sobre todo están apegadas a una imagen? ¿Qué decirles sobre lo que representa su piedad hacia esas imágenes? Algunos me insinúan que no son más que un trozo de madera, pero me resisto a pensar así. Descubro en el evangelio de hoy una tradición judía, que quizá me ayude en este punto.

Jesús menciona el episodio en el que Moisés elevó aquella serpiente en el desierto. Y hace la comparación de que de esa misma forma Él será elevado. Aquella tradición está recogida en el libro de los Números. Cuenta cómo Moisés intercede por el pueblo ante Dios por el ataque de una plaga de serpientes. Moisés, instruido por Dios, colocó una serpiente de bronce en lo alto de un mástil y todo aquel que la miraba, aunque hubiera sido atacado por uno de esos reptiles, viviría.

Cuanto menos, parece curiosa la solución, y más cuando es conocida la inclinación del pueblo de Israel a abandonar a Dios por otros ídolos. La tentación estaba servida: un mástil con una serpiente que trae la salvación a quienes miran hacia ella. No es muy diferente de la fe, verdadera, profunda y sencilla de muchos hombres y mujeres de nuestro alrededor, que pueden tener la tentación de encerrar la grandeza de Dios en una imagen, y más cuando puestos sus ojos en ella oran por sus necesidades y hallan que son escuchadas.

Sea como fuere, parece que el pueblo al recordar aquel antiguo episodio en el libro de la Sabiduría, reconoce tras el signo de la serpiente de bronce el poder de Dios: «tenían un signo de salvación para recordar tus mandamientos, y el que lo miraba se curaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, el Salvador». De esta misma forma el crucificado que se eleva en las devociones populares y en las liturgias es signo de aquel otro del Calvario. El mismo, que comparándose con la serpiente, no sólo nos trae una salvación mundana de las enfermedades, sino que nos trae una vida nueva. Porque tanto amó Dios al mundo que ya no colocó una serpiente de bronce como signo de su misericordia, sino que envió a su propio Hijo.

lunes, 12 de marzo de 2012

Palabras de vida eterna


IGNACIO RODRÍGUEZ COCO

Domingo III de Cuaresma – Ciclo B

“No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2,16)

Ante Cristo y su Iglesia, algunos hoy siguen buscando signos y milagros, como los “muchos que creyeron en él viendo los signos que hacía”. Son los que sólo creen en la Iglesia por la labor caritativa que realiza, pero que reduciéndola a una ONG de beneficencia de tres al cuarto, no quieren saber nada de su doctrina ni de su moral, e incluso las consideran un “escándalo” cada vez que un obispo o el Papa las proclaman. Son los que niegan a la Iglesia que, más allá de la necesaria ayuda al pobre, pueda penetrar y transformar la vida humana en sus raíces (familia, bioética, sexualidad, economía, trabajo…) Otros buscan sabiduría y piden que “la Iglesia se adapte a los nuevos tiempos” y acepte los postulados de los poderes establecidos. Subyugados por la dictadura del relativismo, no pueden soportar que una determinada moral se muestre con pretensión de autoridad de ser el camino de la verdad y de la vida. Cualquier mandamiento, cualquier autoridad, y más aún si es de tipo religioso, es vista como algo opresivo, como una “necedad” que mata nuestra libertad y que conduce a una vida desdichada en la que “todo lo bueno o es pecado o engorda”.

Frente a esta concepción, en la Iglesia predicamos los mandamientos de un “Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” transmitidos ya en la Antigua Alianza y recibidos en la Nueva como principio de la conducta moral que debe regir la vida auténtica de todo ser humano. Los mandamientos no se reducen a la ayuda al necesitado, sino que abarcan todos los aspectos de la vida humana, “porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre”. Dios sabe lo que somos, qué es lo que nos hace felices. Por eso, el salmo llama a los mandamientos “palabras de vida eterna”, y quien los sigue tiene “descanso del alma” y “alegra el corazón”.

Jesús, como “Dios celoso” de la casa de su Padre, no puede soportar cómo el primer y principal mandamiento “no tendrás otros dioses frente a mí”, expresado en el Templo con el culto al único y verdadero Dios, es transgredido. Hoy, como siempre, la Iglesia corre el peligro de llenarse de cambistas que cambian su doctrina, principios y mandamientos; que quieren desvirtuarla, reducirla o convertirla en lo que no es, para que, abandonando el culto al Dios verdadero, termine adorando a “otros dioses” y se convierta en un mercado de ideas y creencias en el que cada uno construye su religión a la carta. Jesús los expulsó del Templo a azotazos; ¿estaríamos contraviniendo algún mandamiento si hacemos un cordel de cuerdas y “expulsamos” del Templo a los mercaderes…?

La Opinión-El Correo de Zamora, 11/03/12.

lunes, 5 de marzo de 2012

Conozcamos la identidad de Jesús: la Transfiguración


ANTONIO JESÚS MARTÍN DE LERA

Domingo II de Cuaresma – Ciclo B

“Este es mi Hijo amado; escuchadlo” (Mc 9, 7)

Está claro que este relato, en el segundo domingo de cuaresma, apunta claramente a la resurrección de Jesús. El relato lo sugiere al presentar a Jesús transfigurado, deslumbrante. Y el mismo Jesús hace referencia expresa a su propia resurrección de entre los muertos. Estamos, por tanto, ante un evangelio de vida que trasciende la muerte y pretende mantener viva la esperanza.

Jesús, que se ha hecho acompañar por Pedro, Santiago y Juan, aparece junto a Elías y Moisés. Estos dos últimos personajes representaban en el judaísmo de la época el profetismo y la ley (Torá), síntesis del Antiguo Testamento, y que según la tradición judía deberían aparecer junto al Mesías, esto se confirma en este pasaje y en la persona de Jesús. La Palabra de Dios avala la vida y la predicación de Jesús, el Hijo de Dios, como confirma la voz que viene del cielo.

Los discípulos quieren quedarse allí: «¡Qué bien se está aquí!», dirá Pedro. Ante la manifestación de Dios el hombre experimenta el bienestar, pero el Señor manifiesta que antes de la gloria están el sufrimiento y la cruz.

La escena culmina de forma extraña: «Se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz: Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo». El movimiento de Jesús nació escuchando su llamada. Su Palabra, recogida más tarde en cuatro pequeños escritos, fue engendrando nuevos seguidores. La Iglesia vive escuchando su Evangelio.

También hoy, lo único decisivo que podemos ofrecer los cristianos a la sociedad moderna es la Buena Noticia proclamada por Jesús, y su proyecto de una vida más sana y digna.

Hemos de hacer que corra limpia, viva y abundante por nuestras comunidades. Que llegue hasta los hogares, que la puedan conocer quienes buscan un sentido nuevo a sus vidas, que la puedan escuchar quienes viven sin esperanza. Hemos de aprender a leer juntos el Evangelio. Familiarizarnos con los relatos evangélicos. Ponernos en contacto directo e inmediato con la Buena Noticia de Jesús.

La transfiguración es el anticipo de algo que a muchos no nos acaba de entrar en la cabeza: la vida de Jesús no es un recuerdo de la historia pasada, sino que sigue presente en la historia nuestra, en la historia de todos los tiempos. Porque Jesús es el Viviente, que trasciende el espacio y el tiempo. Por eso ahora y siempre podemos seguir «escuchando» su palabra.

viernes, 2 de marzo de 2012

¿Quieres ser feliz? Conviértete


DAVID VILLALÓN

Domingo I de Cuaresma – Ciclo B

“Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15)

Iniciamos un nuevo tiempo litúrgico, el tiempo de Cuaresma, que nos llevará hasta el Triduo Pascual, la celebración del misterio central de la fe cristiana: la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo. Hoy se proclama el comienzo del evangelio que leeremos durante los domingos y solemnidades en la Eucaristía: el evangelio según san Marcos, el más antiguo, el primero que fue escrito. Jesús acaba de ser bautizado por Juan en el río Jordán y comienza ahora su misión pública en medio de los hombres y lo hace planteando el lema de su mensaje: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

Podríamos decir que el Señor tiene como principal objetivo en su tarea el anuncio del Reino de Dios. Esta es la Buena Noticia (traducción de la palabra griega «evangelio») que, por encargo de Dios Padre, Cristo viene a darnos a conocer. Pero, ya desde el principio, el Señor pone dos condiciones para acoger completo el mensaje: convertíos y creed. Conversión y fe, dos acciones que nos llevan a acoger la Buena Noticia, el Evangelio del Reino de Dios. Convertirse para creer, convertirse para tener fe y detectar la cercanía del Reino de Dios.

