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lunes, 10 de junio de 2013

Se cumplen 50 años del hallazgo del Cristo del Espíritu Santo

En mayo de 1963 unos niños encontraron, mientras jugaban, una imagen de Cristo crucificado en la iglesia del Espíritu Santo de Zamora. Cuando se cumplen 50 años de este hallazgo, la parroquia de la que es titular, junto con la hermandad penitencial que lo saca en procesión, ha presentado el programa de actos que incluye dos conferencias, una mesa redonda, una procesión y la eucaristía entre los días 12 y 16 de junio.

Zamora, 10/06/13. Esta mañana han comparecido en rueda de prensa ante los medios de comunicación el párroco del Espíritu Santo, Florencio Gago, y el abad de la Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Espíritu Santo, Juan Antonio Haedo, para presentar el programa de actos con motivo del L Aniversario del hallazgo de la imagen del Cristo del Espíritu Santo.

La conmemoración de esta efeméride se ha querido hacer coincidir con otra fecha importante para la parroquia: el 12 de junio, día en el que, en el año 1211, fue consagrado el altar de su iglesia. De hecho, hace dos años tuvieron lugar los eventos conmemorativos de esta efeméride. Ahora, la celebración del cincuentenario del hallazgo del Cristo se ha planificado en dos vertientes íntimamente relacionadas entre sí: la cultural y la litúrgica.

Programa de actos

Los actos comenzarán el miércoles 12 de junio con la conferencia “El Santísimo Cristo del Espíritu Santo en el contexto de la imaginería medieval de Zamora”, y estará a cargo de Sergio Pérez Martín. Al día siguiente será el turno de Rogelio Cabado Murillo, con una ponencia titulada “La Sábana Santa: testigo de la Resurrección”. Ambas tendrán lugar en la iglesia parroquial a las 20,15 horas.

El tercer día del ciclo, el viernes 14, acogerá la mesa redonda “Los niños que encontraron al Santísimo Cristo del Espíritu Santo”, con la participación de Gregorio Luis, Antonio Matellanes, Enrique Matellanes y Benito Peláez, que era el sacerdote del Espíritu Santo en aquel momento. Será también a las 20,15 horas en la iglesia del Espíritu Santo.

El sábado 15 se realizará una solemne procesión del Santísimo Cristo del Espíritu Santo por las calles del barrio. Como explicó el párroco en la rueda de prensa, en lugar de llevar la imagen al centro de Zamora, se ha querido que esta parte periférica de la ciudad, el barrio en el que reside la imagen, pueda verla por las calles. Podrán llevar a hombros el Cristo tanto los miembros de la hermandad que no pueden hacerlo el Viernes de Dolores como el resto de gente que quiera, según afirmó el abad.

Por último, el domingo 16 de junio se celebrará una Misa en honor del Santísimo Cristo del Espíritu Santo, a las 13 horas en la iglesia parroquial. A continuación habrá una comida de hermandad en el huerto anejo al templo, para compartir paella y limonada. Las entradas están a la venta a un precio de 3 euros.

Historia del hallazgo

El 14 de mayo de 1963, poco antes de comenzar el rezo de Vísperas de San Isidro Labrador, los niños se encontraban jugando en la iglesia. El templo se encontraba en una fase de restauración y adecentamiento, en la que se retiraron los retablos, el púlpito y se pretendía dejar a la vista los sillares del interior.

Uno de los niños, Antonio, dio un golpe a una parte del muro de la iglesia (del lado de la epístola, muy próximo al presbiterio), que hacía tiempo que le sonaba a hueco y donde él pensaba que podía esconderse “un tesoro”. El golpe abrió una pequeña abertura que permitió constatar que el tabique ocultaba un pequeño nicho en el que se escondían una serie de objetos.

