miércoles, 6 de noviembre de 2013
El obispo inaugura como profesor las Lecciones de Teología
miércoles, 30 de enero de 2013
Eloy Bueno: “tenemos que descubrir la fe como alegría”
martes, 5 de julio de 2011
Don Olegario, el primer Nobel de Teología

JOSÉ ALBERTO SUTIL
El pasado día 30 de junio, coincidiendo con el 60.º aniversario de la ordenación sacerdotal de Benedicto XVI, se ha entregado el premio que algunos ya han denominado como Nobel de Teología, el Premio Ratzinger, otorgados por la homónima Fundación que, creada por el actual pontífice, tiene como misión fomentar el quehacer teológico como servicio a la Iglesia y al mundo. Tres han sido los galardonados, porque en la Iglesia las cosas nunca se hacen en solitario, todo se comparte, ¡hasta los premios! Y coincide que cada uno de los tres premiados pertenece a una vocación distinta. Tenemos por ejemplo el laico italiano M. Simonetti, prestigioso estudioso de la Antigüedad cristiana. La distinción ha recaído también en el cisterciense austríaco M. Heim, profesor de teología dogmática. El último galardonado ha sido una grata sorpresa para la Iglesia en España. Se trata de Olegario González de Cardedal, sacerdote diocesano abulense y catedrático emérito de la Universidad Pontificia de Salamanca. Quienes hemos tenido la suerte de tratarle dentro y fuera de clase sabemos bien que se lo tiene merecido. El cardenal Ruini, presidente de la mencionada fundación, ha dicho de él que «no es solo un gran teólogo, dogmático y fundamental, sino también un insigne hombre de cultura, que especialmente en España representa un verdadero punto de referencia». Las principales obras teológicas de este teólogo, nacido en la profundidad, luminosidad y altura de la sierra de Gredos, se refieren al Dios Trinidad, al misterio de Jesucristo y de su Iglesia, pero también al quehacer de la teología y a la situación de la Iglesia en España en los últimos cincuenta años, sendos temas para sendas obras, las más recientes de nuestro teólogo. Su último libro, al paso del proyecto de las Edades del Hombre, conjugando arte y fe, se titula El rostro de Cristo. Ha puesto en diálogo la fe con la cultura, con el ateísmo y con la increencia, con las ideologías y filósofos de nuestro mundo y con escritores y poetas como Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Jean Paul Richter y Oscar Wilde. Ha contribuido a la opinión pública especialmente desde sus numerosos artículos en la prensa y su condición de Académico de número de la Real Academia de Ciencias Políticas y Morales. En la estela de santa Teresa y san Juan de la Cruz, ha exprimido la belleza del castellano para posibilitar que nuestra pobre palabra nombre al Infinito. Y todo esto desde un sacerdocio sincero como entrega existencial a la tarea de la teología y a la formación de la conciencia y al acompañamiento de otros sacerdotes y numerosos religiosos y religiosas, laicos y laicas. Vida de austeridad monacal, como a veces él mismo ha señalado, entre la ascesis del tiempo y la gravedad de la cátedra, entre el púlpito y la plaza pública, entre la Iglesia y el mundo. Y este premio, junto con otros, reconoce la verdad, la bondad y la belleza de una vida dedicada al evangelio. ¡Enhorabuena, maestro!
domingo, 3 de abril de 2011
Al profesor Flecha

ÁNGEL CARRETERO MARTÍN
Ya han transcurrido casi diez años desde que algunos nos despedíamos de la Universidad Pontificia de Salamanca donde, en muchos sentidos, hemos vivido una de las mejores etapas de nuestra vida, concretamente en la Facultad de Teología. El reducido espacio de esta columna no da ni para empezar a recordar profesores y acontecimientos que han dejado huella profunda no solo intelectualmente, también en el corazón. Es el caso de don José-Román Flecha Andrés. Así es como miles de zamoranos lo conocen por las muchas veces que ha sido invitado a esta tierra hermana en la que siempre ha logrado abarrotar todos los aforos, como el del Club «La Opinión-El Correo de Zamora». Con mano de acero y guante de terciopelo ha llamado a las cosas por su nombre, con gran rigor y claridad, en tantos y tan diversos temas de la bioética y de otros campos que, desde la inspiración cristiana, van a contracorriente de las modas legislativas o de lo que técnicamente es posible y no por ello justificable.
Uno no puede menos de admirar que su serenidad, naturalidad y cordialidad haya sido siempre la misma. Lo mismo le daba explicar a los alumnos de teología, enfermería o periodismo, en Salamanca, Chile o California, que ir a dar la cara rodeado de víboras pagadas ante las cámaras de TV donde, más de una vez, ha sido enviado por nuestros obispos para ofrecer la luz del Evangelio en medio de las tinieblas que se cernían sobre asuntos delicados y polémicos. Claro está, aún a riesgo de ser arrojado a los leones de los nuevos circos del laicismo y del anticlericalismo más resentido y recalcitrante que aquí, a diferencia de nuestros países vecinos, no hay voluntad de superar. Por cierto, la última ha sido hace poco más de tres semanas: la profanación que han realizado setenta endemoniados de Gerasa en la capilla de la Universidad Complutense de Madrid. Que Dios los perdone porque seguramente no sabían lo que hacían.
No puede olvidarse que el profesor Flecha ha compartido trabajo y amistad con otros grandes teólogos españoles de su mismo nivel: J. L. Ruiz de la Peña, fallecido prematuramente por culpa de un cáncer y el que más y mejor ha dialogado con científicos y pensadores del mundo moderno; A. González Montes, con un importante y reconocido servicio en el campo del ecumenismo, actualmente obispo en Almería; O. González de Cardedal, con una talla mística e intelectual que incluye en su haber una amistad muy especial, la de Benedicto XVI. Estos y algunos más han sido pilares de esta gran fortaleza y hogar abierto del saber teológico e interdisciplinar de Salamanca. A todos ellos, y particularmente a don José Román, nuestra más sincera felicitación y agradecimiento por su impagable aportación.
viernes, 29 de octubre de 2010
Eloy Bueno de la Fuente: “Jesús nos muestra que somos capaces de amar”

Zamora, 29/10/10. Ayer, jueves 28 de octubre, el Club La Opinión-El Correo de Zamora acogió la conferencia “El Jesús que nos interpela hoy”, en el marco de la campaña informativa del DOMUND. Estuvo a cargo de Eloy Bueno de la Fuente, nacido en Casaseca de Campeán (Zamora), y catedrático en la Facultad de Teología del Norte de España (sede de Burgos).
Eloy Bueno es sacerdote diocesano de Burgos (ordenado en 1976). Estudió en la Facultad de Teología de Burgos, en la Universidad Urbaniana de Roma y en la Universidad Complutense de Madrid, de donde ha obtenido sus grados de Doctor en Misionología y en Filosofía. Actualmente es catedrático de Teología Dogmática en la Facultad de Teología burgalesa, donde ha sido decano. Es el director del Instituto de Misionología y Animación Misionera de Burgos, Diócesis en la que ha desempeñado otros cargos. Asesor de la Comisión Episcopal de Misiones, es autor de varios libros y de más de cien artículos de investigación.
En su presentación, la directora del Club del periódico local, Carmen Ferreras, destacó “la labor extraordinaria de los misioneros en todo el mundo”, y recordó que el DOMUND “es por sí solo una jornada que evoca, provoca y convoca”, además de presentar la figura del conferenciante. El delegado diocesano de Misiones, Luis Zurrón, recitó el poema “Contra viento y marea” como prólogo a la intervención del teólogo.
Hablar de Cristo, hablar del hombre
Eloy Bueno comenzó su ponencia recordando la afirmación del Concilio Vaticano II de que en Jesús se desvela el misterio del hombre. O, como dijo Leonardo Boff, “tan humano sólo lo puede ser Dios”. Hablar de Jesús es hablar de Dios y del hombre, de la cultura y de la historia humana. Por eso Eloy Bueno se preguntó: “¿qué han encontrado en Jesús los literatos del último siglo?”. Algunos, contestó, tienen sintonía, y otros lo rechazan o no ven en él nada positivo. “Ésta es una interpelación para nosotros, para que sigamos descubriendo a Jesús. En esto radica lo que digamos del sentido del ser humano y de nuestra sociedad”.