¿Qué significa «convertirse»? ¿Qué entendemos por conversión? Literalmente es un cambio de mentalidad («metanoia», en griego), pero es algo mucho más profundo y mucho más global. Pablo VI definió la conversión como «un total cambio interior, una transformación profunda de la mente y del corazón». Pero, ¿por qué tenemos que transformarnos así, total y profundamente? Porque con la vida que llevamos no somos capaces de captar la verdadera esencia de la fe, no somos capaces de encontrar al verdadero Cristo ni de dejarnos encontrar por Él, no somos capaces de ser transformadores de la realidad para que el Reino de Dios se haga experiencia posible a nuestro alrededor. Este proceso conlleva sufrimiento, cierto, no podemos engañarnos. Estamos muy acostumbrados a vivir, a pensar, a actuar de una manera determinada y cambiar algo que está tan enraizado en nosotros nos cuesta, lógicamente. Pero, ¿por qué vamos a cambiar? ¿Para ser peores personas? ¿Para ser más infelices? ¿Para hacer de nuestra vida algo insoportable? Por supuesto que no. Nadie emplearía sus energías en algo que le va a suponer un futuro de amargura y tristeza. Cristo nos pide lo contrario. Cambia, déjate ayudar por Cristo a transformarte, para ser más feliz. Sí, para ser más feliz, para ser mejor, para más bueno, para ser santo. ¿Es posible? Sí, lo es. Si deseas ser feliz, Cristo te va a ayudar a serlo. Fíate de Él, confía en Él.

La Opinión-El Correo de Zamora, 26/02/12.

Cenizos 2.0


RICARDO CASAS LORENZO

Recientemente los católicos hemos tenido la oportunidad de asistir a nuestra parroquia para la celebración del rito inicial de la cuaresma de imposición de la Ceniza. Este rito cuaresmal, que desde siglos atrás marca el inicio oficial del tiempo litúrgico que precede a la Semana Santa, hunde sus raíces en un profundo y vasto gesto vinculado a la penitencia. En la antigüedad los pecadores públicos, es decir, aquellos cuyos pecados eran conocidos por el resto de la comunidad, debían publicitar su responsabilidad vestidos de sayón y marcados por la ceniza.

Curioso y singular ritual, aunque impensable en el siglo que nos ha tocado vivir. No son pocos los que siendo tentados, acaban sucumbiendo y metiendo la mano en las cosas de la res pública. Raro es el día en que no despertamos con la noticia de un nuevo escándalo de corrupción, enriquecimiento ilícito o aprovechamiento desmesurado de los recursos de todos para beneficio particular. Suena indecente siempre, pero particularmente obsceno cuando un nutrido grupo de españoles se asoma al precipicio de la pobreza.

La memoria recientemente presentada por Cáritas dibuja un panorama desolador. Cerca de seiscientas mil familias se encuentran por debajo del umbral de la pobreza. La carestía, no solo económica, se extiende más y más cada año que pasa desde el inicio de la crisis y afecta con especial crudeza a los más jóvenes, a quienes hemos hipotecado su futuro.

En este escenario resulta escandaloso e hiriente la actitud de los grandes responsables de la crisis económica, así como la de quienes se han dedicado a lucrarse robando el dinero de todos. Unos y otros, por acción u omisión serían, a los ojos de las comunidades pasadas, pecadores públicos y, en consecuencia, deberían vestir el sayón y lucir las marcas de la ceniza penitencial.

Sin embargo, lejos de la realidad, los cenizos del tiempo de la web 2.0 siguen vistiendo los trajes de los grandes diseñadores, viajando en primera clase y rociándose con los mejores perfumes, mientras el resto de la comunidad asiste impasible a la caída del sueño del «engañoso bienestar». Más doloroso resulta descubrir cómo la crisis no ha sido capaz de mover los corazones de los impunes, que sin escrúpulos mueven los hilos a su antojo ante los ojos acríticos de una sociedad que obvió, por temor o vergüenza, valores sobradamente válidos no hace mucho tiempo.

domingo, 10 de abril de 2011

Entre la vida y la muerte, la fe


FRANCISCO GARCÍA MARTÍNEZ

Domingo V de Cuaresma – Ciclo A

“El maestro está aquí y te llama” (Jn 11, 1-45)

Que nadie se engañe: Lázaro murió. Al terminar el evangelio de hoy parecería que tras un momento dramático queda superado el paso por la muerte, pero no es así. Después de un tiempo Lázaro murió como lo hizo el mismo Jesús. Nadie se burla de ella, la muerte siempre nos encuentra.

Jesús oye la noticia de la grave enfermedad de su amigo y parece despreocuparse. Como si dijera: ha de morir, no os angustiéis. Pero ¿quién resiste esta frase? ¿Quién no se siente abandonado por Dios en este trance cuando no puede respirar vida y solo siente el poder cruel de la muerte suya o de los suyos? «¿Si hubieras estado aquí?», ¿dónde estabas?

Y sin embargo cuando llega, al contacto con el dolor de sus amigas Marta y María, él, que parecía distante, distraído, insensible se conmueve hasta el extremo.

Para unos padres es difícil ver cómo su hijo pequeño al aprender a nadar se hunde y traga agua y los llama y se angustia, pero solo así puede nacer la seguridad de que el agua que parece tragárselo, en realidad puede sostenerlo. Solo la confianza en la prueba de la angustia es el camino de la verdadera fe. Hay que morir, lo sabemos, no somos Dios, no podemos sostenernos a nosotros mismos, no podemos sostener indefinidamente a los que queremos, no podemos darnos vida… solo podemos recibirla. Pero ¿existe de verdad un manantial de vida que nos habite con un deseo de amor como el que tiene Jesús por su amigo Lázaro? ¿Existe un amor que entre con nosotros en la tumba y nos saque de ella no para vivir un poco más, sino para caminar por siempre por encima de las aguas, para participar de la vida plena, eterna?

No se conoce definitivamente a Dios más que en la muerte. Hasta entonces no sabemos si lo que llamamos Dios no es más que un flotador para ir tirando con nuestra falta de fe en la vida y en el amor, ambos tan maltrechos en el mundo. Solo la muerte, cada muerte que sufrimos mide nuestra fe.

Hoy Jesús se acerca a ti como antaño se acercó a la casa de Marta y María y te pregunta: a la vista de la muerte que mata toda vida y todo amor, «¿tú crees que yo soy la resurrección y la vida?».

Quizá nos atrevamos a decir que sí y empecemos a caminar sobre las aguas, pero tarde o temprano al sentir cómo nos ahogamos tendremos que extender la mano como Pedro y pedir: «Señor, que me ahogo, ten piedad de mí». El evangelio de hoy nos dice que él estará ahí. Si creemos se romperán las ataduras de la muerte y la vida empezará a ser eterna.

La Opinión-El Correo de Zamora, 10/04/11.

domingo, 3 de abril de 2011

¿Quién tiene la última palabra?


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo IV de Cuaresma – Ciclo A

“Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo” (Juan 9, 1-41)

Poco a poco nos vamos acercando a la celebración de la Pascua anual. Y digo anual porque los católicos y ortodoxos celebramos desde la época apostólica la Pascua cada domingo con la Eucaristía. Pero también, desde muy pronto, ya en el siglo II, los acontecimientos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús se contemplaron y se celebraron de forma solemne anualmente. Aunque al inicio hubo algunas discrepancias, pues las comunidades asiáticas preferían conmemorar la Pascua el 14 de Nisán, fecha de la Muerte de Jesús, el resto de las iglesias lo hacían el domingo siguiente, subrayando de este modo la Resurrección. Práctica que se establecería universalmente.

Esta celebración anual de la Pascua venía precedida de varios días de ayuno y oración. Muy temprano se consideró esta fecha el momento idóneo para la incorporación de los catecúmenos a la Iglesia y a Cristo mismo. ¿Qué mejor ocasión que el Memorial anual de la Muerte y Resurrección de Cristo por las cuales los hombres participamos de su redención y adquirimos la condición de los hijos de Dios mediante los santos sacramentos?

Desde entonces tanto los fieles como los catecúmenos vamos preparándonos a las fiestas pascuales, no con un ramadán de ayuno, sino con un programa de oración, limosna, ayuno y reconciliación que nos brinda todos los años la santa Cuaresma. Es curioso que llame más la atención en Occidente la fuerza de voluntad de los musulmanes por observar su riguroso Ramadán que la observancia de la Cuaresma por parte de muchos católicos, limitada a la costumbre, y «si es que», de comer pescado los viernes. Es necesario que aprovechemos estos cuarenta días, o los que nos queden, para volver a Dios. Para que cuando llegue la Pascua los que nos decimos católicos, un buen número, la mayoría de este país si atendemos a las encuestas, no se reduzca todo a ver procesiones o a salir en alguna. Lo dice alguien que desde niño ama la Semana Santa y pertenece a cuatro cofradías.

En este itinerario hacia la Pascua este domingo es llamado «Del ciego de nacimiento» porque se lee Jn 9,1-41, texto que se presentaba a los catecúmenos y se ofrece a todos los bautizados para indicar que con el Bautismo la fe es la luz de nuestra vida. Cristo es nuestra luz. Pero no basta con decirlo, es necesario «comprobarlo». Preguntémonos de verdad quien tiene para nosotros la última palabra sobre la vida. ¿El escepticismo cultural reinante? ¿Las opiniones que se vierten en Redes? ¿Los artículos de opinión de los grandes periódicos? ¿Los tertulianos de la mañana en las cadenas de radio? ¿O la última palabra sobre las cuestiones éticas, económicas, vitales, incluso culturales la tiene Cristo?

