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lunes, 19 de marzo de 2012

La serpiente y la Cruz


SANTIAGO MARTÍN CAÑIZARES

Domingo IV de Cuaresma – Ciclo B

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16)

Cuando llegan fechas de romería, o la misma Semana Santa que ya tenemos a las puertas, siempre me hago la misma pregunta. ¿Dónde encontrar una palabra constructiva para aquellas personas que sobre todo están apegadas a una imagen? ¿Qué decirles sobre lo que representa su piedad hacia esas imágenes? Algunos me insinúan que no son más que un trozo de madera, pero me resisto a pensar así. Descubro en el evangelio de hoy una tradición judía, que quizá me ayude en este punto.

Jesús menciona el episodio en el que Moisés elevó aquella serpiente en el desierto. Y hace la comparación de que de esa misma forma Él será elevado. Aquella tradición está recogida en el libro de los Números. Cuenta cómo Moisés intercede por el pueblo ante Dios por el ataque de una plaga de serpientes. Moisés, instruido por Dios, colocó una serpiente de bronce en lo alto de un mástil y todo aquel que la miraba, aunque hubiera sido atacado por uno de esos reptiles, viviría.

Cuanto menos, parece curiosa la solución, y más cuando es conocida la inclinación del pueblo de Israel a abandonar a Dios por otros ídolos. La tentación estaba servida: un mástil con una serpiente que trae la salvación a quienes miran hacia ella. No es muy diferente de la fe, verdadera, profunda y sencilla de muchos hombres y mujeres de nuestro alrededor, que pueden tener la tentación de encerrar la grandeza de Dios en una imagen, y más cuando puestos sus ojos en ella oran por sus necesidades y hallan que son escuchadas.

Sea como fuere, parece que el pueblo al recordar aquel antiguo episodio en el libro de la Sabiduría, reconoce tras el signo de la serpiente de bronce el poder de Dios: «tenían un signo de salvación para recordar tus mandamientos, y el que lo miraba se curaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, el Salvador». De esta misma forma el crucificado que se eleva en las devociones populares y en las liturgias es signo de aquel otro del Calvario. El mismo, que comparándose con la serpiente, no sólo nos trae una salvación mundana de las enfermedades, sino que nos trae una vida nueva. Porque tanto amó Dios al mundo que ya no colocó una serpiente de bronce como signo de su misericordia, sino que envió a su propio Hijo.

sábado, 25 de febrero de 2012

El tejado de Jesús


SANTIAGO MARTÍN CAÑIZARES

Domingo VII del tiempo ordinario – Ciclo B

“Dichoso el que cuida del pobre y desvalido” (Sal 40, 2)

En los últimos meses, más aún en las últimas semanas he oído comentar a algunos sacerdotes las dificultades que tienen para poder poner el acceso adecuado al templo para las personas mayores y los minusválidos. Y es que, desde hace tiempo, venimos tomando conciencia de esta necesidad en los espacios públicos: el acceso más fácil para todos. Existen rampas, entradas, zonas de aparcamiento específicas, lugares reservados en autobuses, trenes, teatros, etc. ¡Cuánto lo hubiera agradecido el paralítico del evangelio de hoy!

La gente se agolpaba en torno a Jesús hasta el punto que ya no había más espacio. Luego serán los escribas quien con su desconsideración enciendan en Jesús la misericordia para curarlo también corporalmente; pero lo que salvó al paralítico de sus pecados fue la fe que movió a aquellos hombres a abrir un boquete en el techo, quizá por lo que dice el Salmo: «Dichoso el que cuida del pobre y desvalido; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor».

Pasa desapercibido, pero hay un detalle al inicio del evangelio que es importante para nosotros: «al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa». Jesús estaba en su casa y permite que le abran un boquete en el techo para que el paralítico entre. Es capaz de dejar moldear su casa, y en definitiva su vida, para que un hombre enfermo tenga una posibilidad de escucha, de misericordia y hasta de mejora de su salud.

En los tiempos en que se escribe el texto del profeta Isaías que hoy nos ofrece la Iglesia como primera lectura, el pueblo de Israel era un pueblo débil y espiritualmente enfermo a causa del exilio en Babilonia. Sin embargo, a través del profeta, el Señor consuela a Israel diciéndole que le facilitará las cosas: no sólo olvidará sus pecados, sino que pondrá caminos en el desierto y ríos en el páramo para ayudar en su vuelta a casa.

Parece que la palabra de Dios, hoy no armoniza mucho con la situación actual de proliferación de residencias de mayores y enfermos, o al menos, no cuando se convierten en parking, almacén o museo de ancianos que se visita una vez al año. Es una sugerencia de Jesús, que para seguirle, hemos de dejar modificar nuestros techos, nuestros tabiques, nuestros escalones e incluso nuestro corazón para acoger a los enfermos y ancianos en nuestras casas, nuestros edificios públicos, nuestro templo.

domingo, 22 de enero de 2012

Un Dios sorprendente


SANTIAGO MARTÍN CAÑIZARES

Domingo III del tiempo ordinario – ciclo B

“Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios” (Mc 1,14).

Hace algunos años, con algunos compañeros, inicié la lectura y el trabajo de un libro sobre cómo elaborar un discurso. Sin duda de gran utilidad para nosotros. En él aprendimos que las primeras palabras eran la clave de todo él: eran resumen, síntesis de lo que queremos expresar; pero también debían ser palabras atrayentes, sorprendentes, llenas de un misterio que poco a poco, a lo largo del discurso, se iba aclarando y explicando.

El evangelio de Marcos que leemos hoy es el inicio del discurso de Jesús, que después se irá concretando a lo largo de sus parábolas, enseñanzas y acciones. Ciertamente debieron de ser palabras impactantes: después de arrestar a Juan por predicar un bautismo de conversión debía de sorprender que alguien volviera a alzar la voz para anunciar que el Reino de Dios viene para aquellos que se conviertan. Un hombre que no tiene miedo a predicar la conversión y el Reino de Dios conociendo la suerte que corrió el último que lo había intentado. La pregunta está servida: ¿qué es el Reino de Dios para que merezca la pena arriesgar tanto la vida? Este misterio impactante y sorprendente, y esta valentía de Jesús en el inicio del discurso de toda su vida, es quizá lo que provocó que Simón, Andrés, Santiago y Juan dejaran sus quehaceres rutinarios y se pusieran en camino.

Algo más le costó a Jonás ponerse en camino cuando Dios le llamo. Su misión: predicar a Nínive la conversión. Nínive, ciudad de la opulencia y el lujo, quizá a costa de oprimir a los que tenía alrededor. Predicar la conversión a los sencillos, a los pobres, a los oprimidos, a los «oficialmente buenos» hubiera sido fácil. Pero el Señor le encargaba ir a Nínive, la ciudad de los pecadores y los «malos». Después de resistirse, finalmente predica la conversión en Nínive y, en contra de lo que siempre había pensado, para su sorpresa, Nínive se convierte. Y es que Dios tiene siempre más confianza en la bondad de los hombres que nosotros mismos.

Hoy el Señor sigue llamando y confiando en la bondad del hombre para que predique la conversión. En esta era científica, en la que siempre tenemos que tener explicación para todo, hemos perdido la capacidad de sorprendernos ante el misterio del Reino. Es probable que éste sea hoy el reto de nuestra fe, nuestras celebraciones y nuestras acciones: dejar a Dios que sea Dios, que nos sorprenda.