El resumen fundamental de la interpelación de Jesús al hombre es que “nos muestra que la maravilla que caracteriza al hombre es que somos capaces de amar (igual que Dios), no sólo amados. La historia del hombre es la historia de cuánto podemos amar”. Entre otros ejemplos literarios, recordó el relato del Gran Inquisidor del autor ruso Dostoievski, en el que muestra un hipotético retorno de Jesús, y el miedo de los hombres a ser libres. Pero “hay que ser libres para poder mostrar hasta dónde podemos amar”. Por eso, “el Jesús que encontramos en el evangelio, y que aparece como interpelación para nosotros, se sitúa como el que está en medio de los demás como el que sirve”.
Eloy Bueno también recordó un texto de la novela de Kazantzakis La última tentación de Cristo. “¿Por qué no somos capaces de sintonizar con aquellos pobres, sencillos, humildes, marginados… a los que Él miraba desde esa convicción de que la belleza es la que salva al mundo porque recupera la bondad de todo lo que existe?”.
Cristofobia y paganismo
Hay otra línea en la literatura actual que, aunque menos conocida, se resume en la expresión “cristofobia, o el odio a Jesucristo, que está presente por motivos de resentimiento en la cultura europea”. Para el teólogo zamorano, el origen profundo podemos verlo en la disyuntiva que hace Nietzsche entre Dionisio y el Crucificado, entre “el joven dios que, como inventor del vino, entrega a la humanidad lo que le permite superar su sufrimiento y olvidarlo hasta perder la propia conciencia” y el Dios hecho hombre que proclama el cristianismo, “un Crucificado que es la negación de la vida, que es un agonizante… ¿a quién le puede atraer?”.
Esta alternativa “plantea una profunda y actual encrucijada en nuestra cultura: ¿a quién queremos ver: a Dionisio o al Crucificado? Y esta actitud está muy presente en nuestra cultura”. Como ejemplo, leyó algunos textos de Terenci Moix o Fernando Sánchez Dragó, además de citar a otros literatos españoles actuales que reivindican el paganismo.
Para Bueno de la Fuente, “este tipo de posturas esconden, a lo mejor, la denuncia de un cristianismo excesivamente ascético, o reticente ante el placer y los disfrutes de la vida”, cuando según la fe cristiana lo que Dios ha creado es bueno, y para el disfrute del hombre. Pero esa felicidad “tiene que ser para todos, y mientras haya excluidos o marginados, la felicidad de unos no es una blasfemia o un sacrilegio, y se plantea un doble problema: la dignidad del ser humano queda eliminada, y qué pasa con los crucificados… ¿el olvido del Crucificado no implica el desprecio de los crucificados: agonizantes, enfermos, discapacitados, los que no consumen, los que no producen, los que no dan placer…?”. Esto lo ilustró con un texto de Francisco Umbral y otro de William Golding. Frente a estas afirmaciones del nuevo paganismo, el ponente dijo que “recordar al Crucificado es la garantía de que aquellos que están crucificados tienen una dignidad”, y la cruz es así el rostro más humano de Dios.
Eloy Bueno repitió que Dios es capaz de amar hasta el extremo de la cruz, y por eso la muerte de Jesús es “la expresión máxima de la entrega de la propia vida, sin amargura, sin odio, sin venganza”, y “el día en que se deje de contar esta historia, los crucificados y las víctimas verán amenazada su dignidad”. Por eso los autores críticos pueden hacernos ver a los creyentes algún defecto a la hora de presentar la salvación cristiana. “Al leer a estos autores es cuando uno siente más el gozo de ser cristiano”.
De hecho, hay dos afirmaciones de Jesús en el evangelio que no tienen ningún paralelo: el amor a los enemigos, y la identificación con los pobres y los últimos (“a mí me lo hicisteis”). “La capacidad de amar que vemos en Jesús es enorme, y por eso se lanza como interpelación para el individuo y para toda la sociedad”, afirmó el conferenciante. “Jesús es el testimonio y el ejemplo de que no hay nada más digno de Dios que la salvación del hombre, y de que el ser humano, aún en sus miserias y manipulaciones, es tan digno que por eso tenemos a Jesucristo como hombre y como Dios porque, realmente, tan humano sólo lo puede ser Dios”. Así terminó Eloy Bueno de la Fuente su conferencia, que fue seguida por un interesante diálogo con el abundante público asistente al salón de actos de Caja Duero en Zamora.
viernes, 17 de septiembre de 2010
La eucaristía, momento de superación del mal y el sufrimiento
El teólogo toresano Francisco García clausura las Jornadas de Teología con una profunda reflexión sobre la visión cristiana del mal
Zamora, 16/09/10. Las XLIII Jornadas de Teología organizadas por la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) en colaboración con el Centro Teológico “San Ildefonso” de la Diócesis de Zamora, terminaron con la ponencia de su coordinador, el sacerdote toresano Francisco García Martínez, titulada “El escollo del mal y la apertura de la cruz en el camino hacia Dios”.
Francisco García (Toro 1967) es sacerdote diocesano de Zamora y director de su Centro Teológico “San Ildefonso”. Doctor en Teología dogmática por la Universidad Gregoriana de Roma, actualmente es profesor de Cristología en la UPSA, donde también ha impartido las materias de Teología pastoral. Es autor de dos libros y varios artículos especializados. Además, ha elaborado muchos textos para la formación y la oración que pueden encontrarse en su página web Entretiempo de fe (www.entretiempodefe.es).
El mal y el sufrimiento, patrimonio de la humanidad
El ponente comenzó afirmando que “es difícil hablar del mal sin conocerlo y de la cruz sin estar crucificado”. El tema del mal, el sufrimiento y el dolor pertenece a la vida del hombre. Aunque siempre está aquí, produce miedo, y por eso es minimizado cuando no es nuestro propio mal, y cuando lo es, nos parece que es incomprendido por los demás. “Es fácil banalizar sobre él, hablando en esta parte del mundo. El que sufre, sufre. El mal y el sufrimiento es el mayor patrimonio común de la humanidad. Hay que escuchar al que sufre, para que éste ralentice las palabras, hay que sentarse en el suelo, junto a él, y callarse, como hicieron los amigos de Job. Aún así, no estaremos libres de caer en discursos inoportunos”. Los amigos de Job se callaron siete días y siete noches, es decir, durante todos los días de la historia. “Por eso, mi tesis es que sólo se puede hablar del mal desde el octavo día de la Historia”, afirmó García.
El centro del discurso está en el doliente, que precisamente es el que nos deja sin palabras, si somos honrados. ¿Y para qué hablamos? “La fe no habla para explicar el mal, sino que empieza donde falla todo discurso técnico, donde no hay más que decir. Ahí sólo una palabra distinta del mundo puede decir algo. El hombre no define el mal, sino que tiene que definirse a sí mismo con el mal encima, o dentro de él. Tanto el mal como Dios abarcan al hombre, no pueden ser abarcados por él, y por eso hablamos en términos de misterio”.
La propuesta teológica será siempre más una mistagogía, un camino, que una teodicea: aprender qué soy yo delante de Dios. “Los cristianos rezan más que explican, celebran más que justifican. Aunque tenemos tendencias a crear teodiceas de tipo académico o de consejo pastoral, en lugar de encomendar estas situaciones a Dios”, reconoció el ponente.
Explicaciones del mal
La respuesta cristiana al mal es la cruz. De hecho, como recordó Francisco García, “el primer gesto que hace la Iglesia con nosotros es signarnos con una cruz en la frente: nos definen como seres en trance de crucifixión, los que vamos a ser crucificados. Se nos invita a vivir eso que vamos a vivir en una determinada forma, que es la cruz de Cristo. La reflexión cristiana conduce al creyente a no apartarse en su acción del grito que le va a definir, el grito en la tiniebla de la cruz (dando un fuerte grito, expiró). La praxis de Jesús es afrontar la limitación radical del hombre tal como se da en la historia”.
El profesor definió el mal como todo aquello que, remitiéndonos a nuestra finitud existencial, se nos pone una y otra vez delante. “No sólo es algo que nos viene de fuera, sino que se activa en nosotros como pecado, como nuestra destrucción desde nosotros mismos”. Y por eso hay diversas reacciones ante el sufrimiento. “El mal en algunos es una experiencia de distanciamiento de Dios, el abandono de la praxis religiosa, porque el sujeto no sabe cómo integrar a Dios en vista de su aparente indiferencia o sadismo ante el mal en el mundo. Por eso se retira. En esta tipología el hombre no niega a Dios, sino que renuncia a él. Se expresa en cinismo, blasfemia, acusación a los creyentes… esperando que Dios se manifieste de forma diversa”.