El desescombro del nicho permitió descubrir que también escondía la imagen de un crucificado medieval, de tamaño cercano al natural, parcialmente mutilado (le faltaba el brazo izquierdo y tenía los pies serrados), y que carecía de cruz. Se desconoce cuáles fueron los motivos que llevaron a ocultar la imagen y el momento en que se hizo. Tampoco es fácil de explicar por qué le fueron mutilados los pies, pues el nicho era lo suficientemente grande como para haberlo guardado entero.

El Cristo tomó el título de la iglesia como propio, pasándose a llamar Cristo del Espíritu Santo, asumiendo así una curiosa advocación toponímica.  Desde el 12 de diciembre de 1974, es la imagen titular de la Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Espíritu Santo, constituyendo la imagen más antigua de cuantas salen en las procesiones en la Semana Santa de la ciudad de Zamora.

martes, 31 de enero de 2012

Fallece el historiador jesuita Quintín Aldea, de Gema del Vino


Ayer falleció en Salamanca el jesuita Quintín Aldea, natural de Gema del Vino, a los 91 años. Era académico numerario de la Real Academia de la Historia, de donde era también bibliotecario perpetuo.

Zamora, 31/02/12. El pasado 30 de enero ha fallecido en Salamanca el sacerdote jesuita zamorano Quintín Aldea Vaquero. Retirado a la enfermería que los jesuitas tienen en esta ciudad en 2008, como consecuencia de una trombosis, estaba internado desde hacía más de una semana en el Hospital donde falleció en la mañana de ayer.

Era, desde 1997, académico numerario de la Real Academia de la Historia y bibliotecario perpetuo. Hoy, martes 31, se celebrará una misa corpore insepulto en la capilla de las vidrieras del colegio jesuita de San Estanislao de Kotska, en Salamanca, a las 16,30 horas. A continuación se tendrá la conducción del cadáver al panteón de la Compañía de Jesús en el cementerio de San Carlos de la ciudad. 

Quintín Aldea nació en Gema del Vino el 7 de marzo de 1920, en el seno de una familia de agricultores. Después de los estudios primarios en su pueblo natal, estudió en la escuela apostólica de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada de 1931 a 1935, cuando pasó al Seminario Menor de Carrión de los Condes. Habiendo sido disuelta la Compañía de Jesús en 1932 por el gobierno republicano, ingresó en 1937 en el noviciado de la Provincia de León que los jesuitas españoles habían improvisado en Marquain (Bélgica).

A mediados del año siguiente regresó a España, para proseguir sus estudios de Letras y Humanidades en Carrión de los Condes y Salamanca, y la Filosofía en Tudela y Oña. Impartió la docencia en el Colegio de Carrión de los Condes. Con tal ocasión descubrió y exhumó los sepulcros románicos de los famosos Condes de Carrión. Estudió Teología en Comillas y en Dublín, donde fue ordenado sacerdote en 1951. Volvió a Salamanca y a partir de entonces se dedicó a la Historia, particularmente a la Historia de la Iglesia, cursando estudios reglados de esta especialidad en la Sorbona de París y en la Universidad Gregoriana de Roma donde obtuvo el doctorado en Historia de la Iglesia, y donde hizo los últimos votos en la Compañía de Jesús en 1954.

Inició en 1958 su largo magisterio en Comillas donde regentó la cátedra de Historia Moderna y Contemporánea. Completó su formación académica en Múnich y en Bruselas. También obtuvo el doctorado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. En 1965 se incorporó al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), llegando a formar parte de su Comisión Científica. Dirigió el Instituto “Enrique Flórez” de Historia de la Iglesia y fue redactor Jefe de la revista Hispania Sacra hasta que se jubiló en 1986.

Como fruto de su rigurosa labor historiográfica resultó elegido académico de número de la Real Academia de la Historia (RAH) en 1996 y posteriormente fue designado bibliotecario perpetuo de la misma. Su temple y su trabajo sólo se vieron cortado por el accidente vascular que forzó su traslado a la enfermería jesuita de Salamanca.

