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miércoles, 2 de noviembre de 2011

De la censura a la autocrítica


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Domingo XXXI del tiempo ordinario – Ciclo A

“El primero entre vosotros será vuestro servidor” (Mateo 23, 1-12)

Después de haber crecido durante los domingos anteriores, la tensión entre Jesús y las autoridades religiosas de su pueblo llega a lo que escuchamos hoy en el evangelio de la Misa. Ahora les habla a la gente y a sus discípulos, y en un primer momento expone las contradicciones de aquellos pretendidos referentes morales, para pasar después a proponer un estilo de vida alternativo. Estas palabras del Maestro, situadas aquí, quieren referirse a la comunidad cristiana. Porque ya desde sus inicios la Iglesia tuvo la tentación de dejarse llevar por la corriente, calcando unas relaciones que se viven en la sociedad sin problema alguno, pero que no tienen nada que ver con el camino iniciado por Jesús de Nazaret.

Puede haber personas que apliquen las palabras de Jesús a los obispos y sacerdotes. Y no se equivocarán, porque los que formamos parte de la jerarquía de la Iglesia por el ministerio del orden tenemos nuestras infidelidades y traiciones a una misión encomendada por Dios a través de la comunidad. A la luz de las otras lecturas que se proclaman hoy en la eucaristía, será un buen momento de revisión de la propia vida por parte de curas y obispos. Pero eso no puede quedar ahí, ya que las palabras de Jesús se dirigen a sus discípulos, a todos. No se queda en la censura de la hipocresía, la teatralidad y la ostentación de escribas y fariseos, sino que da un paso más, con estas palabras: «vosotros, en cambio…».

Ahí está la clave de este pasaje evangélico. La vida que llevaban aquellos líderes judíos era legítima, por supuesto. Pero Jesús quiere otra cosa de sus seguidores. Otra cosa que se deriva de la paternidad de Dios y del señorío del propio Cristo. La Iglesia entera participa del sacerdocio de Jesús desde el momento del bautismo, y de ahí deriva la igualdad fundamental de todos los fieles, algo que está presente en la Escritura y que recalcó el Concilio Vaticano II para los cristianos de hoy.

La Iglesia entera ha de superar la constante tentación de adaptarse al mundo y a sus relaciones, para pasar a vivir una fraternidad que sea signo de algo más, para llegar a ser el sacramento de la salvación para todos los hombres. Por eso las palabras de Jesús tienen que servirnos no para mirar hacia fuera, sino hacia dentro de las comunidades eclesiales y de cada uno de los que nos consideramos cristianos para preguntarnos por la coherencia y la autenticidad de nuestra vida, y si esa vida es testimonio ante los otros. Una autocrítica que, hecha a la luz de la Palabra de Dios, nos lleva a la conversión.

La Opinión-El Correo de Zamora, 30/10/11.

domingo, 4 de septiembre de 2011

De simios y hombres


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Hace unos días se proyectó en Zamora, en ese gran invento veraniego que es el cine al aire libre, la película «Avatar» (James Cameron, 2010), una proeza del séptimo arte en 3D, lo que posibilitó algunas conversaciones interesantes sobre el cuidado de la naturaleza. Con el riesgo de parecer exagerado sostuve que, aunque la cinta nos plantea el nivel de destrucción del medio ambiente al que podemos llegar, cae en el extremo de la divinización. Es decir, que tenemos ante nosotros a una nueva deidad, Gaia, la Madre Tierra, un organismo vivo del que formamos parte en igualdad de condiciones con los demás seres vivos. Aunque sea en forma de parábola o de fábula, es lo que transmite la película en el fondo.

Y me acordé de lo que había leído sólo unos días antes. En la tribuna de «El País» escribió el filósofo Peter Singer un artículo en el que también comenzaba hablando de cine. A los que no le suene más que a máquinas de coser, les diré que es el representante de un utilitarismo ético que ha traído consigo aquello tan célebre del Proyecto Gran Simio. Entre sus reclamaciones, señala Singer, está el reconocer que «los grandes simios tienen una condición moral propia de su naturaleza como seres autoconscientes que pueden pensar y tienen vidas ricas y profundamente emocionales», y protestar por «el abismo moral que hemos creado entre nosotros y otros animales».