La segunda forma de reacción ante el mal es la falsación de la fe. “Algunos que no pueden o no saben creer, se reafirman en esta posibilidad aprovechando la existencia del mal. Desde ahí se habla de la fe como una proyección defensiva ante la realidad trágica del mundo”. Hay otra reacción que se da dentro de la fe, convirtiéndola en ideología: “se dice que Dios provoca ese mal, por lo que en definitiva es un bien, aunque nosotros no lo entendemos. Esto es una ideología, y nos hace separarnos de Dios creyendo que nos mantenemos en relación con él”.
Pero el mal también es un acontecimiento de acercamiento a Dios. “Podemos ver cómo creyentes golpeados por el mal aceptan la presencia de Dios no como quien les ha enviado el mal, sino como quien es la roca firme en la que agarrarse, como el único Salvador. Aparece Dios como una presencia firme, buena, creadora de vida… que terminará respondiendo”. En otras ocasiones la fe aparece introduciendo en la relación entre Dios y el hombre la lamentación, como lo comprobamos en muchos textos del Antiguo Testamento, y también en los escritos de muchos supervivientes del Holocausto. La fe no es sólo cuestión de elección, sino que pertenece también a la libertad de Dios.
La eucaristía, palabra de la fe sobre el mal
Después de esta tipología, Francisco García abordó el discurso cristiano de la cruz en relación con el mal. “Dios siempre se ha revelado en el acontecimiento del sufrimiento, y así aparece en los dos principales acontecimientos reveladores en la historia: la Pascua judía y la cruz de Cristo. Para hablar de Dios, hay que hablar inevitablemente del mal. Pero siempre hay un instinto de silenciar este mal, y por eso es casi invisible en la vida. O lo silenciamos interiormente porque nos asusta, o lo causamos, o no nos queremos hacer cargo de los que lo sufren. Y llegamos al colmo de justificar estos males y sufrimientos”.
Frente a este silenciamiento, “la fe cristiana alza la cruz de Cristo: un hombre justo torturado por los poderes políticos y religiosos. No se puede mirar para otro lado. En la cruz de Cristo, el sufrimiento silencioso de los dolientes toma la palabra y no se puede acallar. Enfrenta al hombre con la responsabilidad humana. Aparece como espacio privilegiado en el discurso sobre Dios y sobre el mal, porque habla desde el sufrimiento”.
Para el ponente, “la palabra radical del cristianismo sobre el mal es la eucaristía”. Y explicó esto desde una determinada concepción del lenguaje humano. En su inicio, la vida humana aparece marcada por una experiencia preconsciente que sitúa al hombre en una protección natural, el seno materno. “Por eso el hombre se siente arrojado al mundo, después de su etapa prenatal, que ha sido vivir el Paraíso sin saberlo, la comunión real. En cuanto nacemos, la realidad es distinta de nosotros, ya no estamos unidos del todo al otro. Este nacimiento de la individualidad se vive como un desgarro. El niño se descubrirá a sí mismo en la limitación, en la falta. La primera palabra humana es un grito inarticulado, un llanto que quiere decir algo, la entrada en la muerte de forma inconsciente, como lamentación y súplica”. Y García añadió: “¿No es ésta también la última palabra del hombre?”.
Por eso, “lamento y súplica se convierten en un movimiento de apropiación del mundo. Llegamos a ser un yo libre, pero necesitamos alcanzar la comunión perfecta con lo distinto, con lo que nos falta. Esto hiere nuestra vida, y prefiguramos esa comunión deseada por medio de la entrega y la confianza, o por medio del dominio. La vida termina siendo un aprender a morir, reconociendo y aceptando nuestra herida mortal. La vida se convierte en una angustia de soledad”.
La vida será acción de gracias cuando vivamos momentos de prefiguración de la comunión, y volverá al lamento y a la súplica en los momentos de fractura. “El grito inarticulado del hombre en la historia aparece también como el grito del que es expulsado de la vida. Está llamado este grito a hacerse palabra de fe, articulando las palabras de queja y de lamento, porque este mundo no es el que deseamos e imaginamos. Todo el lenguaje tiene su fundamento en la búsqueda que tiene el hombre de una plenitud de comunión”.
Es en este contexto donde se entiende la fe: “la fe comienza en esa desesperación. Hay una apertura frustrada del lenguaje, porque nunca alcanzamos a decir lo que queremos decir. Y alcanza su cima en el agradecimiento y la alabanza, que son las formas expresivas de que hemos encontrado la comunión con lo real. Pero nunca permanecen libres de la limitación impuesta por la muerte, por el lastre del tiempo”.
La acción de gracias, culminación del lenguaje humano, sólo aparece como un pequeño paréntesis en la vida, y parece un sueño, no real. ¿Hay algún espacio donde esta acción de gracias se haga con toda la realidad? El hombre retoma el lamento a través del lenguaje apocalíptico, imagina el mundo a través de un lenguaje de comunión, transformando la súplica y el lamento en una denuncia sobre el mundo: habrá un día en el que el mundo será lo que tiene que ser, será juzgado. Es una meta-palabra, la realidad última que nos permite imaginar que si pudiera ser este Dios, cabría la acción de gracias.
“Dios se confirma como verdadero cuando nos hace pronunciar una acción de gracias ante él. Pero Dios está más allá de la historia humana, más allá de sus siete días. Juan afirma que el Hijo es la Palabra, pero ¿qué palabra? En la cruz vemos que Jesús recapitula, se hace cabeza de todas las palabras de lamento y súplica, en un grito inarticulado en búsqueda de sentido frente a la muerte y el asesinato, la falta de comunión. Cristo muere con un fuerte grito, sin palabras. Afronta el trayecto último de toda vida humana, expulsado por los demás”.
Toda súplica y lamento es ante Dios, porque nadie puede responderlos del todo. Cristo es Palabra porque todos pueden unirse a este grito inarticulado de Jesús. “El grito de Jesús en la cruz es la palabra recapituladora de toda la humanidad, que no puede expresar la falta de comunión”.
“¿Qué es lo nuevo que aporta Jesús?”, preguntó Francisco García. Antes de la cruz, Jesús les ha hablado a los discípulos, comiendo con ellos, de un más allá, del Reino de Dios. Es la palabra profética. Para superar el mal y la muerte, la última cena debe contenerlos. “Por eso anticipa su muerte en los signos del pan y el vino, con los que identifica su Cuerpo y su Sangre. Se hace presente su muerte no en el contexto de la lamentación, lo habitual, lo normal en los humanos, sino en el contexto de la bendición y de la acción de gracias a Dios. Ésta es la novedad que cambia el sentido de la historia. El lenguaje del lamento se sustituye, en una muerte, por el lenguaje de acción de gracias a Dios”. Una entrega en acción de gracias.
Porque Cristo descubre que por debajo de la realidad existe un eterno manadero de vida y de plenitud que nunca rompe la distancia. “En la cruz, la acción de Jesús queda suspendida. Es un espacio de interrogación sobre Jesús y sobre toda la vida humana. Dios queda como presencia desnuda, manifestándose como vacío aquí y ahora”. Este lugar es adonde lleva Jesús a los suyos para hacerlos renacer. Es este momento para el que les ha preparado con la cena. En ella se ofrece a sí mismo como espacio donde vivir la vida y la muerte. “Cristo obliga a los discípulos para participar de su muerte para poder llegar a la acción de gracias total”.
En esta mesa “Cristo reta al tiempo y a la muerte. Esta nueva humanidad se convertirá en lugar salvífico. Cristo se hace eucaristía. Cristo, que ha dado gracias, se convierte ya para toda muerte en eucaristía, en el lugar donde encontramos la verdad de la vida. Fuera de esto no hay nada que no sean los siete días de la historia y, por tanto, la limitación absoluta. Estamos obligados a luchar contra el mal, pero nunca lo vamos a vencer en la historia. La superación del mal no puede ser intrahistórica”.