Producción científica

Su producción científica es cronológica y temáticamente muy extensa. Además de dirigir y animar distintos congresos internacionales, sus núcleos de investigación principales han girado en torno a la historia eclesiástica hispana y a las relaciones internacionales de España. A este respecto son de destacar, los proyectos que dirigió y realizó en el CSIC, plasmados en varias obras importantes.

Fruto de su sensibilidad hacia la acción evangelizadora en América fue su libro El indio peruano y la defensa de sus derechos, escrito en torno a la figura del jesuita zamorano Diego Torres, fundador de las Reducciones del Paraguay; y hacia la cuestión social, su obra en colaboración Iglesia y sociedad en la España del siglo XX. Entre sus inestimables servicios a la ciencia sobresale también su labor de académico coordinador del Diccionario Biográfico Español de la RAH.

Consejero de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), socio de honor del Instituto de Estudios Zamoranos “Florián de Ocampo” y director de la XV cátedra “Luis García de Valdeavellano” de Historia, creada por la Fundación Duques de Soria; fue distinguido con la Encomienda de la Orden de Mérito de la República de Italia (1987) y el Anillo de Honor de la Sociedad Görres (1994).

Descansa en paz, descansa en Dios.

jueves, 20 de octubre de 2011

La Madre Bonifacia, obrera y santa


Benedicto XVI canonizará el próximo 23 de octubre a la trabajadora salmantina Bonifacia Rodríguez de Castro (1837-1905), fundadora de la congregación de las Siervas de San José. Reproducimos a continuación el artículo publicado en Ecclesia nº 3592 (15/10/11), pp. 18-21.

El pasado 21 de febrero, en el Colegio de las Siervas de San José de la calle La Reina (Zamora) se congregaban los medios de comunicación para recibir la noticia de que esa misma mañana el papa Benedicto XVI había anunciado en el Consistorio Ordinario Público la canonización de la beata Bonifacia Rodríguez de Castro, fundadora de las Siervas de San José, junto con otros dos fundadores contemporáneos de Bonifacia: Guido Maria Conforti y Luigi Guanella. Así, el 23 de octubre de 2011 culmina el proceso de declaración de su santidad. Como señalaba el entonces vicario general de la Diócesis de Zamora, Juan Luis Martín Barrios, “ella, con su carisma que se refiere al mundo trabajador y pobre, sobre todo para acompañar a las chicas necesitadas de aquel tiempo, es un don para nosotros”.

La Madre Bonifacia, como se la conoce familiarmente en su congregación y en las ciudades de Zamora y Salamanca, fue beatificada por Juan Pablo II en Roma el 9 de noviembre de 2003. El tiempo que ha mediado entre los dos pasos del reconocimiento eclesial de santidad ha sido realmente breve, y se ha debido a la demostración de un milagro que le sucedió en la República Democrática del Congo en 2003 al comerciante Kasongo Bavon, de 33 años. De familia no católica, sanó de forma inexplicable cuando estaba a punto de morir. Permanecía ingresado en el hospital de Kayeye, que dirigen las religiosas fundadas por Bonifacia, y todas ellas lo encomendaron a su intercesión. El 27 de marzo de 2010 el Papa autorizó la promulgación del decreto que reconocía oficialmente el milagro atribuido a la beata española.

¿Quién fue Bonifacia?

Bonifacia Rodríguez de Castro nació en el casco viejo de Salamanca en 1837, en el seno de una humilde familia de artesanos. Con quince años tuvo que ayudar al sostenimiento de su familia tras la muerte de su padre, y trabajó como cordonera, experimentando entonces las duras condiciones del trabajo en aquel siglo XIX. Poco después abrió su propio taller, donde empezaron a reunirse varias mujeres entremezclando la amistad y la vida de piedad, vinculadas espiritualmente a los jesuitas de la Clerecía y con aspiraciones a la consagración religiosa. Este grupo se constituyó como Asociación Josefina, y bajo la dirección del jesuita catalán Francisco Butinyà, cuyo encuentro con Bonifacia dio el fruto de la fundación de una nueva congregación femenina, atenta a las necesidades de su tiempo: las Siervas de San José (SSJ).

