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jueves, 29 de marzo de 2012

Queremos ver a Jesús


DAVID VILLALÓN

Domingo V de Cuaresma – Ciclo B

“Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32)

Nos encontramos en el último domingo antes de comenzar la Semana Mayor de la fe cristiana. Hoy resuena en el Evangelio un grito, un deseo que muchos de nosotros también, en algún momento de nuestra vida, habremos expresado: «Queremos ver a Jesús». Se lo manifiestan unos griegos, gentiles, paganos, no judíos, al apóstol Felipe. ¿Qué expresan con este deseo? Alguien me podría contestar: «Está claro: conocer a Jesús». Pero conocer es más que simplemente ver. Ellos eran griegos, personas ajenas al pueblo judío, como nosotros hoy. Podría parecer que Jesús no tenía nada que ver con ellos, que no les decía nada, que no significaba nada porque no es más que un judío que está en Jerusalén para celebrar una fiesta religiosa propia. Pero la vida y el mensaje de Cristo les ha impactado y por eso intentan concertar un encuentro con Él, a través de Felipe. No les convence lo que otros le han dicho sobre Jesús, desean escucharlo por sí mismos, acercarse ellos personalmente, encontrarse con Él cara a cara.

Aquellos griegos lograron cumplir su deseo, se aproximaron a Jesús, guiados por quienes sabían dónde estaba Cristo —los apóstoles Felipe y Andrés— y lo vieron, pero, sobre todo, lo escucharon. «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí», les dijo el Señor. ¿Elevado sobre la tierra? ¿Levitando, flotando, volando? Desde luego que no. Eso no atraería a nadie. Elevado en una cruz sobre la tierra, como prueba de su inmenso amor por nosotros, como prueba definitiva del amor de Dios por cada uno de nosotros. Eso sí atrae, eso sí impacta, eso sí consigue conmocionar a quien sabe apreciar las verdaderas dimensiones de esta imagen del hijo de Dios torturado hasta la muerte en una cruz por nosotros, por nuestros pecados, para nuestra salvación.

«Queremos ver a Jesús». Ahí lo tenéis: suspendido en la cruz, clavado en ella, muriendo ejecutado porque te ama y te salva. Elevado sobre la tierra para que sea visible a todos los que quieran contemplarlo. Es Dios hecho hombre para entrar en lo más profundo, en lo más oscuro, en lo más horrible de la humanidad y rescatarnos, sacarnos de ahí, llevarnos con Él hasta la realidad eterna de su gloria. «El príncipe de este mundo va a ser echado fuera». ¿Quién? ¿El emperador de Roma? No, no es Tiberio, se refiere al diablo. Para sacarnos de su influencia, para liberarnos de sus redes Cristo entrega su vida y Dios Padre lo resucita. Él ha vencido, Él ha salido victorioso. Nosotros somos libres de verdad. ¿Seremos capaces de ver al auténtico Jesús? Podemos, mejor incluso que aquellos griegos, pero ¿queremos ver a Jesús?

viernes, 2 de marzo de 2012

¿Quieres ser feliz? Conviértete


DAVID VILLALÓN

Domingo I de Cuaresma – Ciclo B

“Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15)

Iniciamos un nuevo tiempo litúrgico, el tiempo de Cuaresma, que nos llevará hasta el Triduo Pascual, la celebración del misterio central de la fe cristiana: la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo. Hoy se proclama el comienzo del evangelio que leeremos durante los domingos y solemnidades en la Eucaristía: el evangelio según san Marcos, el más antiguo, el primero que fue escrito. Jesús acaba de ser bautizado por Juan en el río Jordán y comienza ahora su misión pública en medio de los hombres y lo hace planteando el lema de su mensaje: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

Podríamos decir que el Señor tiene como principal objetivo en su tarea el anuncio del Reino de Dios. Esta es la Buena Noticia (traducción de la palabra griega «evangelio») que, por encargo de Dios Padre, Cristo viene a darnos a conocer. Pero, ya desde el principio, el Señor pone dos condiciones para acoger completo el mensaje: convertíos y creed. Conversión y fe, dos acciones que nos llevan a acoger la Buena Noticia, el Evangelio del Reino de Dios. Convertirse para creer, convertirse para tener fe y detectar la cercanía del Reino de Dios.