La Opinión-El Correo de Zamora, 3/04/11.

domingo, 27 de marzo de 2011

Agua que sacia


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo III de Cuaresma – Ciclo A

“El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed” (Jn 4, 5-42)

A la hora de ponerme a redactar el comentario de este domingo me ha costado decantarme por un aspecto concreto, ante la riqueza de temas que ofrece el precioso relato de la samaritana que presenta el evangelio de hoy. Por eso animo a releerlo con calma y con fe. Al final me he decidido por el más obvio, el que se presentaba a los catecúmenos en las últimas catequesis previas a su bautismo, y el que se nos ofrece a nosotros antes de la renovación bautismal en la próxima Pascua: Jesús es el agua viva, la respuesta definitiva de sentido a las aspiraciones más profundas del ser humano.

Es un tema siempre interesante, pero que en este momento adquiere especial actualidad. Hay en los hombres y mujeres una sed innata de ser más, de llegar más arriba en todas sus capacidades, y esta sed es motor de búsqueda para lograrlo. Sin duda el mundo ha conseguido elevadas cotas en muchos ámbitos del saber, de la sanidad, de la tecnología, de la economía, etc. Pero la experiencia le muestra tozudamente que esos logros no le han dado la felicidad ni el sentido último de la vida. El mapa del hambre no se reduce, ni las guerras han perdido virulencia, ni podemos detener las catástrofes naturales, las nuevas energías que el hombre ha puesto en funcionamiento escapan muchas veces a su control, la crisis económica hace tambalearse a las economías potentes y hundirse a las frágiles.

Todo esto genera una situación de desencanto, de desconfianza y hasta de impotencia, signo de las esperanzas insatisfechas, que llega al ámbito de la política, de lo social e incluso de lo religioso cuando no está correctamente orientado. Y surgen amenazantes el miedo al futuro y la añoranza de la seguridad (¿) del pasado.

Jesús de Nazaret, el que anuncia a la samaritana insatisfecha un agua que brota hasta la vida eterna, se presenta hoy como la respuesta definitiva a la búsqueda de los últimos por qué y para qué, la esperanza ante el desencanto y la frustración, el agua definitiva por la que quien la beba no volverá a tener sed.

¿Quiere esto decir que no merecen la pena los esfuerzos por el desarrollo? De ninguna manera; el «trabajad la tierra y sometedla» del principio significa la bendición divina que promueve y dignifica esos esfuerzos. Pero el hombre debe saber que él no puede, como un nuevo Adán o Prometeo, pretender ser como Dios. El Señor y los valores de fraternidad, de paz, de amor… que encarna la nueva vida que él ofrece son el agua viva que fecunda y que hace verdaderamente humano todo esfuerzo por el desarrollo y toda conquista social, económica o tecnológica.

La Opinión-El Correo de Zamora, 27/03/11.

lunes, 21 de marzo de 2011

Anuncio de pasión y gloria


JESÚS GÓMEZ

Domingo II de Cuaresma – Ciclo A

“Se transfiguró delante de ellos” (Mt 17, 1-9)

Con Aarón, Nadab y Abihú subió Moisés al Sinaí. Una nube cubrió el monte, la gloria de Dios descansó sobre el monte. Fue llamado Moisés y se introdujo solamente él en medio de la nube. Allí recibió las tablas de la Ley que configuraría y regiría la vida del pueblo israelita. Con Pedro, Santiago y Juan subió Jesús a un monte elevado. Repentinamente se produce un cambio de escena. Jesús transfigurado: su rostro relumbra como el sol y blanquísimas sus vestiduras. Blancura y luminosidad son propiedad exclusiva del mundo divino. Y junto a Jesús aparecen Moisés y Elías o ¿Juan el Bautista a quien Jesús dio el nombre de Elías? Como quiera que sea, junto a Jesús, la Ley personificada en Moisés, y los profetas personificados en Elías o, mejor, todos los profetas desde la sangre de Abel hasta la de Juan el Bautista. ¿De qué hablan? La respuesta es sencilla. Hablan de Jesús. Una nube resplandeciente, señal de la oculta presencia de Dios, envuelve a Jesús y una voz del cielo, voz de Dios, proclama su identidad: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me gozo. Escuchadlo». El libro de Isaías nos habla de una figura misteriosa, «El Siervo de Yahvé». Siervo obediente dispuesto a salvar al pueblo, aunque le cueste la vida. Y le costó la vida. Figura misteriosa, cargada con las dolencias y pecado de los hombres, Jesús de Nazaret, el Hijo amado de Dios. La transfiguración anuncia la gloria de su divinidad. Una misma persona, portadora del sufrimiento y de la gloria. Sufrimiento, salvación y gloria son inseparables.

En el Sinaí recibió Moisés la Ley. En este otro monte, una nueva ley, un nuevo mandato: escuchadle. Es un imperativo, y escuchar es más que oír; es acoger, es creer, asentar sobre él la vida, como se asienta una casa sobre la roca. Mandato cuyo eco va rodando mundo adelante por todo tiempo y lugar sin apagarse, y configura la vida del pueblo cristiano.

La palabra de Jesús es una expresión que puede volverse de esta otra manera: la palabra que es Jesús. Jesús, Hijo de María Hijo de Dios; hombre que padece y hombre glorioso. Pasión y gloria. Pasión y gloria de Jesús es a la vez pasión y gloria de la Iglesia y de cada cristiano. Pues cada uno de nosotros está obligado a decir «Yo soy la Iglesia. Yo mismo soy pecador, miembro de la Iglesia pecadora y yo mismo soy santo, miembro de la Iglesia santa. La malo que se dice la Iglesia, se dice de mí mismo y, al contrario, lo bueno que se dice de la Iglesia, se dice de mí mismo. Yo sufro el sufrimiento de la Iglesia y de la gloria de la Iglesia me glorío. Porque yo soy la Iglesia».

La Opinión-El Correo de Zamora, 20/03/11.

sábado, 13 de marzo de 2010

Caminar hacia el perdón


FRANCISCO GARCÍA MARTÍNEZ

Domingo IV de Cuaresma – Ciclo C

“Derrocho su fortuna viviendo perdidamente” (Lc 15, 1-3.11-32)

Cuánto discurso fácil, cuánto sentimentalismo hemos gastado al hablar de esta parábola del hijo pródigo. Pero, como en tantas ocasiones, en las palabras de Jesús el cordero viene vestido con piel de lobo y hay que resistir el miedo que produce de inicio. Intentaré explicarme. Hay una manera fácil de hablar del perdón de Dios que no nos deja mirar de frente nuestro pecado, percibir el peso de su maldad y de su acción corrosiva en nuestro interior y en el mundo. Sería como el que va tomando un analgésico para no enfrentarse con un dolor porque le asusta pensar que provenga de una afección seria y va dejando, al negarla, que ésta se apodere de él.

Pero la parábola, por más que hable de la misericordia de un Dios siempre dispuesto al perdón, lo que describe es la dificultad que tenemos para acogerlo en nosotros mismos, porque es realmente difícil volver incluso conociendo la voluntad de acogida del padre. Es necesario pasar por un camino de humillación personal, de reconocimiento de que no tenemos justificación en nuestro pecado, un camino de vergüenza, un camino de lucha contra nuestra propia tendencia a solucionar nuestros errores huyendo hacia adelante. Volver no es estar ya delante del padre. Al principio se le siente sólo como un juez, y esto es lo normal y lo bueno, porque es lo que nos hace percibir que nuestro pecado tiene la seriedad que tiene. Esto sintió el hijo pródigo y esto es lo que le hizo sentir que no tenía derechos ante el padre, que sólo podía agachar la cabeza, que sólo podía aceptar lo que quisiera darle… y lo que le hizo descubrir que su padre nunca había dejado de serlo cuando él no confiaba que lo fuera, y celebrar una fiesta verdadera. Que nadie se extrañe, pues, de que le cueste confesarse y se diga que esto es porque los curas son intransigentes (que desgraciadamente también lo somos de cuando en cuando). Ser perdonado requiere aprender a no exigir el perdón y a aceptar que este es gratuito, que es un regalo indominable, que es un don de vida que nos permite retomar la confianza en nosotros mismos porque alguien confía en nosotros, y esto cuando hemos pecado «de verdad».

Por eso, el camino de la misericordia de Dios va siempre de la mano de la penitencia, no para convencer y arrancar a Dios su perdón, sino de aquella penitencia que supone un volver dolorido y expuesto al juicio de la verdad para que pueda nacer verdaderamente el acto del amor total de Dios sobre nosotros.

La Opinión-El Correo de Zamora, 14/03/10.

sábado, 27 de febrero de 2010

La Misa, ¡vaya rollo!