Hay otros autores, como los padres de la ecología profunda, que hablan de una energía cósmica que fluye permanentemente y que se encarna en los seres vivos, que no serían diferentes cualitativamente, sino sólo cuantitativamente. Hablan de grados de conciencia, en lo que los humanos nos encontraríamos arriba del todo, sí, pero también muy cerca de los simios más evolucionados. ¿Dónde está el peligro de todo esto, si es que lo hay? Precisamente en esa tendencia a la divinización, que nos llevaría al panteísmo: todo es sagrado, todo es Dios. Cuando se achaca al humanismo y al antropocentrismo (poner al hombre en el centro de la realidad) la destrucción de la naturaleza -aunque sea verdad que, mal entendidos, han llevado a ella-, se pasa al extremo de «adorar» lo que, en un gran avance cultural y religioso, la revelación judeocristiana consideró creación de Dios, y no por encima nuestro como algo a lo que venerar y temer. Si no hay nada peculiar en el ser humano, ¿por qué va a ser peor, moralmente hablando, el infanticidio que el asesinato de una vaca adulta? Son cuestiones para pensar, y para discernir las ofertas de sentido que hay en nuestra cultura.

La Opinión-El Correo de Zamora, 4/09/11.

domingo, 31 de julio de 2011

Dar de comer


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

A los más jóvenes quizás no nos han enseñado aquello de las obras de misericordia, entre las cuales se encuentra la de «dar de comer al hambriento» (segunda de las corporales). Pero en el evangelio que escuchamos hoy millones de católicos en todo el mundo aparecen estas palabras de Jesús: «Dadles vosotros de comer». Un imperativo para los creyentes, pero también una llamada fuera de toda fe religiosa que estos días se hace más acuciante gracias a los medios de comunicación, que nos muestran en imágenes lo que están viviendo los países del llamado Cuerno de África. Una vez más, la Palabra de Dios que se lee en la Iglesia ilumina nuestra realidad actual… y nos mete el dedo en el ojo.

No podemos contentarnos con la queja, y con decir que el mundo está muy mal. Claro que está muy mal. Ayer mismo, el restaurante del cocinero español más célebre en el mundo cerraba sus puertas para pasar a convertirse en una «fundación de investigaciones gastronómicas». En la sociedad que pone «estrellas Michelín» en las puertas de los establecimientos más famosos, ya sea por su cocina tradicional o por su innovación molecular, resulta que 15 millones de personas corren riesgo de una muerte cercana por hambre. Claro que es lo de siempre. Y luego dirán que eso del pecado es un invento de los curas para esclavizar las conciencias que -gracias a algún dios- ya está superado. ¿Superado? Que se lo digan a los habitantes de Etiopía, Kenia, Somalia, Uganda y Yibuti, víctimas de nuestro egoísmo.

Cuando leí ayer mismo en este periódico el titular «El mal comer se va a acabar», no pensé en las recetas de cocina que anunciaba, sino en lo bueno que sería poder aplicarlo a la información de las páginas de Internacional. Entre nosotros tenemos dos instituciones que acaban de abrir sus cuentas bancarias esta semana pasada para pedir la colaboración de los zamoranos. La primera, Cáritas Diocesana, que no es sino la expresión caritativa y social de la Iglesia católica en nuestra tierra. La segunda, Manos Unidas, que desde la misma confesionalidad religiosa lleva más de 50 años luchando precisamente contra el hambre. Casualmente (es un decir, claro), ambas entidades han presentado en poco más de un mes sus memorias del año pasado. Trabajan con profesionalidad y transparencia. Y con humanidad. Con los pobres de aquí, y con los de lejos. Porque, en esta situación de crisis, no caigamos en la tentación de olvidarnos de los que no vemos.

La Opinión-El Correo de Zamora, 31/07/11.

domingo, 26 de diciembre de 2010

¿Una fe que se duerme?


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Todos los años, Benedicto XVI se reúne con representantes de la curia romana en el mes de diciembre y pronuncia un discurso en el que analiza la actualidad, tal como se hace en otras muchas instituciones. Y se trata no de un repaso somero, sino de una profunda revisión propia de este Papa-teólogo. En el de hace unos días, tras comparar la situación de nuestro mundo con el Imperio romano decadente en el que floreció la oración de la Iglesia, que en Adviento pone su esperanza en Dios y le pide que actúe, afirmó que «también en nosotros la fe a menudo se duerme». Y después aborda varios temas importantes para los católicos de hoy: el drama de la pederastia en la comunidad eclesial; el reciente Sínodo de los obispos, que se dedicó a la situación de Oriente Medio; y su viaje apostólico al Reino Unido, con la beatificación de una figura tan destacada como John Henry Newman. Imposible resumir este discurso aquí, así que recomiendo su lectura.