El entonces obispo de Salamanca, Joaquín Lluch y Garriga, aprobó esta fundación en 1874, y echó a andar como una pequeña comunidad de seis mujeres de la ciudad, entre las que se encontraban Bonifacia y su madre. Según sus primeros estatutos, las SSJ tenían la triple misión de hermanar oración y labor, acoger a las mujeres pobres desempleadas y promover la industria. Toda una muestra de preocupación por la cuestión social, que bullía en la Iglesia de aquel tiempo y que cristalizaría más tarde a nivel de magisterio universal en la encíclica Rerum novarum de León XIII (1891). Las comunidades de esta nueva congregación, formada por artesanas que continuaban con la labor ya aprendida, empezaron a denominarse Talleres de Nazaret, “siendo su modelo y ejemplo aquella pobre morada donde Jesús, María y José ganaban el propio sustento con su trabajo y el sudor de su rostro”, tal como explicaban las Constituciones.

La Madre Bonifacia fue una firme defensora de la dignidad de la mujer, procurando su instrucción profesional y preocupándose por las mujeres que podían sufrir menoscabo en su integridad o vivían ya en la marginación. Como explica en su reciente carta pastoral el obispo de Zamora, Gregorio Martínez Sacristán, “el propósito de Bonifacia es ayudar a las mujeres pobres para que se formaran convenientemente con vistas a que pudieran acceder a un trabajo fuera del hogar obteniendo una remuneración para sus necesidades vitales”, uniendo capacitación profesional y educación en la fe.

Entre Salamanca y Zamora

Tres meses después de la fundación, Butinyà tuvo que dejar Salamanca, y al año siguiente fue nombrado un nuevo obispo para la diócesis, quedándose Bonifacia como superiora de la comunidad, y sola desde el punto de vista eclesiástico. Entonces empezaron a llegar los problemas en torno al carisma de la congregación, con ataques externos que desprestigiaban a la fundadora. El día de la Presentación del Señor de 1876 hizo su profesión religiosa, en medio de este clima crítico para los inicios de las SSJ. Más tarde viajó a Gerona para acompañar al jesuita en la fundación de varios Talleres de Nazaret y en su unión a los salmantinos, período en el que se realiza en Salamanca su destitución como superiora y el nombramiento de una nueva. Ante toda esta hostilidad y continuas humillaciones, sufriendo en silencio y con mansedumbre evangélica, solicita al obispo salir de la ciudad para fundar en otro lugar.

En 1883, el entonces obispo de Zamora, Tomás Belestá y Cambeses, le dio permiso para abrir un Taller de Nazaret en la ciudad, cambiando varias veces de residencia hasta que en 1889 el obispo les dio una casa en la calle La Reina, junto a la Plaza Mayor. Allí Bonifacia y sus pocas compañeras volvieron a dedicarse a su labor de educar a las chicas pobres en las labores del hogar, un oficio y la vida cristiana. Como ya se afirmó entonces, “ejercía la caridad con las jóvenes que, desprovistas de casa para servir, corrían el riesgo de perderse, y cuya obra apostólica sostuvieron con el producto de su trabajo y con las limosnas que recogían en la ciudad y en los pueblos”.

En todo este tiempo, en Salamanca se borró la memoria de la Madre Bonifacia, y se distanciaron del carisma fundacional, orientándose a una enseñanza menos revolucionaria y despreciando la fundación zamorana. Cuando León XIII aprobó en 1901 la congregación de las SSJ le llegó el dolor de no ver a Zamora incluida en el Decreto ni ella reconocida como fundadora. Intentó hablar con las religiosas salmantinas, pero nunca fue recibida. En medio de esta situación, y dedicada al trabajo con sus hermanas, murió el 8 de agosto de 1905, en su casa-taller de la ciudad del Duero, acompañada por la comunidad. Fue enterrada en el Cementerio “San Atilano”, hasta que sus restos fueron trasladados en 1945 a Salamanca, donde reposan en la capilla del Colegio de la Casa Generalicia de las SSJ.