El cristiano envuelve todo mal y todo sufrimiento en la acción eucarística. La fe piensa el mal y el sufrimiento en lucha de razones, de voluntades, pero sobre todo en lucha de fe. Una lucha entre la oscuridad fáctica del mundo y la tenue luminosidad de la cruz de Cristo. Este acontecimiento de Cristo como eucaristía tiene lugar en la celebración de la eucaristía.
La liturgia, lugar de resurrección
Francisco García continuó diciendo que “la liturgia, tal y como la comprende la fe cristiana (aunque la vivamos de forma vulgar, instrumentalizada, degradada, retirada de los ámbitos orantes…), tal y como la quiere vivir la Iglesia, es la actualización del misterio pascual, la actualización de este tránsito del lamento y la muerte de Cristo a la acción de gracias y resurrección”.
Es un acontecimiento dialogal entre Jesús y el Padre: mutuo ofrecimiento de Cristo y total receptividad de la vida dada por el Padre. “En la liturgia eucarística se actualiza la entrega total de Cristo que se da en la muerte y la receptividad radical que se da en la resurrección. Y este acontecimiento está abierto a la participación de los fieles, en el movimiento del Hijo al Padre. Se ponen sobre el altar, donde estará la corporalidad de Cristo, todos los sufrimientos y anhelos de los hombres. El cristiano se va a saber allí en trance de resurrección, se va a saber habitado por la vida en resurrección”.
En la liturgia sacramental habita el sheol, la muerte de la carne humana; “el Hijo ya no es sin la carne de la historia, y el memorial de su muerte incluye nuestra muerte, con la que se unió en la encarnación, y con la que se sigue uniendo en el misterio eucarístico. Pero esta muerte está atravesada por una nueva vida. Por eso celebramos una muerte resucitada, y nosotros estamos en trance de resurrección”.
Es celebración de resurrección en el mismo momento de la muerte de Cristo, que es descenso y ascenso. Cristo aparece en los iconos orientales de la Anástasis, cogiéndoles la mano a Adán y Eva. “La eucaristía es la resurrección de Cristo en expansión. El pan y el vino tienen la plenitud de vida, ya no hay espacio para la muerte. Y ya no hay espacio para la muerte en el que toma el pan y el vino. El mal y el sufrimiento aparecen en el corazón del misterio pascual, no desaparecen, sino que son lugar de la creatividad originaria y nunca parada de Dios. Nada puede arrancar al mundo del fluir del amor eterno entre el Padre y el Hijo”.
El mal activo está derrotado por una sobreabundancia de gracia en la eucaristía. “No hay explicación para el mal: el mal se llora en la eucaristía. Pero existe una confesión que permite habitar el mundo en acción de gracias”. Nuestros funerales por eso están rodeados de la acción de gracias de la eucaristía. El cristiano ha sido sepultado con Cristo para resucitar con él. Pero ¿qué se ve? Como en los relatos pascuales, “un fluir de dudas y confesiones, llantos y cantos, alrededor de la acción de gracias de Cristo. En un claroscuro, entre el final del séptimo día y el inicio del octavo día de la nueva creación. No se ve, pero no se está en la oscuridad absoluta. Reconocen a Cristo vivo en la fracción del pan. La eucaristía no explica el mal ni justifica a Dios, sino que convierte nuestra mirada en nueva, para reconocer la compañía de Cristo, que se responde con alabanza y acción de gracias”.
“La eucaristía es el lugar de constitución de lo humano, porque ante el don de Dios aparece el tránsito del lamento y la súplica a la acción de gracias y la alabanza. Dios es quien constituye al hombre”. En este espacio todos los esfuerzos que pide Dios en el compromiso contra el mal, no se agotan, para escuchar la última palabra de la historia.
“La eucaristía es el centro de toda la historia humana, y el universo quebrado de nuestra vida cobra nuevos contornos en nuestra relación con Cristo. No hay otro camino para vivir el sufrimiento que el de injertarlo en el misterio pascual que celebramos en la liturgia. Es en esta actualización del amor crucificado donde el hombre se realiza”. Francisco García recordó como en la epíclesis se solicita el Espíritu Santo para que podamos injertarnos en este misterio. No sólo se puede afrontar el dolor propio, sino también el de los hermanos.
“Todo amor, servicio y compromiso terminará necesariamente crucificado, por la finitud y el pecado”. Siempre habrá que ir hacia Jerusalén. “Vayamos y muramos con él”, dice el apóstol Tomás, como si lo hubiera comprendido. “La cruz aparece como una realidad incómoda, asusta y repele, porque es crucificante. Sólo así aparece como espacio de salvación. La eucaristía por eso no puede dar nada a quien busca en ella el valor sustitutivo de su propia cruz. Es un ámbito mortal, pero de esperanza radical, porque se oye la acción de gracias del Cuerpo resucitado de Cristo”.
“Hay que luchar con todas nuestras fuerzas contra el mal y el sufrimiento, pero con Cristo, que nos invita a cargar con la cruz en fe y amor. El caos, el mal y el sufrimiento tendrán la última palabra en la historia; es Satán el príncipe de este mundo. Todos moriremos incompletos, heridos y vencidos. Pero esto está recogido por Cristo, y transformado para nosotros en acción de gracias. Por eso podemos estar envueltos en esta alabanza. La lucha contra el mal es la lucha interior del amor contra el odio, la lucha de la fe contra las dudas suscitadas por el poder inmenso del mal en el mundo. Si vencemos –y esto ha prometido Cristo a los suyos– nosotros mismos seremos un himno de alabanza a Dios. Precisamente lo que buscábamos: dar gracias. Las heridas del mal serán sólo cicatrices de salvación”.
Francisco García terminó su ponencia, la que clausuró las Jornadas de Teología, diciendo que quizás ahora, desde ahí, se pueden interpretar y entender las palabras de Santa Teresa de Jesús en uno de sus poemas: “En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo”.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Un Dios presente en el pensamiento, en el mundo del trabajo y en el arte
Zamora, 16/09/10. En la recta final de las XLIII Jornadas de Teología organizadas por la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) en colaboración con el Centro Teológico “San Ildefonso” de la Diócesis de Zamora, ha tenido lugar la segunda mesa redonda de presentación de diversas figuras contemporáneas y su acceso a Dios a través de diversas actividades humanas. En este caso, el pensamiento, el trabajo y la creación artística.
Edith Stein: una mujer de pensamiento valiente
Jesús García Rojo, sacerdote carmelita descalzo, doctor en Teología y profesor del área de Antropología Teológica en la UPSA, expuso la figura de Edith Stein (Santa Teresa Benedicta de la Cruz), como ejemplo de acceso a Dios a través del pensamiento. Comenzó diciendo que el pensamiento es lo que caracteriza y lo que dignifica al ser humano. La persona que piensa merece ser tomada en serio, y Edith Stein fue una de las personas que pensó, con un pensamiento que dio fruto.
“Su vida fue una apasionante aventura donde el pensamiento va a jugar un papel fundamental. Es una mujer que piensa, y cuyas decisiones han sido siempre muy pensadas. Nunca fueron tomadas a la ligera, y las llevó a cabo aunque tuviera que ir contracorriente”. Da muestras de una gran reciedumbre, y ante las incomprensiones familiares y las dificultades políticas de la Alemania de aquella época, responde sin desistir.
García Rojo destacó la coherencia entre el pensamiento y su vida. “Forman un todo inseparable. Piensa lo que hace y está dispuesta a cargar con las consecuencias de su decisión. En ella, pensamiento y vida están entrelazados”. Y por eso el ponente señaló seis hitos principales de su trayectoria. El primer hito lo situó en Göttingen, cuando se plantea la pregunta por la verdad en su entrada en la Universidad para estudiar Filosofía. Allí Stein conoció a Max Scheler, “un encuentro que la impactó, que le puso en contacto con un mundo hasta entonces desconocido para ella, y que incluía el hecho religioso. Allí aprendió a respetar el mundo de la fe, aunque no había descubierto aún ese camino para ella”.
El segundo hito: Frankfurt, un recuerdo inolvidable. En su catedral, sucedió algo muy significativo para ella, cuando le impresionó una mujer que entró para orar, y que no pudo olvidar nunca. Después defendió su tesis doctoral en Friburgo, bajo la dirección de Husserl. Parece que fue entonces cuando comenzó a pensar más en torno a la fe.