Pero quiero volver a lo del principio: la fe dormida. Precisamente el día de Nochebuena, un político local me comentaba que, después de una sólida formación cristiana que valoraba con cariño, le quedaban las tres virtudes teologales. Eso sí -añadía-, la qué mas floja está es la fe. Me quedé gratamente sorprendido, pues estoy convencido de que si en la vida de una persona «funcionan» la esperanza y la caridad, es que el cimiento de la fe está ahí. Aunque no se vea. Sin la fe, las otras dos se vienen abajo, con la que está cayendo... Y ahora, al leer el discurso del obispo de Roma, encuentro la respuesta más apropiada a lo que me decía mi interlocutor: «la fe no es algo del pasado, sino un encuentro con Dios que vive y actúa ahora. Él nos desafía y se opone a nuestra pereza, pero precisamente así nos abre el camino hacia la felicidad verdadera». ¡Eso es!: Dios sigue actuando. Los cristianos creemos que el acontecimiento de la salvación sigue sucediendo cada día. Como dice también Benedicto XVI, «si abrimos nuestros ojos, precisamente en la retrospectiva del año que llega a su fin, puede hacerse visible que el poder y la bondad de Dios están presentes de muchas maneras también hoy. Así todos tenemos motivos para darle gracias».


Así que en estos días de celebraciones y de familia, y de tantos buenos deseos, éste es el mío para el año próximo: que se despierte nuestra fe, esa fe dormida en tantas ocasiones. Que en nuestro mundo, angustiado por tantas maldades y sufrimientos, brille humilde la luz de una fe coherente vivida por creyentes normales y corrientes. Que nos volvamos a creer que el nacimiento de un niño siempre es signo de esperanza y motivo para creer. Feliz Navidad, y que el año nuevo nos traiga eso tan antiguo y tan nuevo: la fe.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Allahu akbar


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Escribo estas líneas en Capadocia, después de haber escuchado una vez más el «adhan» (la llamada del almuédano a la oración desde el alminar de una mezquita): «Alá es el más grande. Soy testigo de que hay un solo Dios. Soy testigo de que Mahoma es el enviado de Dios. Venid a la oración. Venid a la felicidad. Dios es más grande. Hay un solo Dios». Ya el primer día de estancia me hacía pensar, al recorrer en autobús la tierra ribereña del célebre río Meandro, el ver dos elementos integrados en el paisaje de esta parte de Turquía y que señalan al cielo (¿a la trascendencia?): los cipreses y los alminares (permítanme que recupere una palabra tan española para referirme al minarete). Recorrer por estas tierras el escenario donde se desarrolló una parte tan importante del «Nuevo Testamento» como es la vida de las primeras comunidades cristianas deja una impresión agridulce en los peregrinos. Nos encontramos entre la admiración por unos restos arqueológicos impresionantes, herencia de civilizaciones milenarias, y la sorpresa por encontrarnos con grandes toponímicos reducidos a ruinas insignificantes. Ciudades visitadas por el apóstol Pablo, otras destinatarias de las cartas que abren el libro del «Apocalipsis», o aquellas en las que se movieron grandes figuras de la Iglesia cristiana primitiva y que conocieron el florecimiento de las primeras comunidades de la nueva fe... casi a ras de suelo. Las señales viarias o el mismo guía señalan a Magnesia, Éfeso o Laodicea, por ejemplo, y la mirada no alcanza a ver restos significativos de un pasado glorioso.

¿Será el canto del «Allahu akbar», esa llamada musulmana a la oración que se repite cinco veces al día, la única referencia pública al nombre de Dios en este lugar? En la laica Turquía, heredera del padre fundador Mustafa Kemal Atatürk, los alminares miran al cielo y recuerdan a Dios, mientras tenemos que rastrear a los cristianos entre el 1% de la población no musulmana. Algunos compañeros de peregrinación, también curas, comentan las situaciones que viven en sus lugares respectivos, en distintos puntos de la geografía española. Y no se refieren solo a la presencia creciente (y militante) del islam, sino también a otras cosas. Como la animadversión creciente de algunas personas y grupos hacia nuestras campanas y campanarios, que recordamos cuando vemos los alminares o escuchamos respetuosos el «adhan».