Este traslado se debe a la recuperación de la memoria que tuvo lugar en el seno de la congregación. La Madre Bonifacia había indicado a sus hermanas que la unificación de las comunidades de Zamora y Salamanca tendría lugar “cuando yo muera”. Y así fue: en 1907, dos años después de su fallecimiento, la casa de Zamora se incorporó a las SSJ. Tendría que pasar mucho tiempo para que se recordara su figura como fundadora del instituto. Y pudo hacerse gracias a que una SSJ compañera de Bonifacia, Socorro, escribió su vida y guardó algunos de sus objetos personales, escondiéndolo todo en un agujero que hizo en la capilla de Zamora. En 1936 otra religiosa desveló la existencia de este tesoro, y se rehízo la memoria de la santa despreciada.

Su carisma y espiritualidad

Como en la figura de cualquier fundador, no pueden separarse vida y carisma, experiencia y espiritualidad. La biografía oficial de la beata Bonifacia elaborada por la Santa Sede concluye diciendo, tras su muerte, lo siguiente: “cuando su vida se apaga, escondida y fecunda como grano de trigo echado en el surco, Bonifacia Rodríguez deja como herencia a toda la Iglesia: el testimonio de su fiel seguimiento de Jesús en el misterio de su vida oculta en Nazaret, una vida trasparentemente evangélica, y un camino de espiritualidad, centrado en la santificación del trabajo hermanado con la oración en la sencillez de la vida cotidiana”. Una síntesis perfecta que podemos desgranar un poco.

Según la postuladora de la causa, la religiosa Victoria López, Bonifacia, “dotada de extraordinario olfato evangélico, distingue los caminos de Dios y los humanos, optando libre y claramente por los primeros sin vacilación alguna, con total resolución y seguridad, sin titubeos, a lo largo de toda la vida”. Aunque no se conservan apenas palabras de la salmantina, son “las suficientes para encontrar en ellas semillas de vida”. En su contacto con Butinyà imprimió a su fundación el paradigma ignaciano de la contemplación en la acción: “hallar a Dios en todas las cosas, y todas las cosas en Dios”, uniendo esto a la centralidad de la Sagrada Familia como espacio privilegiado de la Encarnación.

Toda su espiritualidad parte del amor a Dios, Padre providente, a quien “quería complacer en todo”, cuidando la oración y la contemplación, especialmente ante Jesús crucificado. No cabe duda de que las largas horas de silencio ante la cruz fueron las que sostuvieron su peculiar participación en la Pasión de Cristo a través de las humillantes experiencias posteriores a la fundación de las SSJ. De hecho, una de las notas principales de su espiritualidad fue el silencio, y “por medio del silencio Bonifacia alcanzó el manantial para la alegría”, como afirma la carta pastoral de monseñor Martínez Sacristán.

Y desde el amor a Dios vivido en el silencio, el amor a los hermanos desde las claves de la acogida, la misericordia, la humildad, el perdón y el servicio. Su sensibilidad por los necesitados marcó su vida y determinó su vocación, orientándola al complejo mundo laboral del siglo XIX. El mismo Juan Pablo II afirmó en la homilía de la Misa de beatificación: “siendo ella misma trabajadora, percibió los riesgos de esta condición social en su época. En la vida sencilla y oculta de la Sagrada familia de Nazaret encontró un modelo de espiritualidad del trabajo, que dignifica a la persona y hace de toda actividad, por humilde que parezca, un ofrecimiento a Dios y un medio de santificación”.