Tercer hito: cuando la familia del filósofo Adolf Reinach la invita a abrazar el cristianismo. “Ella fue sintiendo un interés creciente hacia lo religioso, y tras una larga reflexión decidió dar el paso de su conversión”. Entró en la política para defender el sufragio femenino, y la dejó poco después. Su salud no iba bien debido al combate interior que estaba librando. Sintió la necesidad de abandonar su casa para tomar la decisión más importante de su vida, que es el cuarto hito de esta trayectoria: el ingreso en 1922 en la Iglesia católica, después de haber leído la vida de Santa Teresa de Jesús.
Desde entonces, su actividad se amplió más allá de lo meramente intelectual, “convencida de que la religión no es algo para vivir en un rincón tranquilo, sino que ha de determinar la vida entera del creyente”. Y descubrió que es posible concebir la ciencia como un tipo de culto divino. Leyendo al Pseudo Dionisio, percibió la experiencia mística como cumbre de la experiencia de Dios, más allá de la teología afirmativa y de la teología negativa.
El último hito de su vida fue el encuentro con San Juan de la Cruz. “En él descubrió lo que nadie le había dicho: una visión clara del proceso espiritual. Encontró la respuesta a su búsqueda existencial, una verdad real y operante que va acercando al hombre al Crucificado. La cruz no es una teoría, sino un misterio que hay que vivir, y que ella vive asociándose a los sufrimientos del pueblo judío bajo la persecución nazi”. Su familia fue perseguida, y ella misma tuvo que abandonar el Carmelo de Colonia. “Una ciencia de la cruz sólo se puede adquirir si se llega a experimentar de fondo la cruz”, escribió Edith Stein.
Como conclusión, el profesor García Rojo señaló a la santa alemana como “un ejemplo de enfrentamiento al pensamiento único. Ella nos enseña a pensar, a reflexionar, para que no se estrechen las posibilidades del ser humano”. Además, “Edith Stein fue una mujer de horizontes abiertos, no se encerró en nada, y su talante abierto le brindó la posibilidad de conocer otros autores y realidades, desde el diálogo y no desde la confrontación”. De hecho, el mismo Juan Pablo II no dudó en citarla en la encíclica Fides et ratio.
Dorothy Day: la soledad en busca del amor verdadero
María Teresa Compte, profesora en la UPSA en su campus madrileño y coordinadora allí del Máster de Doctrina Social de la Iglesia, presentó la figura de Dorothy Day. Nacida en Nueva York y en proceso de beatificación. En resumen, “fue activista social, fundadora de un periódico y de una comunidad de vida, y concluyó su trayectoria con el encuentro con el Amor verdadero. Jamás vivió sola, siempre estuvo en compañía”. Fue periodista, y por eso al escribir sobre la razón de su fe no perdió tiempo.
Para Compte, Day “fue una mujer orgullosa de ser mujer. Y una mujer de síntesis, capaz de integrar lo natural y lo sobrenatural, equilibrada en todas sus áreas personales”. Cuando se casó, experimentó una felicidad natural, una paz en pugna consigo misma, con un ansia mayor de felicidad. Entonces comenzó a rezar más.
“Fue una mujer católica, que amó profundamente a la Iglesia porque conoció a Cristo. Porque la Iglesia le hacía visible a Jesucristo, a través de los sacramentos, la comunión de los santos, el rezo del rosario, la confesión, etc. Su pertenencia a la Iglesia católica fue un proceso de conversión, creciendo como creyente encarnada en la realidad”. Anhelaba salir de sí en busca del amor. Amó al mundo, a su familia, a sus amigos, a los hombres y a Dios. Anheló el amor humano, y deseó fervientemente despertar al lado de un hombre.
La ponente también subrayó que “fue una mujer de familia, con esposo e hija. Se sentía, sobre todo, madre. Pagó el precio de abandonar a su marido porque se hizo católica, y por eso sufrió. Anheló y buscó la plenitud. Quería encontrar a Dios. Amó la tradición porque amó la familia como comunidad de relación. Y comprendió que hacerse católica supondría dejar a su marido, viviéndolo como una desgracia”.
Fue una mujer necesitada de instrucción, sobre todo católica, y aceptó con humildad su formación. Sus encuentros con creyentes le enseñaron a descubrir que sus apetencias lo eran del Dios verdadero. No creía que lo sagrado de la vida pudiera sostenerse sin una vida de fe. Fue una mujer empeñada en la trascendencia, y entendió la socialidad del amor. Padeció el sufrimiento, pero esperó la alegría.
Su conversión al amor la llevó a amar al prójimo. Gracias a Peter Maurin, “formó parte de una comunidad al servicio de los trabajadores y de los pobres”. Vivió una teología del trabajo, encarnada en las obras de misericordia. Vivir en comunidad es la respuesta a la larga soledad, decía. Una de sus últimas afirmaciones: “todos hemos conocido la larga soledad, todos hemos aprendido que la única solución es el amor, y que el amor sólo llega en la comunidad”.
Teresa Peña: la mística sobre el lienzo
El último en intervenir fue Edorta Kortadi, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Deusto en San Sebastián, y crítico de arte en diversos medios de comunicación vascos. Entre sus trabajos, ha sido comisario de varias exposiciones. Expuso la figura de la pintora contemporánea Teresa Peña.
“¿Toda experiencia artística no es ya de por sí una experiencia religiosa?”, se preguntó al inicio de su intervención. Teresa Peña fue una mujer religiosa, y explicitó los contenidos religiosos en su obra. “¿Por qué unos artistas ven claro el tema espiritual y otros lo ven oscuro? Es el eterno enigma de por qué a algunos creadores les cuesta plantearse la cuestión religiosa”, según el ponente.
Kortadi conoció a la pintora en los últimos años de su vida, y expuso ante el auditorio zamorano los datos principales de su biografía. “Buscó la experiencia mística y estética unidas. Fue una exquisita sensibilidad adiestrada mediante el trabajo pertinaz, en la búsqueda de los demás y de la trascendencia. Quería expresar sus más profundos sentimientos. Hablaba de cinemática, es decir, imágenes en movimiento. Tenía claro que toda actividad artística debe estar entroncada con las cuestiones del espíritu”.
Sus repertorios de pintura parten del humanismo cristiano. “Me interesa dar existencia a los seres que pinto”, decía Peña. Le interesaba pictóricamente el ser humano, y en torno a él giraba toda su plástica. “El hombre como centro del mundo puesto a sus pies. Un hombre que es producto de dos cosas: materia y espíritu. Sobre el vacío del negro, trata de iluminar con luz las figuras que emergen, con una luz hecha de amor trascendente, una luz esperanzadora que disipa las tinieblas, que es la luz de Dios. Sus cuadros son una lucha entre el blanco y el negro, aunque algunos no sean estrictamente religiosos, pero siempre tienen un trasfondo simbólico. Siempre deja una puerta abierta a la interpretación del contemplador”. Aparecen también los pobres y los obreros, como seres anónimos.
A Dios por la política, la música y la ciencia
Zamora, 15/09/10. Continúan celebrándose en Zamora las XLIII Jornadas de Teología organizadas por la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) en colaboración con el Centro Teológico “San Ildefonso” de la Diócesis de Zamora. Tras la ponencia de Lluís Duch, tuvo lugar esta tarde una mesa redonda titulada “Caminos personales de encuentro con Dios I”, que constituyó la primera de dos mesas de este tipo, en las que se abordan las realizaciones que han hecho personas concretas de su camino a Dios desde distintas experiencias humanas, como señaló en la presentación Francisco García, el coordinador de las Jornadas.
Tomás Moro: por encima del rey, Dios
La primera en intervenir fue Paloma Castillo, doctora en Medicina por la Universidad de Salamanca, y que ha sido docente en las Universidades de Madrid y Salamanca. Es miembro de la Asociación Internacional “Amici Thomae Mori”, fundada en 1963 en Angers (Francia), constituida por profesores de universidades europeas y americanas. Esta asociación se dedica al estudio del Humanismo renacentista, a la época Tudor y a la Reforma. Forma parte de otras sociedades dedicadas a esta figura.
Presentó una síntesis de la biografía de Santo Tomás Moro, patrono de los políticos y gobernantes. Tal como expuso, Tomás Moro fue el primer canciller seglar de Inglaterra, que fue ejecutado en 1535 por oponerse al divorcio del rey Enrique VIII. Tuvo mucha formación clásica, y consideraba que estaba antes la virtud que el conocimiento. Además, conocía en gran medida a los Padres de la Iglesia y a toda la tradición cristiana.