Y me queda siempre la duda de si hacemos bien los católicos en mirar afuera para echar culpas o buscar responsabilidades. Un poco de autocrítica (en cristiano, conversión) no nos vendría mal. Y hacer algo de caso a esas cartas que abren el «Apocalipsis», escritas para esta tierra desde la que escribo.

domingo, 31 de octubre de 2010

La cruz, a paseo


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

El próximo 10 de noviembre llegarán a Zamora, por Benavente, los dos signos principales de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ): la Cruz de los Jóvenes y el icono de María. Hasta el día 14 harán un amplio recorrido a modo de peregrinación que integrará el encuentro de personas, la oración y la presencia en lugares de dolor. Y, sobre todo, será una muestra pública de la fe cristiana, con el simple hecho de mostrar el que consideramos instrumento de nuestra redención. Algunos podrán decir que no es nada nuevo, ya que vivimos en una tierra acostumbrada a barrer la calle para que pasen por ella Cristo y su Madre, como canta el célebre «Bolero de Algodre». Sin embargo, esta cruz y esta imagen mariana tienen un profundo sentido, que se lo ha dado su viajar por todo el mundo, encomendados por Juan Pablo II a los jóvenes, para hacer presente a Jesús de Nazaret, Señor de la historia, en todos los rincones de la tierra.

Una cruz de madera, sin más. Nada de arte ni nada de belleza. Por eso, cuando ante las actitudes de desprecio de este signo en nuestra sociedad, algunos salen a defenderlo no por motivos religiosos sino artísticos, la Cruz de los Jóvenes resulta una provocación. Porque no podemos elevarla a la dignidad patrimonial de nuestros pasos de Semana Santa ni de las tallas de gran calidad de nuestras iglesias. Es una cruz, sin más. Ni siquiera tiene representado a su protagonista, el Crucificado. Ante ella han rezado millones de personas en todo el mundo, y ha pasado por las manos de miles de jóvenes que la han cargado en un gesto solidario con aquel que dio su vida por amor.

Hace unos días, el Club de este periódico contó con la presencia de un teólogo de esta tierra, Eloy Bueno de la Fuente, que metió el dedo en la llaga, y nunca mejor dicho. Recordó que el mundo actual es heredero de la alternativa que planteó Nietzsche, entre el dios griego Dionisio y el Crucificado de Nazaret. Cuando se olvida al Maestro clavado en el madero, queda en el aire la dignidad de todos los crucificados, de las víctimas de la historia humana. «El olvido del Crucificado, ¿no implica el desprecio de los crucificados: agonizantes, enfermos, discapacitados, los que no consumen, los que no producen, los que no dan placer…», dijo Bueno. Por eso, los creyentes acogeremos «el paseo» de la cruz con admiración y veneración. Para muchos será un escándalo. Para otros, sigue siendo el recuerdo permanente de un amor de Dios que ha llegado hasta ahí. Un amor crucificado.

La Opinión-El Correo de Zamora, 31/10/10.

sábado, 2 de octubre de 2010

Urget nos


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Así, en latín. Son las palabras que concluyen la frase que puede leerse en la cruz que pende del cuello de las Hermanas del Amor de Dios: «Caritas Christi urget nos». Dirigidas originalmente por el apóstol Pablo a los fieles de la ciudad de Corinto, las han tomado estas religiosas, al igual que otros institutos consagrados de la Iglesia (por ejemplo, nuestras también queridas Hijas de la Caridad) para recordarse -y recordarnos- eso mismo que expresan: la caridad de Cristo nos urge, el amor de Cristo nos apremia.