Su amor y fidelidad a la Iglesia se expresan en su vida a la par que su “maternidad” sobre la congregación que fundó. Por eso observamos en ella la humilde obediencia a los obispos a pesar de los sufrimientos que le acarrearía, y la paciencia y actitud reconciliadora ante el desprecio mostrado por sus propias hermanas, a las que quería como hijas.

Desde todo esto, el carisma fundacional no puede ser otro que el de aprender a vivir de la Sagrada Familia, escuela donde se descubre la unidad entre oración y trabajo. Jesús, en el taller de Nazaret, es modelo de humildad y mansedumbre evangélicas; María es ejemplo de consagración a Dios y santidad; José es referente de profesionalidad, fidelidad y vida interior. Sólo mirando a este triple icono puede entenderse la experiencia de humillación y silencio de la Madre Bonifacia, su ausencia de protagonismo, su serenidad y la profunda alegría interior que capacita para vivir cualquier situación adversa.

La herencia de la Madre Bonifacia

La congregación de las SSJ, fiel al legado de su fundadora, intenta encarnar en su vida la unidad profunda de contemplación y acción. Con su actividad evangelizadora entre los más jóvenes recuerdan que el trabajo no sólo ha de dignificar al hombre, sino que puede santificarlo. Sencillez, laboriosidad y caridad serán las vías para seguir este trayecto, el de la educación en un ámbito que es, a la vez, hogar, escuela y taller. Su atención principal hoy se dirige a las mujeres pobres sin trabajo.

Las 599 SSJ que hay en la actualidad están presentes en América (Cuba, Colombia, Perú, Bolivia, Argentina y Chile), Europa (España e Italia), África (Congo), Asia (Vietnam y Filipinas) y Oceanía (Papúa Nueva Guinea). Recientemente han tenido un Capítulo tras el que se ha estrenado un nuevo modelo orgánico de gobierno de la congregación, más participativo, presidido por una coordinadora general filipina, Lillian Ocenar. Además, con las consagradas comparten el carisma los llamados Laicos Josefinos, que se consideran miembros de la misma familia religiosa.

Luis Santamaría del Río

Delegado de Medios de Comunicación de la diócesis de Zamora

viernes, 9 de septiembre de 2011

7.000 fotos antiguas del Seminario de Toro, en Internet


El sacerdote Tomás Calero, párroco del Carmen de Renueva de Benavente, ha digitalizado casi 7.000 fotografías del Seminario Menor de Toro entre los años 1963 y 1989, período en el que estuvo allí como formador, y pueden consultarse en Internet.

Zamora, 9/09/11. La página de Internet de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen de Renueva, de Benavente, ha publicado este verano una amplia colección de fotografías antiguas del Seminario Menor de Toro. El párroco, Tomás Calero, fue formador del centro entre los años 1963 y 1989, y muchos antiguos alumnos le habían pedido estos recuerdos gráficos.

Por ello se puso manos a la obra y, de una colección de 12.000 fotos que conserva, ha procedido a la digitalización de todos los negativos. Esta labor ha llevado dos años, y el sacerdote ha contado con la ayuda de Alejandro Conde y Sebastián Pacho. En total, después de desechar los archivos repetidos o de mala calidad, ha resultado una colección de cerca de 7.000 fotografías, que pueden consultarse en la siguiente dirección web: http://www.elcarmenbenavente.com/seminario/

En el archivo pueden verse fotografías de la vida cotidiana del Seminario, con sus actos religiosos y formativos, excursiones y actividades lúdicas, acontecimientos como las confirmaciones o las ordenaciones, etc. En ellas podrán encontrarse cientos de zamoranos que pasaron por la institución en el transcurso de dos décadas.

El Seminario Menor de la Diócesis de Zamora estuvo en Toro (dedicado a “San Luis y San Victoriano”) entre los años 1952 y 1995, año en el que regresó al edificio del Seminario Mayor “San Atilano” de la capital zamorana, donde se encuentra en la actualidad.