Moro llegó a la conclusión de que el buen político debe reunir conocimientos de artes y ciencias. Como tiene el peligro de llegar a la tiranía, las letras lo guiarán hacia la razón, y tomará decisiones prudentes. Pero, además de humanista, Tomás Moro es cristiano. Considera que la primera responsabilidad de un rey es ser un padre para sus hijos. El orgullo la tentación de la serpiente tiene como antídoto el conocimiento.
La ley ocupa un lugar importante en la filosofía de Moro y observa que ninguna ley protege totalmente al inocente. Los hombres somos libres, y el estadista debe hacer que los hombres trabajen por el bien común, utilizando la fuerza de la ley cuando haga falta para asegurar ese bien común. También defiende la separación de la Iglesia y el Estado. La famosa Utopía es también una denuncia de las circunstancias sociales de su tiempo. Marx y Engels lo consideraron socialista, por hacer una lectura fundamentalista de esta obra.
Paloma Castillo también detalló el caso que provocó la decisión de conciencia de Tomás Moro de abandonar el servicio público, cuando el monarca inglés contrajo un nuevo matrimonio y se autodesignó como cabeza de la Iglesia en Inglaterra. “Moro no podía traicionar a Dios ni a sí mismo, y es llevado a la prisión”. La ponente también detalló el cruel y prolongado martirio que sufrió el ex-canciller. “Se aferró entonces a la agonía de su amado Cristo, confiando en la corona de victoria tras la muerte. Afrontó el martirio con serenidad, y se sintió feliz ante la condena de decapitación. Sostuvo la doctrina moral frente a un tirano”. La ponente también aclaró que el santo inglés “no desea el martirio, pero se endurece en el juicio (que fue una farsa, y fue condenado por medio de un perjurio) cuando se trata de la salvación del alma”.
“Tomás Moro no muere por oponerse a un divorcio, ni por defender la supremacía papal, sino por su visión de la autoridad y de la Iglesia”, explicó Castillo. “Hoy, más que nunca, el Estado interviene en todos los ámbitos de nuestra vida, negándole al hombre las libertades más fundamentales. Será la Iglesia católica la que tenga que recordarle al Estado cuál es su lugar, dentro del marco de la Constitución”. Tiene que mantenerse firme ante un Estado que quiere ordenar lo que se debe pensar y hacer. “Un hombre puede perder la cabeza y no sufrir mal alguno”, le escribía Tomás Moro antes de su muerte a su hija. El hombre libre que en el cadalso se despide como fiel servidor del rey, pero antes de Dios.
Bach: una fe que brota desde los pentagramas
José Ramos Domingo, doctor en Teología, y profesor en la Facultad de Comunicación de la UPSA, estudioso de cuestiones de oratoria, arte y música, presentó la figura de Johann Sebastian Bach. Habló de su religiosidad desde la música: “Bach es la expresión de una fe que brota desde los pentagramas, desde el principio hasta el final”. Para este experto, Bach es un moderno, su vocabulario aún nos sigue atrayendo, tocando las fibras de nuestra sensibilidad. Dominó los secretos de la invención musical y de la armonía. “Quien haya escuchado alguna vez los primeros compases del coro inicial de la Pasión según San Mateo estará de acuerdo, y podemos terminar de escuchar la obra postrados llorando”.
Casi todas las partituras de Bach se inician con la expresión “Soli Deo gloria”. Como explicó Ramos, “su música está concebida para honrar a Dios e instruir al prójimo. Se expresa objetivamente una fe sentida y, a la vez, razonada. Para Bach, creer es un sentimiento vivificante, que se deja palpar auditivamente, a veces como gozo, a veces como compunción y tristeza. En sus corales para órgano se expresa su honda religiosidad. Algunas piezas son el dogma trasplantado en sonidos, como cuando compone la caída de Adán. Son auténticas piezas de meditación”.
El coral “Señor, ante tu trono ahora compadezco”, es el motivo musical que quiso escuchar en los momentos previos de su muerte, como un ars moriendi, suplicándole a Dios su benevolencia y su perdón: “no apartes tu clemente rostro de mí, porque tú sabes que soy un pobre pecador”, palabras de la propia pluma de Bach.
Esto se hace extensible a su obra didáctica, “hablándoles a los alumnos de la gloria de Dios y el goce del espíritu como la razón última del ser músico y componer”. Pero serán sus Cantatas donde se proyectará todo su intimismo creyente y devocional. Cada domingo escribía una, y lo contienen todo musicalmente. Son la cima de la expresividad religiosa en la música. “Si tuviera que definir toda esta obra bachiana de las cantatas, tendría que hacerlo desde su ortodoxia luterana, desde su devoción pietista y desde su discurso místico”, afirmó el ponente. De hecho, en las cantatas místicas, Bach elabora toda una escatología.
La Pasión según San Mateo representa el punto culminante que Bach dedicó a la teología protestante. Se trata del “sermón más persuasivo, toda una expresión narrativa musical, un quinto evangelio. Se ponen en escena los sufrimientos de la pasión de Jesús, para llamar al creyente a la compunción y el arrepentimiento”.
Por otro lado está la Misa en Si Menor, que le llevó 25 años, “una obra cumbre en la que se acumulan todos los méritos musicales del pasado. El Bach luterano nos sorprende con la más sublime creación de una misa católica. Se mezclan el subjetivismo protestante y el objetivismo católico”. En el corazón de la obra, el “incarnatus est” es la composición sublime, que es difícil de igualar, la más hermosa descripción de la encarnación del Verbo.
José Ramos también abordó el contexto sociocultural del músico alemán, que se propuso una armonía que no opusiera la revelación trascendental con las alegrías de este mundo. Aquí hay que entender El arte de la fuga. José Ramos terminó señalando que “se ha dicho que el secreto del carácter único de la música de Bach está en la conjunción de las diversas corrientes de la época. ¿No está aquí la razón por el que el esplendor de su música aún atrae al hombre de nuestros días?”.
Teilhard de Chardin: la presencia de Cristo en el cosmos
El último ponente de la mesa redonda fue el jesuita Agustín Udías, doctor en Geofísica y en Ciencias Físicas, que ha investigado y enseñado en varias universidades norteamericanas, alemanas y españolas. Es catedrático emérito de Geofísica en la Universidad Complutense de Madrid, donde sigue impartiendo un curso anual sobre la relación de ciencia-fe. Es autor de varios libros sobre este tema. En la mesa redonda tuvo la misión de presentar la importante figura del también jesuita Teilhard de Chardin.
“La mayor preocupación de Teilhard de Chardin fue cómo integrar la fe cristiana en el avance científico de su tiempo. Su vida se apoya en su trabajo científico y en su experiencia mística. La nueva visión evolutiva del mundo, asimilada por su investigación, no puede dejar de lado la concepción cristiana de la relación de Dios con el mundo. Esta relación se había entendido antes en una concepción estática, y debía reformularse ahora, tras los avances científicos. Esto afectaría a la cosmovisión cristiana, y por eso sus escritos preocuparon a la autoridad eclesiástica”, comenzó diciendo Udías.
Para Teilhard constituía el centro de su vida y el motor de su espiritualidad, no simplemente una cuestión teórica. “Estamos acostumbrados a contemplarlo como científico o como filósofo, y olvidamos al místico cristiano que descubría la presencia del Cristo cósmico en las fibras de la materia y lo concebía como el fin último de toda la evolución del Universo”. Ahora ya se ve su mensaje como una mística para nuestro tiempo, un tiempo dominado por la ciencia y la tecnología. El centro de su mística lo constituye su visión de Cristo como centro del mundo, en una concepción cristiana de la evolución.
Su interés por las ciencias naturales se despertó desde sus estudios de Bachillerato. Después de su ingreso en la Compañía de Jesús mantuvo este interés, realizando trabajos de campo en geología. Vivió la experiencia de la Primera Guerra Mundial como algo fuerte, y la interpretó como un bautismo en lo real. En un temprano ensayo ya adelanta los temas fundamentales de toda su trayectoria intelectual posterior. “Yo amo al Universo, sus energías… y al mismo tiempo estoy entregado a Dios, el solo origen, la sola salida, el solo término”, escribía. Se consideraba un hijo tanto de la tierra como del cielo.