¿Qué significa «convertirse»? ¿Qué entendemos por conversión? Literalmente es un cambio de mentalidad («metanoia», en griego), pero es algo mucho más profundo y mucho más global. Pablo VI definió la conversión como «un total cambio interior, una transformación profunda de la mente y del corazón». Pero, ¿por qué tenemos que transformarnos así, total y profundamente? Porque con la vida que llevamos no somos capaces de captar la verdadera esencia de la fe, no somos capaces de encontrar al verdadero Cristo ni de dejarnos encontrar por Él, no somos capaces de ser transformadores de la realidad para que el Reino de Dios se haga experiencia posible a nuestro alrededor. Este proceso conlleva sufrimiento, cierto, no podemos engañarnos. Estamos muy acostumbrados a vivir, a pensar, a actuar de una manera determinada y cambiar algo que está tan enraizado en nosotros nos cuesta, lógicamente. Pero, ¿por qué vamos a cambiar? ¿Para ser peores personas? ¿Para ser más infelices? ¿Para hacer de nuestra vida algo insoportable? Por supuesto que no. Nadie emplearía sus energías en algo que le va a suponer un futuro de amargura y tristeza. Cristo nos pide lo contrario. Cambia, déjate ayudar por Cristo a transformarte, para ser más feliz. Sí, para ser más feliz, para ser mejor, para más bueno, para ser santo. ¿Es posible? Sí, lo es. Si deseas ser feliz, Cristo te va a ayudar a serlo. Fíate de Él, confía en Él.

La Opinión-El Correo de Zamora, 26/02/12.

domingo, 29 de enero de 2012

¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?


DAVID VILLALÓN

Domingo IV del tiempo ordinario – Ciclo B

“Sé quién eres: el Santo de Dios” (Mc 1,24)

Jesucristo no quiere hacer nada a escondidas, por eso en primer lugar busca y llama a sus discípulos para que estén con Él, para que convivan con Él, para que escuchen y asistan como testigos privilegiados a todos los acontecimientos que se van a ir sucediendo. Rodeado de estos discípulos lo encontramos entrando un sábado, el día sagrado para los judíos, en la sinagoga del pueblo pesquero de Cafarnaún, a orillas del lago de Galilea. Este lugar será el centro de su actividad hasta que emprendan viaje a Jerusalén. Desde aquí Jesús ira recorriendo las poblaciones vecinas pero con su residencia localizada en Cafarnaún. Por ello, a pesar de que hace poco tiempo que Jesús vive ahí, ya lo han escuchado hablar y les impresiona a sus oyentes la autoridad con la que habla el Señor, la convicción de sus palabras, el mensaje completamente novedoso que transmite y que penetra en sus vidas. Jesús es alguien distinto, incomparable, casi extraordinario. Hasta aquí son capaces de llegar, pero no más allá.

Los hombres que le escuchan, que le rodean, que le admiran, no saben quién es o, al menos, se resisten a conocerlo más en profundidad. Pero hay alguien que sí lo conoce desde el principio: el demonio, el príncipe del mal. «Sé quién eres: el Santo de Dios». Identifica perfectamente a Jesucristo como su antagonista, como su rival, como aquel que puede vencerlo y eliminarlo. Y de hecho así lo hace. Jesús le ordena guardar silencio y marcharse. Él tiene poder para someter y eliminar al mal, expulsándolo de la vida de los hombres. Y paradójicamente sus contemporáneos no son capaces de reconocerlo, de darse cuenta de que están delante del Mesías de Dios, del Santo de Dios. No aciertan a pasar de la simple admiración por la persona de Jesús a la confesión de la fe, a creer en Él. ¿Cuántas veces no nos sucede a nosotros lo mismo? Estamos a gusto con nuestros propios ídolos, que nos someten, que nos esclavizan, que nos absorben, que nos dominan y no queremos que Cristo nos libere. Él ha venido precisamente para eso, para salvarnos, para rescatarnos, para alejarnos de esos demonios que nos envuelven. Pero tenemos que permitirle que lo haga. Tenemos que ser capaces de reconocerlo como el Santo de Dios, el que nos puede devolver nuestra vida en plenitud, nuestra felicidad, nuestra alegría perdida. Una vida que tantas veces hemos dejado en manos de otros. Volvamos nuestra mirada a Él y con humildad y sencillez preguntemos: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?».