El pasado jueves se clausuró en la Catedral de Zamora el bicentenario del nacimiento de Jerónimo Usera, un hombre del siglo XIX que hizo un poco de todo, urgido por el gran amor de su vida, Jesús. Digo que hizo de todo porque, si repasamos su biografía, lo encontramos primero con el hábito blanco en la abadía cisterciense de Oseira, y después en ese enclave privilegiado que es San Martín de Castañeda. Tras la exclaustración, el Padre Usera se convierte en un cura de pueblo más (de varios pueblos, ya entonces), en el entorno de Pedralba de la Pradería. Los años pasan y Jerónimo no para quieto, y lo vemos dando clases en la Universidad y estudiando Teología en Madrid, yendo como misionero a África o como canónigo en Cuba y Puerto Rico. En cargos y cargas diversos, y siempre con una preocupación: los pobres y su educación. En 1864 es cuando su sueño (sus hijas, las religiosas, lo llaman el carisma) se hace realidad en una propiedad que el obispo de Zamora tenía en Toro, y las once primeras hermanas «de hábito azul» comienzan una historia que dura hasta hoy, y que se extiende por todo el mundo. Junto a esta fundación y a esta familia religiosa, la biografía del padre Usera nos deja muchos datos de su preocupación por los mendigos, su lucha por los derechos de los esclavos y, siempre presente, la instrucción de los niños.

El amor de Cristo le urgió. Le quemaba dentro, y sus 80 años de vida, bien moviditos, dieron de sí, y dieron buen fruto. Las Hermanas del Amor de Dios, aquí y más lejos, en colegios y residencias, en pueblos y en ciudades, son presencia discreta y efectiva de un amor que va más allá de este mundo o, mejor dicho, que viene de más allá. Desde el agradecimiento por lo que sembró el Padre Usera, declarado venerable por la Iglesia, los creyentes sintámonos urgidos también por el amor de Cristo. Y los no creyentes, preguntaos por la fuente en la que bebió un sencillo cura madrileño cuya sabiduría se condensa simplemente en «decir la verdad y hacer el bien».

La Opinión-El Correo de Zamora, 3/10/10.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Como enanos


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Así han llamado este año a su campamento los responsables de esta actividad de verano en el Arciprestazgo de Aliste. Con la ayuda de otros monitores procedentes de la Guareña y de la tierra del Vino, además de algunas monitoras en prácticas, han logrado que un buen grupo de niños y adolescentes se lo pasen así, «como enanos». Por lo que pude ver cuando los visité esta semana, también ellos han disfrutado de estos días en las instalaciones que tiene Cáritas Diocesana de Zamora junto al Lago de Sanabria. Aunque necesitarán un tiempo de descanso tras el agotamiento que supone un campamento.

Cientos de familias han vuelto a depositar su confianza en parroquias, colegios e instituciones católicas de nuestra tierra para que los más pequeños no sólo estén entretenidos, sino que reciban una oferta educativa integral. Porque eso es lo que pretendemos. Lo digo como cura y como monitor de tiempo libre (con unos años más en lo segundo). Pienso en tantas personas que han dejado y siguen dejando su tiempo para que más de mil chavales cada año pasen unos días que seguramente recordarán toda su vida. Tiempo que, además del transcurrido entre los árboles y las tiendas de campaña, es el dedicado durante el resto del año a preparar las actividades. Un buen campamento —lo sabemos los que hemos estado metidos dentro— es fruto de una buena preparación, del trabajo en equipo y de muchas horas de labor oculta.

Monitores y coordinadores de tiempo libre, con su debida titulación oficial, sacerdotes y cocineros, encargados de la enfermería o de otras mil cosas… hacen posible que los niños y adolescentes vivan unos días alternativos para muchos de ellos. Porque se les enseña que se puede vivir en el campo, con menos cosas de las habituales. Que a veces viene bien pasar unos días sin televisión ni consola ni teléfono móvil. Que la fraternidad es algo tan humano y tan necesario que vale la pena todos los esfuerzos, disgustos y enfados del mundo. Que la diversión puede estar llena de contenido y ayudar a crecer. Y, no lo olvidemos, que la trascendencia es una dimensión fundamental de la persona. Por eso en estos campamentos Dios está presente. Cuando se reza y se canta cada día y cuando se celebra la eucaristía el domingo. Y cuando no se le nombra, pero está ahí, tras los valores que se transmiten a través de los juegos y las actividades, y el normal transcurrir diario. Y tras la entrega de tantos monitores y responsables. A todos ellos, gracias un año más, y adelante.

La Opinión-El Correo de Zamora, 5/09/10.

domingo, 8 de agosto de 2010

Un monaguillo de cinco metros


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Ni en agosto nos libramos de las malas noticias, qué le vamos a hacer. Ayer este mismo periódico nos mostraba en toda su crudeza unas palabras terribles en la conmemoración del 65 aniversario de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, pronunciadas por uno de los militares autores de la masacre: «lo volvería a hacer». Y nos extrañamos luego de las cosas que pasan, y tenemos la cara de volver a decir que eso del pecado es algo obsoleto, un concepto que ya no sirve. Que me lo demuestren.