“Llamaba a descubrir el ideal divino en la médula de los objetos más terrestres”. La concepción evolutiva de la realidad y su integración en la cosmovisión cristiana estarán en el centro de su pensamiento. En 1923 viaja a China, y su vida queda vinculada al trabajo geológico y paleontológico allí. Años después se le reconoce en los ámbitos científicos, y trabaja sobre el origen del hombre en toda Asia.
Pero el autor separó su trabajo científico de su reflexión religiosa, y en sus más de 200 artículos científicos no se menciona el problema religioso. Para Udías, “como científico, fue un verdadero científico. Sin embargo, para él, el trabajo científico mismo constituía en sí una forma de adoración. Ciencia y religión forman dos caras de un mismo movimiento en el conocimiento de la realidad para Teilhard de Chardin”. El contacto con las verdades científicas bien comprendidas, un buen alimento para la vida espiritual según el jesuita francés.
También escribe 243 ensayos de tipo religioso y filosófico, sobre todo investigando el papel de Cristo en un mundo en evolución. “Podemos preguntarnos si su visión sobre Cristo era sólo un pensamiento teórico, o si constituía también el centro de su misma vida, si formaba el centro de su espiritualidad personal y su mística”. Y por eso el ponente explicó, como respuesta clara: “las notas de sus ejercicios espirituales nos muestran que estas ideas son las constantes que forman el núcleo de su oración y meditación. Teilhard, aunque se ajusta en sus líneas generales al esquema ignaciano, también se aleja de él. Piensa que algunas de las consideraciones de san Ignacio, como las del principio y fundamento, están llenas de estatismo, fixismo y juridicismo. Para él, la creación no es un medio para la salvación del hombre, sino el objeto de una comunión conquistadora. Considera su idea como más abarcante, no como opuesta a los Ejercicios. Sólo en la contemplación para alcanzar amor encuentra el científico una mayor coincidencia con sus ideas”.
Por eso, “su visión de Cristo y del mundo no es sólo un pensamiento teórico, sino el motor y el centro de su vida espiritual”. Año tras año, sus ejercicios se centran siempre en las mismas ideas. Aparece el término Cristo Omega desde 1922. Después aparece el término “omegalizar”, para expresar la unión del Universo con el Cristo total. Y las dos perspectivas que resumen toda la actividad de su vida: universalizar a Cristo y cristificar el Universo. Toda su vida la concibe como una fidelidad al Cristo Omega. “Más que nunca, es el Cristo Omega el que ilumina y dirige mi vida”, escribe Teilhard.
Finalmente, en 1950, el año de su muerte, dice que en su vida no puede entrar nada que no sea cristificable. En plena fe al Cosmos y al Cristo Omega. Terminar bien es haber formulado bien su mensaje esencial. Resume su visión con una sola palabra: “pancristismo”. La tentación de panteísmo que le había acechado durante toda su vida, encuentra su superación con esta palabra. Termina con la intuición de su próxima muerte, con esta nota: “abandono al fin”.
Udías dijo que también encontramos esto en sus oraciones. “Merece una mención especial su Misa sobre el mundo, que sigue el esquema de la Misa y presenta la consagración del mundo como extensión de la eucaristía. Esto trasluce su concepción de la presencia de Cristo en el mundo. Toda la materia es encarnada para él, el Universo se presenta como una inmensa hostia”. Dirige su oración al Cuerpo de Cristo en toda su extensión, es decir, al mundo. “Yo me entrego para en él vivir y morir”, dice el científico jesuita, para terminar invocándolo: “centro deslumbrador donde se unen las fibras de lo múltiple… tú eres mi Señor y mi Dios”.
En conclusión, para Teilhard de Chardin, “ni Cristo puede concebirse separado del Universo, ni el Universo separado de Cristo. Vivió apasionadamente esto, y se esforzó por comunicarlo desde su trabajo científico, a pesar de todos los obstáculos e incomprensiones que afrontó”.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
“Hoy no está en crisis la religión, sino Dios”
Lluís Duch analiza en Zamora la cultura actual y su dificultad de acceder a Dios
Zamora, 15/09/10. El tercer día de las XLIII Jornadas de Teología organizadas por la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) en colaboración con el Centro Teológico “San Ildefonso” de la Diócesis de Zamora, comenzó con una ponencia del profesor Lluís Duch, titulada “La imaginación humana como apertura del horizonte humano hacia Dios”.
Lluís Duch (Barcelona 1936), es monje benedictino de la conocida Abadía de Montserrat, doctor en antropología y teología por la universidad de Tübingen, y con estudios complementarios en Münster y Múnich. Es profesor emérito de Fenomenología de la Religión de la Abadía de Montserrat y del Instituto de Ciencias de las Religiones de Tarragona y Manresa, y también de otros centros como la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, la Universidad Ramon Llull, la Facultad de Teología de Cataluña, entre otros.
Duch planteó el tema de las Jornadas desde la antropología. Aclaró en la introducción que hay una gran diversidad de antropologías, y subrayó la importancia del contexto en el estudio antropológico. Hay tres tipos de antropologías: las que consideran que el ser humano es malo (como la de san Agustín y la de Kant), las que consideran que el ser humano es bueno (Rousseau), y las que más convencen al ponente, las que dicen que el hombre no es ni bueno ni malo, sino “fundamentalmente ambiguo. Ante las cuestiones fundamentales de la existencia, tenemos que decidir. Aquí es donde tomamos partido, donde están a nuestro alcance el bien y el mal. Y la ambigüedad nunca se resuelve del todo”.
Análisis de la cultura actual
¿Y cuál es la situación de la sociedad actual? “La primera nota es la preeminencia de lo psicológico sobre lo sociológico; no prima el interés por el grupo, sino la pregunta de ‘cómo me encuentro’. Vivimos lo que algunos investigadores llaman la ‘sociedad terapéutica’, donde la salud propia, al margen de la sociedad colectiva, lleva al interés por uno mismo, creando una sociedad de desafiliación, fundamentada en lo psicológico (la cultura del yo)”. Esto lleva a un fenómeno de hiper-afiliación, más minoritario: un proceso de sectarización en el campo religioso, político, etc.
Otra característica de nuestro tiempo es “la provisionalidad, como valor de esta sociedad que tiene una superabundancia de valores. La televisión no hace otra cosa que proponer valores, y esto provoca un colapso, una incapacidad para decidirse y, en el fondo, se llega al ‘todo vale’”. Aquí entra el aumento de la esperanza de vida.
Un tercer aspecto es la situación de la memoria en nuestra sociedad. “Es una cuestión mayor, porque los seres humanos somos seres de memoria, nos movemos en la cuerda floja entre la memoria y el olvido. Y las comunidades religiosas son comunidades de memoria. Porque la memoria es el artefacto que nos permite hacer presente lo ausente”.
San Agustín se pregunta en las Confesiones cómo construimos el presente del presente. Dice que necesitamos para ello el presente del pasado y el presente del futuro, cómo leo yo en el presente lo pasado y lo futuro. Duch afirmó que “nuestra civilización cree que el simple presente, sin vinculaciones con el pasado y el futuro, es suficiente. Así no se puede articular ‘la fe de nuestros padres’. La función del recordar es fundamental para la articulación del acto de fe; para que nos hagamos presentes a nuestro propio presente, no nos sirve sólo lo actual, sino que necesitamos lo que pasó y lo que vendrá tal como nosotros ahora lo captamos”.
Por eso en la antropología hay dos verbos fundamentales: rememorar y anticipar. Son esenciales para la existencia humana. “Cuando se quiebra la secuencia temporal del ser humano, también se quiebra la búsqueda de Dios, que es el que fue y el que será. Esta cuestión de la memoria es fundamental para nuestra sociedad; si no hay memoria, no hay vida propiamente humana”.
Cuarta cuestión: la pérdida del mundo dado por garantizado, la pérdida de la confianza. “Nos movemos en un clima de desconfianza a muchos niveles, en un ambiente de ruptura de la confianza”, dijo el ponente. Esto significa que cesa la autoridad para que impere el poder. A veces usamos como sinónimos auctoritas y potestas, cuando en el fondo son antónimos. Lo primero se refiere a promocionar, favorecer, dar vida; y lo segundo se refiere al mantenimiento de lo establecido para que yo pueda hacer lo que quiera, un movimiento de autoafirmación.