NARCISO-JESÚS LORENZO

II Domingo de Cuaresma – Ciclo C

El evangelio de este II domingo de Cuaresma nos sitúa ante el misterio de la Transfiguración del Señor. Se trata de un momento crucial en la vida de los discípulos que les permite contemplar, aunque sólo sea por unos instantes, el misterio de la íntima identidad de Jesús, y esto para que su fe no desfallezca ante lo que se les viene encima. La persecución contra Jesús se está fraguando y lo va a llevar a la más ignominiosa de las muertes, la muerte de cruz. Lo que no significará el fracaso de su misión o el abandono del padre, porque todo lo que acontezca, por devastador que parezca, serán hechos de salvación, y Jesús en todo momento no dejará de saber y sentirse el hijo amado de Dios. Los cristianos, también los sacerdotes, estamos a veces al borde del desaliento ante las dificultades. La exclusión mediática de lo cristiano, donde sólo hay sitio para episodios escandalosos, la ridiculización continua de los jóvenes que se declaran católicos o el abandono de la misa de tantas familias son algunos de los fardos que pesan sobre nuestros hombros como una abrupta cruz. Pero no vamos solos por el camino. Todos cada domingo tenemos la oportunidad de reencontrarnos con Jesús y hacer la experiencia del monte Tabor. Más allá de las apariencias, más allá de los que se empeñan en silenciar a Jesús, aunque sólo sea por un momento, mientras celebramos la Santa Misa, podemos reconocerlo. Sabemos que está entre nosotros para llenarnos de luz. No le vemos, por ahora con vestidos resplandecientes, pero le vemos presentarse como pan de vida. No oímos la voz del padre atravesando una nube, pero sí oímos la voz de Dios a través de las escrituras. Seguro que los que me leéis podréis pensar: ¡qué idealista!, incluso ¡qué iluso! Hermosas palabras lejanas de la experiencia, tantas veces, de eucaristías rutinarias o apáticas, de las que salimos igual o peor que entramos. Ante experiencias de este género es normal que muchos jóvenes y mayores no vayan a misa. Y que digan: «La misa no me dice nada». Curiosamente durante su vida pública, Jesús no significó nada para mucha gente. Para algunos, incluso, se convirtió en su enemigo. Pero entonces y ahora se cumple lo del evangelio: «A cuantos lo reciben les da la posibilidad de ser hijos de Dios». Convenzámonos de una vez, porque va siendo hora, de que si a la eucaristía no vamos con idea de orar y adorar al señor la misa nunca no nos dirá nada. Si no vamos con intención de escuchar al señor la misa no nos servirá para nada. Pero si buscamos a Jesús y le decimos con las palabras de Isaías: «confiaré y no temeré porque mi fuerza y mi poder es el señor», podremos tener una experiencia semejante a la de Pedro, Santiago y Juan y decir: «señor, qué bien se está aquí».

La Opinión-El Correo de Zamora, 28/02/10.

Llegados a la montaña alta


JOSÉ ÁLVAREZ ESTEBAN

De nuevo en el oscuro espacio de la Cuaresma. Oscuro por el color, por el tono de sobriedad que la acompaña, por la vergüenza de sentirnos desnudos, sin caretas ni disfraces. Un año más en la Cuaresma por lo mismo que volvemos sobre los santos, los aniversarios y las fiestas. También la vida es una continua repetición. Y el signo de entrada y la llamada ha sido, sigue siendo, la ceniza. Y he aquí que también este universo nuestro de la Semana Santa y de las cofradías ha escuchado la llamada. Impresiona, no puede ser de otra forma, la minuciosa relación de encuentros y asambleas, de quinarios y novenas, de pregones, que se van sucediendo sin pausa, sin respiro. El pasado domingo fueron las Asambleas Generales de las Cofradías de Nuestra Madre y la de Jesús Nazareno, otras se han adelantado o vendrán después. Hay que ir calentando motores. Y en esto no parece entrar la recesión, no hay recule, ni marcha atrás.

Y con la entrada en la Cuaresma y las Asambleas Generales fuerza es pensar en la Semana Santa en Zamora, una experiencia impagable para los visitantes y para nosotros una historia que, día a día, año tras año, vamos reescribiendo. Una fecha redonda la del 2010 para eso que queremos sea, ahora y siempre, una Semana de Pasión cumplida. Hacemos votos por una meteorología benevolente, que ya el pasado año se salió mirando al cielo y estrechando el recorrido. Pues ahora también mirando al cielo, que el enrarecido clima social nos lo demanda, y ensanchando el corazón. La fe es esa mirada desde la que nos entendemos y nos reconocemos los creyentes.