Por eso hoy he querido recoger en esta columna otra noticia de esta semana, que ha pasado más inadvertida para los grandes medios, pero que no deja de tener su importancia y su curiosidad. Si el pasado mes de junio nos juntábamos 15.000 curas para clausurar en Roma el Año Sacerdotal, otros ministros de la Iglesia nos han superado. Porque el miércoles pasado, 4 de agosto, Benedicto XVI recibió nada más y nada menos que a 53.000 monaguillos de toda Europa. Habían acudido allí -la mitad de ellos, alemanes- en una peregrinación internacional, convocada por una institución que lleva el nombre en latín (Coetus internationalis ministrantium) y que agrupa a los niños y jóvenes servidores del altar a lo largo y ancho del mapa, y que cumple medio siglo.

En el Papa se personalizó el agradecimiento de toda la Iglesia a los monaguillos, a estos chavales -chicos y chicas- que realizan la importante tarea de ayudar al sacerdote en la liturgia. No son un simple adorno en el templo y en las celebraciones, sino verdaderos ministros, es decir, servidores. Cuando cada vez quedan menos niños en nuestros pueblos, y cuando cada vez menos familias consideran la fe como algo importante que transmitir a las nuevas generaciones, los monaguillos siguen recordándonos la centralidad del sacramento de la eucaristía en la vida de los cristianos. El obispo de Roma así se lo dijo, y dijo sentirse monaguillo otra vez, entre tantos acólitos. «Hace más de 70 años, en 1935, comencé a ser monaguillo; por tanto, he recorrido un largo itinerario por este camino», les dijo. Y bendijo una estatua de San Tarsicio, realizada por un artista suizo. Tarsicio, niño romano patrono de los monaguillos, fue asesinado en el año 258 por defender la eucaristía que llevaba a los creyentes encarcelados. Un ejemplo de humanidad antiguo, es verdad, pero que contrasta con otros elementos que nos trae Hiroshima tantos años después. Gracias a todos los monaguillos, que nos recuerdan la importancia de vivir para servir.

La Opinión-El Correo de Zamora, 8/08/10.

sábado, 10 de julio de 2010

Tengo un sueño


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

A veces parece que los creyentes tenemos sueño. O que estamos cansados, porque nos ponemos pesimistas y vemos todo bastante oscuro. Caminamos sin saber muy bien adónde, y la mirada al pasado no nos deja ser valientes y creativos para el futuro que tenemos ya entre las manos. Por eso hoy quiero dejar aquí constancia escrita de que tengo un sueño, y no es sólo mío, sino de muchos cristianos. Dentro de tan sólo trece meses viviremos un acontecimiento importante para la Iglesia católica en España: la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Desde luego que será algo impresionante, ya que se espera la reunión de dos millones de jóvenes, y la presencia de Benedicto XVI. Y, sin embargo, eso no es lo más importante, aunque a veces caigamos en la tentación de poner ahí todo nuestro interés. Lo verdaderamente grande de la JMJ es que muchos de esos jóvenes vivirán un encuentro que cambiará sus vidas: el encuentro con Jesús. Que, si alguno aún no se ha dado cuenta, es mucho más importante que el Papa. De hecho, si el obispo de Roma viaja hasta Madrid será precisamente para ayudarnos a sentir a Cristo cercano y a la Iglesia como una gran familia.

Un sueño. El de una gran fiesta. Porque eso es lo que queremos que sea. En Zamora estamos preparando con mucho esfuerzo e ilusión la JMJ y lo que habrá antes en nuestra tierra: la Peregrinación de Jóvenes del próximo agosto, la visita de la cruz y del icono de María en noviembre y, sobre todo, los días de agosto que pasarán 1.500 peregrinos con nosotros, en Zamora, antes de irnos todos juntos a Madrid. La labor está siendo constante y silenciosa, aunque a veces llamemos más la atención organizando un casting o rodando un vídeo, como hicimos ayer en la Plaza de la Catedral. Cosas más o menos vistosas, y la oración, la menos mediática, todas ellas sirven para prepararnos y para implicar a todos los que quieran.

¿Un sueño? Sí, y una ocasión para recuperar la frescura y la ilusión, para superar parálisis y nostalgias en la Iglesia, para mirarnos unos a otros como hermanos y desterrar sectarismos y egoísmos. Los cristianos no somos gente con sueño, que bostece o haga bostezar. Tenemos un sueño, y queremos que en la JMJ se haga visible: el de una Iglesia unida en torno a Cristo, que se abre al mundo para compartir lo mejor que tiene: su fe, para una vida mejor, para la felicidad y la salvación de todos… ¿Te apuntas?

La Opinión-El Correo de Zamora, 11/07/10.

domingo, 13 de junio de 2010

¿Periodista y santo?


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Un himno de la liturgia del día de San José le dice al marido de la Virgen María: «Y, pues que el mundo entero te mira y se pregunta, di tú como se junta ser santo y carpintero, la gloria y el madero, la gracia y el afán, tener propicio a Dios y escaso el pan». Me ha venido a la memoria por algo que se ha celebrado ayer mismo en nuestro país, y que ha tenido escaso eco en los medios no religiosos, a pesar de estar protagonizado por un periodista del siglo XX. Me refiero a la beatificación de Manuel Lozano Garrido. En la tarde de ayer, la localidad jienense de Linares se vistió de fiesta para la misa en la que fue declarado beato de la Iglesia. Conocido popularmente como «Lolo», el nuevo beato nació en Linares en 1920. Leyendo su biografía, aparecen muchas cosas interesantes en alguien tan cercano a nosotros. Como, por ejemplo, que durante la Guerra Civil fue encarcelado porque se dedicaba a repartir la eucaristía de forma clandestina. Pocos años después de la contienda comenzó su invalidez, que le llevó a una parálisis total y a vivir desde entonces en una silla de ruedas. La mayor parte de sus fotos lo recuerdan así. Y no sólo eso, sino que en 1962 perdió la vista, muriendo en 1971.

Como enfermo, Lolo destacó por vivir el sufrimiento desde la paz y la alegría. Cuando peregrinó a Lourdes en 1958, ya en silla de ruedas y sin poder levantar la cabeza debido a su parálisis, le pusieron un espejo sobre sus rodillas para poder contemplar a la Virgen, y lloraba, pero le ofreció a su Madre del cielo «la alegría, la bendita alegría, la fecunda alegría». Algunos lo han llamado, por eso, el santo de la alegría. Apóstol de un gozo profundo vivido en medio del dolor.

Era miembro de la Acción Católica. Como periodista, escribió numerosos artículos de prensa, y nueve libros. Los últimos, dictados a un magnetófono, porque no podía escribir. Gran creyente y modelo de comunicadores, en su decálogo del periodista dejó escrito: «cada día alumbrarás tu mensaje con dolor, porque la verdad es un ascua que se arranca del cielo y quema las entrañas para iluminar, pero tú cuida de llevarla dulcemente hasta el corazón de tus hermanos». Lolo, enfermo y apóstol, periodista y creyente, fue reconocido ayer como beato por la Iglesia. Y beato, echando mano del latín, significa «feliz». Así que felicidades a su familia y a su pueblo. Y a los periodistas, por supuesto. Sobre todo a los de Zamora, desde este trozo de papel. En Lolo tenéis un buen amigo en el cielo.

La Opinión-El Correo de Zamora, 13/06/10.

domingo, 16 de mayo de 2010

Nombres propios


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Esto es lo que recordaban las personas acompañadas (y no sólo ayudadas) por Cáritas, cuando la Universidad de Navarra hizo un estudio sobre la acción de cinco Cáritas diocesanas de España: los nombres propios. Agentes con rostro que son el nombre propio de una Iglesia que no puede permanecer impasible ante tantos que siguen quedando en las cunetas de la vida, arrojados a la exclusión y a la marginalidad. Las cifras claman ante nuestros ojos ciegos y nuestros oídos sordos. Y lo más terrible es que no son meras cifras, sino rostros con un nombre y una historia.

En un contexto de crisis global, que empeora la situación de la mayoría de la población mundial, que sigue pasando hambre, y que ahora nos toca más de cerca a todos, asistimos escépticos al espectáculo de una clase política -unos y otros- que se ha subido al carro de un crecimiento económico progresivo levantado sobre la injusticia y la insolidaridad, y que no es capaz de hacernos salir del agujero.