Todo esto se traduce en la carencia de maestros espirituales, de personas que tienen autoridad aunque no tengan poder, “como profetas desarmados, cuando los poderosos no suelen tener autoridad. Los maestros espirituales, al final se convierten en innecesarios, cuando el poderoso busca precisamente la dependencia, crea adicción. La auctoritas crea libertad, crea liberación”.
Otro aspecto importante de nuestro momento histórico es “el vertiginoso aumento de la velocidad, del tiempo social, que crea grandes disfunciones. Igual que a la digestión no le podemos imponer un ritmo, a la velocidad tampoco. Nuestras sociedades y los individuos deberíamos encontrar el sosiego, el no dejarnos llevar por la enorme velocidad impuesta a la sociedad”.
La sexta característica del mundo actual es que el ser humano necesita de transmisiones, necesita ser acogido y reconocido. El hombre es educado por las transmisiones porque es un ser capaz de la imitación, algo muy ambiguo: pueden ser las modas, o el testimonio religioso (que actualiza aquí y ahora la presencia de Dios). Según Bonhoeffer, la cuestión principal es quién es Cristo hoy para nosotros; y Kierkegaard se pregunta si somos nosotros contemporáneos de Cristo, trasladándonos a su tiempo, o es él contemporáneo nuestro, aquí y ahora. Esto determina dos formas diferentes de cristianismo. ¿Cuál es hoy día el foco de transmisión más importante? Sin duda alguna, respondió Duch, “los medios de comunicación. Las transmisiones sociales y las religiosas están en una auténtica crisis de transmisiones, y se mantienen las de mediación, los medios de comunicación”.
Otra cuestión capital son los feminismos. Nuestras imágenes de Dios son, para nosotros, más importantes que el mismo Dios. Son imagen teodidactas, que enseñan a Dios, no ídolos, que son autorreferenciales. “En el momento actual, nuestras imágenes de Dios no pueden ser monolíticas; tienen que expresar la contraposición de los sexos: Dios es Padre y Madre. Expresamos así algo más, tocamos más de fondo qué es Dios para nosotros, no Dios en sí. Por eso la cuestión de los feminismos es importante, y los teólogos no la han trabajado lo suficiente”.
La octava nota de nuestro tiempo: la credulidad. Para Duch, “una credulidad enorme; nos lo creemos todo, vivimos en una cultura de oídas”. Aquí se impone la crítica, en el sentido griego: el arte de buscar juicios y criterios. “Eso es lo que los maestros espirituales han llamado discernimiento. Necesitamos la autocrítica; es una cuestión que debería imponerse ya en la primera enseñanza. Estamos en una crisis gramatical, una enorme crisis pedagógica, basta con ver la pobreza léxica que tenemos en nuestra vida común. Para nosotros sólo existe lo que podemos ‘empalabrar’, meter en palabras”. La ética también es palabra, como todas las formas de expresividad del ser humano.
Centralidad de lo simbólico
Los hombres dependemos de nuestros contextos. Y aquí la cuestión simbólica es fundamental: “para construir nuestro presente, necesitamos del presente de nuestro pasado y del presente de nuestro futuro. Y el símbolo es el artefacto que nos permite esa actualización”. Cuando hablamos de la igualdad radical de los hombres nos referimos a los de todos los tiempos, porque poseemos esa capacidad simbólica. Tenemos diferencias históricas y culturales, que son relativas respecto a la unidad fundamental. Aquí hay una cuestión que es causa de numerosos problemas: cómo compaginar esa unidad con las diferencias reales entre las personas.
Duch ofreció una definición del símbolo: “es un artefacto, físico o mental, que nos hace mediatamente presente lo inmediatamente ausente. Desde una perspectiva religiosa, Dios nos es siempre mediatamente presente, a través de los sacramentos, la palabra, el testimonio… Eso no quiere decir que a veces tengamos una experiencia de iluminación, esa especie de presencia fulgurante, en medio de nuestro camino del estado del Paraíso”.
El símbolo es ese potencial enorme que tenemos todos los seres humanos. Como dijo Marcel Gauchet, “disponemos de la imaginación, una facultad que nos permite aprehender intuitivamente el ser vivo de las cosas; tenemos el símbolo, el modo de presentar lo impresentable, de hacer visible lo invisible, de volver sensible lo inteligible”. Nos permite situarnos ante lo abierto, ante lo que no podemos encerrar. Según el ponente, “el ídolo es un símbolo que se ha constituido en auto-referencia, y es cuando se pervierte el símbolo. El ídolo es autosuficiente, no va más allá; cuando el símbolo es un puente”.
También citó un verso de Rilke: “bienaventurados los que saben que detrás de todos los lenguajes está lo indecible”. Esto es lo que hace el símbolo: por un lado nos dice que tenemos necesidad de lenguajes; por otro lado nos avisa sobre el peligro de que estos lenguajes se constituyan en finalidad en sí, dejando de ser un trampolín que nos lanza a un más allá. “El símbolo hace posible lo imposible. El ser humano es un ser de lo posible porque sabe transformar lo imposible”.
La actual crisis de Dios
¿En qué consiste la actual crisis de Dios?, se preguntó Lluís Duch, para continuar afirmando: “lo que está en crisis actualmente es la imagen de Dios de la tradición judeocristiana. En los años 60 y 70 del siglo XX hubo una crisis de la religión. Actualmente no está en crisis la religión, sino que está en crisis Dios”. Y añadió que “Dios se ha convertido en un extraño en nuestra propia casa. No el Dios del budismo, sino el de la tradición judeocristiana. Este adjetivo es fundamental”. Tiene una comprobación ética, pero está en crisis en el momento actual. El Dios dado por supuesto de la cultura occidental se ha convertido en un Dios extraño y lejano. La modernidad ha socavado todas las certidumbres que se daban por sentadas. Ha pluralizado el entorno social moderno.
El ponente habló de la crisis de Dios, del hastío de Dios. “Nuestro tiempo es profundísimamente religioso, a la inversa de lo que acontecía hace 30 o 40 años. El interés que despierta la religión es extraordinario, pero el interés por el Dios judeocristiano es mucho menor. Esto se debe a la psicologización de las relaciones sociales. La pregunta fundamental es cómo me encuentro, no cómo te encuentras; es la cultura del yo”.
Apareció el tema del retorno de la gnosis. Algún autor dice que la gnosis aparece como religión mundial en Occidente cuando los sistemas entran en crisis. Para Duch, “es una comprensión de la realidad, una psicologización de la realidad”. A esto se debe la popularidad actual de Jung, un gnóstico. La gnosis tiene muchos niveles: uno muy sofisticado, filosóficamente hablando, y otros muy populares, como el que aparece, por ejemplo, en las memorias de Shirley MacLaine. “En el mejor de los casos, las gnosis nos permiten encontrarnos a nosotros mismos, pero no a Dios. Y para encontrarnos a nosotros mismos necesitan excluir a Dios. Esta psicologización provoca la preocupación exclusiva por el propio yo”.
En su conclusión, el antropólogo señaló que “la crisis actual de los caminos hacia Dios es la crisis de la imagen de Dios. Está en crisis la respuesta ética, la verificación ética de que realmente nos encontramos en los caminos hacia Dios. Lo verificable, lo que está en nuestras manos, es el mensaje de los evangelios sinópticos: la responsabilidad ética, no por ella misma, sino como verificación o traducción en relaciones de la realidad de Dios”.
La calidad de un ser humano se juzga por la calidad o falta de calidad de sus relaciones con Dios, consigo mismo y con la naturaleza. Éstos son los indicativos de su calidad como persona aquí y ahora. Y aquí interviene la palabra conversión. “Nada está definido por adelantado, porque los seres humanos nos movemos en la alternativa entre la pregunta y la respuesta; son nuestras respuestas a los retos de la existencia (la llamada de Dios) donde se comprueba nuestra humanidad o inhumanidad”.
“Tenemos que recuperar el Dios de la tradición judeocristiana, no el Dios absoluto de las cosmovisiones orientales”, subrayó Duch. El Dios que “propter nos homines et propter nostram salutem descendit”, el Dios que ha entrado por nosotros en la historia, aceptando no sólo la muerte, sino también la ambigüedad, que es lo más característico nuestro.