Toca ahora subir al monte y hacer espacio para el encuentro con Dios. Benedicto XVI en su «Jesús de Nazaret» nos ha dejado un bellísimo capítulo sobre a la Transfiguración. Vale la pena leerlo. Allí toda esa terminología del monte alto, de Elías y Moisés, de las tiendas, de la nube… Concretamente nos traslada al simbolismo general del monte: el monte como lugar de la subida no sólo externa sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar en el aire puro de la creación; el monte que da altura interior y hace intuir al creador. Sólo el evangelista san Lucas menciona el motivo de la subida al monte de Jesús: «subió para orar». ¡Qué menos que un tiempo, la Cuaresma, para tirarse al monte y para apercibirse que valemos más nosotros que lo que hacemos, que las personas cuentan y Dios también! ¡Cuántas veces hay que cerrar los ojos para poder ver y cuántas no alcanzamos ni a intuir siquiera lo que tenemos delante, aún con ellos abiertos por completo! Complicado desentrañar el misterio, pero es al tiempo un aliciente poderoso.

La Opinión-El Correo de Zamora, 28/02/10.

viernes, 26 de febrero de 2010

El obispo pronuncia las Catequesis cuaresmales


La Parroquia de San Torcuato de la capital acogerá, un año más, las Catequesis cuaresmales pronunciadas por el obispo diocesano, Gregorio Martínez Sacristán, del 2 al 5 de marzo.

Zamora, 27/02/10. El obispo de Zamora, Gregorio Martínez Sacristán, pronunciará por cuarto año consecutivo las Catequesis Cuaresmales, a las que están invitados los fieles católicos y todos los zamoranos. Tendrán lugar en la Parroquia de San Torcuato, del próximo martes 2 al viernes 5 de marzo, a las 20,30 horas.

En el año 2007, después de su ordenación episcopal y toma de posesión de la sede zamorana, Martínez Sacristán impartió sus primeras Catequesis cuaresmales en nuestra Diócesis, actividad que ha continuado con gran afluencia de asistentes todos los años.

La predicación y la catequesis son parte principal de la tarea episcopal, tal como señaló el Concilio Vaticano II en su decreto Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos, donde se les dice: “En el ejercicio de su ministerio de enseñar, anuncien a los hombres el Evangelio de Cristo, deber que sobresale entre los principales de los Obispos, llamándolos a la fe con la fortaleza del Espíritu o confirmándolos en la fe viva”.

En Zamora se conserva la tradición de que el obispo pronuncie unas meditaciones con motivo de la Cuaresma, un tiempo especial de preparación espiritual para la celebración de la Semana Santa y la Pascua. El último día del ciclo catequético, el viernes 5, tendrá lugar la Celebración comunitaria del sacramento de la reconciliación penitencial, con la confesión individual.

sábado, 13 de febrero de 2010

El miércoles de ceniza marca el inicio de la Cuaresma


El próximo miércoles 17 es el miércoles de ceniza, el día en el que los católicos comienzan el tiempo de Cuaresma. El obispo de Zamora, Gregorio Martínez Sacristán, presidirá la eucaristía e impondrá la ceniza en la Catedral a las 10 horas.

Zamora, 14/02/10. Con el miércoles de ceniza, que este año se celebra el próximo 17 de febrero, comienza el tiempo litúrgico de la Cuaresma, un período de cuarenta días de preparación para el Triduo Pascual, que constituye el principal ciclo de celebraciones en la Iglesia.

Con este motivo, las parroquias y las comunidades cristianas se reúnen para celebrar la eucaristía y repetir, una vez más, el signo de la imposición de la ceniza sobre las cabezas de los fieles. En la Catedral de Zamora presidirá esta celebración el obispo diocesano, Gregorio Martínez Sacristán, a las 10 horas.

En el último número de la hoja diocesana Iglesia en Zamora, que se distribuye en todas las parroquias, se cita el Mensaje para la Cuaresma de Benedicto XVI, que subraya para este tiempo de conversión el tema de la justicia, porque “la injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal”.

El comienzo de los cuarenta días de penitencia, en el rito romano, se caracteriza por el austero símbolo de la imposición de la ceniza, que distingue la liturgia del Miércoles de Ceniza y le da nombre. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios.

Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Los fieles, que acuden en gran número a recibir la ceniza, son invitados a captar el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual. Sobre ello se pronuncian las siguientes palabras: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Por otro lado, el Miércoles de Ceniza es un día en el que se conservan los signos del ayuno y la abstinencia.