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lunes, 5 de marzo de 2012

Conozcamos la identidad de Jesús: la Transfiguración


ANTONIO JESÚS MARTÍN DE LERA

Domingo II de Cuaresma – Ciclo B

“Este es mi Hijo amado; escuchadlo” (Mc 9, 7)

Está claro que este relato, en el segundo domingo de cuaresma, apunta claramente a la resurrección de Jesús. El relato lo sugiere al presentar a Jesús transfigurado, deslumbrante. Y el mismo Jesús hace referencia expresa a su propia resurrección de entre los muertos. Estamos, por tanto, ante un evangelio de vida que trasciende la muerte y pretende mantener viva la esperanza.

Jesús, que se ha hecho acompañar por Pedro, Santiago y Juan, aparece junto a Elías y Moisés. Estos dos últimos personajes representaban en el judaísmo de la época el profetismo y la ley (Torá), síntesis del Antiguo Testamento, y que según la tradición judía deberían aparecer junto al Mesías, esto se confirma en este pasaje y en la persona de Jesús. La Palabra de Dios avala la vida y la predicación de Jesús, el Hijo de Dios, como confirma la voz que viene del cielo.

Los discípulos quieren quedarse allí: «¡Qué bien se está aquí!», dirá Pedro. Ante la manifestación de Dios el hombre experimenta el bienestar, pero el Señor manifiesta que antes de la gloria están el sufrimiento y la cruz.

La escena culmina de forma extraña: «Se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz: Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo». El movimiento de Jesús nació escuchando su llamada. Su Palabra, recogida más tarde en cuatro pequeños escritos, fue engendrando nuevos seguidores. La Iglesia vive escuchando su Evangelio.

También hoy, lo único decisivo que podemos ofrecer los cristianos a la sociedad moderna es la Buena Noticia proclamada por Jesús, y su proyecto de una vida más sana y digna.

Hemos de hacer que corra limpia, viva y abundante por nuestras comunidades. Que llegue hasta los hogares, que la puedan conocer quienes buscan un sentido nuevo a sus vidas, que la puedan escuchar quienes viven sin esperanza. Hemos de aprender a leer juntos el Evangelio. Familiarizarnos con los relatos evangélicos. Ponernos en contacto directo e inmediato con la Buena Noticia de Jesús.

La transfiguración es el anticipo de algo que a muchos no nos acaba de entrar en la cabeza: la vida de Jesús no es un recuerdo de la historia pasada, sino que sigue presente en la historia nuestra, en la historia de todos los tiempos. Porque Jesús es el Viviente, que trasciende el espacio y el tiempo. Por eso ahora y siempre podemos seguir «escuchando» su palabra.

domingo, 5 de febrero de 2012

Curación, oración, misión


ANTONIO JESÚS MARTÍN DE LERA

Domingo V del tiempo ordinario – Ciclo B

“Se acercó, la cogió de la mano y la levanto” (Mc 1,31)

El evangelio de este domingo nos presenta un resumen de lo que es el ministerio público de Jesús. La acción-curación, la oración y la misión componen toda su vida.

El sufrimiento de Job, que aparece en la primera lectura como paradigma de la vida efímera del hombre, encuentra su explicación y salvación en la actuación de Jesús.

Jesús cura a la suegra de Pedro y a muchos enfermos. «Se acercó». Es lo primero que hace: acercarse a los que sufren, y compartir su sufrimiento. Luego, «la cogió de la mano»: toca a la enferma, no teme las reglas de pureza que lo prohíben; quiere que la mujer sienta su fuerza curadora. Por fin, «la levantó», la puso de pie, le devolvió la dignidad.

Así está siempre Jesús en medio de los suyos: como una mano tendida que nos levanta, como un amigo cercano que nos infunde vida. Jesús sólo sabe servir, no ser servido. Por eso la mujer curada por él se pone a «servir» a todos. Lo ha aprendido de Jesús. Sus seguidores han de vivir acogiéndose y cuidándose unos a otros.

Jesús no sólo cura a los de casa. Al llegar la oscuridad de la noche, la población entera con sus enfermos «se agolpa a la puerta». Los ojos y las esperanzas de los que sufren buscan la puerta de esa casa donde está Jesús. La Iglesia sólo atrae de verdad cuando la gente que sufre puede descubrir dentro de ella a Jesús curando la vida y aliviando el sufrimiento. A la puerta de nuestras comunidades hay mucha gente sufriendo. No lo olvidemos.

Después Jesús se retira a orar, la oración es necesaria, la comunicación con Dios da sentido a su obra y encuentra la energía para continuar. También nosotros necesitamos la intimidad de la oración con el Señor para que nuestra tarea dé frutos.

La última parte del evangelio nos muestra la actitud misionera de Jesús. La Buena Noticia no se circunscribe a un grupo o a un pueblo o territorio determinado, tiene que llegar a todos. El Señor se dirige a otros pueblos vecinos, consciente del alcance de su tarea. La misión de los cristianos es llevar el evangelio a todos.

domingo, 8 de enero de 2012

El Bautismo del Señor


ANTONIO JESÚS MARTÍN

Fiesta del Bautismo del Señor – Ciclo B

“Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1, 11)

La fiesta del Bautismo de Jesús culmina el tiempo de Navidad. Es la última epifanía o manifestación de Dios para todos, para dejar claro quién es Jesús.

Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Pensaban que Dios se había alejado definitivamente de ellos. Los cielos estaban «cerrados». La comunicación de Dios con su pueblo parecía imposible. Nadie era capaz de escuchar su voz.

Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. ¿Por qué permanecía oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? También en nuestro mundo sucede lo mismo, muchas veces pensamos y creemos que Dios nos ha olvidado y vivimos como si fuera imposible descubrir su presencia.

El evangelio de Marcos nos sorprende. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. En Jesús se restablece el diálogo entre Dios y el Hombre.

Jesús desde la simplicidad, desde la sencillez, desde el abajamiento nos muestra cuál es el camino para este diálogo. No es posible este encuentro dialogal sin adoptar las mismas actitudes que Jesús.

Ese Espíritu que desciende sobre él es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, a curarla y hacerla más humana.

Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.

Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas lo que solo puede nacer del Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús.