lunes, 31 de enero de 2011

Dichosos los pobres de espíritu


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo IV del tiempo ordinario – Ciclo A

“Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mateo 5, 1-12a)

Nos encontramos en el IV domingo del Tiempo Ordinario y podría parecer que este período de tiempo que se extiende desde el domingo del Bautismo del Señor hasta el Miércoles de Ceniza y desde el lunes después de Pentecostés hasta el I Domingo de Adviento fuera un tiempo insulso, insustancial. El mismo término «ordinario» parecería aflorar la peor de sus acepciones. Ordinario como vulgar. Pero como podemos comprobar por la misma palabra de Dios proclamada en nuestras eucaristías, de vulgar o insustancial nada de nada.

Este domingo en la liturgia resuena el Sermón de la Montaña, que por desgracia tiene poco de ordinario, por poco habitual porque se nos presenta como un programa de vida, tantas veces, casi sin estrenar.

La conversión a la que nos invitaba el Señor el pasado domingo se concreta en la aceptación y la asunción de estas propuestas mesiánicas del sermón del monte. Aceptar significa rendir nuestras razones a favor o en contra a las razones de Cristo. Aceptar que ciertamente tiene la razón, y tiene razón en lo que dice y propone. En segundo lugar la asunción: el ir poco a poco haciendo propias estas propuestas, estas bienaventuranzas. El esfuerzo intelectual por convencernos de las razones de Cristo y el esfuerzo por realizar este programa no obedecerá sólo a la voluntad, sino a la vez a una operación interna de la gracia de Dios. Una acción interior de esta gracia que psicológicamente no se percibe como una imposición exterior sino como un logro personal. La acción de la gracia es como el rocío que penetra la tierra y hace germinar las semillas. La conversión y la vivencia de las bienaventuranzas son obra de Dios y obra humana a un tiempo.

Este camino de renovación, que urge recomenzar, empieza por la humildad. El Apóstol invitaba a la comunidad de Corinto a reconocer su baja condición social, como señal de la pobreza de todos, de la clase social a la que pertenezcamos, delante de Dios. «Para que nadie pueda gloriarse delante de Dios»; altos o bajos clérigos, seglares influyentes o insignificantes. El reconocimiento de esta necesidad absoluta que tenemos de Dios es el comienzo de la conversión y el inicio de las bienaventuranzas, que comienzan diciendo: «Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos».

Y para que nuestro tiempo, nuestra vida, no sean «ordinarios», sino que se vuelvan «habituales» las propuestas del Reino y experimentemos su gozo, su bienaventuranza, recordemos y oremos de nuevo la oración inicial o colecta de la Misa: «Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda, en consecuencia, a todos los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor».

La Opinión-El Correo de Zamora, 30/01/11.

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