Nos lo han mostrado de forma lúcida los dos miembros de Cáritas Española que han acudido a Zamora estos días. Fidel García ha cuestionado el modelo actual de desarrollo, que siembra pobreza y así, en un futuro cercano, tendremos que resignarnos a cosechar pobreza. Y empleó unas frases y otras del Magisterio de la Iglesia (¿por qué no son éstas los titulares de vez en cuando, en lugar de otras noticias que nos salpican día tras día?), como aquella de que el desarrollo, si no es para toda la persona y para todas las personas, no es verdadero desarrollo; o la más reciente de Benedicto XVI, que señala la crisis como una ocasión de revisar nuestro camino, de discernir y proyectar de un modo nuevo.

Ana Abril fue la encargada de mostrar el nuevo modelo de acción social de Cáritas. De la Iglesia que no se resigna a que haya excluidos. Que ni siquiera se contenta con dar limosna a los empobrecidos. Que tiene a la persona como centro de su pensar y actuar, que es movida por el amor de Dios encarnado, que es signo y sacramento de la Iglesia samaritana y que está inmersa en una civilización en crisis. A los oyentes nos dejó una frase dura del teólogo José Luis Segovia. Por responsabilidad, te la dejo a ti, lector: «las víctimas tienen dignidad; los que no la tenemos somos nosotros, que no intervenimos para que su situación cambie». A Cáritas, que piensa, dice y hace, en un ejercicio de ejemplar coherencia, muchas gracias. O más bien, gracias a todos sus nombres propios, a su buena gente.

La Opinión-El Correo de Zamora, 16/05/10.

domingo, 18 de abril de 2010

Catequesis en piedra


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Ayer tuvo lugar la tercera etapa de la iniciativa «Peregrinos por un día», que pretende recorrer diversos tramos de los Caminos jacobeos que pasan por nuestra Diócesis de Zamora. Unas 150 personas salimos de la iglesia visigótica de San Pedro de la Nave para llegar caminando a la parroquia de Muelas del Pan, precisamente dedicada al apóstol Santiago. Como este periódico dará buena cuenta de lo que aconteció, quiero limitarme a compartir lo que hicimos en el templo de salida, esa joya que nos queda como testimonio de la fe de nuestros hermanos de la Alta Edad Media.

Y lo que hicimos fue, simplemente, tener una breve catequesis. Las palabras fueron descorriendo el velo de las imágenes, para mostrar el sentido profundo de lo que hace más de un milenio dejaron las manos de artistas anónimos. Nos fijamos en los famosos capiteles historiados con las escenas bíblicas del sacrificio de Abrahán y del profeta Daniel en el foso de los leones, que transmiten la centralidad para los cristianos de la eucaristía y del bautismo, sacramentos que «hacen» la Iglesia. De ahí el agua que hay a los pies de Daniel, y de la que beben los leones, y la inscripción «altare» en el lugar del sacrificio de Isaac. Pero no sólo nos quedamos en las dos imágenes más conocidas, sino que fuimos desgranando el sentido de toda la iconografía. Sobre todo, la cruz, no como un instrumento de tortura, sino como el símbolo del triunfo de Cristo sobre la muerte, y la expresión de la universalidad de la fe cristiana, que se irradia hasta los cuatro puntos cardinales.

Los demás motivos que adornan basas y capiteles, y sobre todo el friso que rodea el templo visigótico, también nos han servido para desgranar la doctrina escatológica que nos dejan estas piedras: la finalidad del peregrinar de esta vida, su meta, es el paraíso, representado simbólicamente de muchas maneras. Pero un paraíso que tiene su «hoy», porque es accesible por el sacrificio de Cristo en la cruz, del que se hace memorial en cada eucaristía. Los creyentes en Jesús, los miembros de su familia -la Iglesia- son invitados al banquete de las bodas del Cordero, a la gloria del cielo. Cosa que se adelanta en la misa. Y que urge a la misión, para testimoniarlo a todo el mundo. Como los apóstoles que aparecen tallados en los capiteles: Pedro y Pablo, testigos del evangelio en Occidente, y Tomás y Felipe, que hicieron lo propio en Oriente. Toda una catequesis en piedra, o quizás todo un tratado teológico que vale la pena reseñar. Y visitar. Una fe que se hace historia… y se hace belleza.

La Opinión-El Correo de Zamora, 18/04/10.

sábado, 20 de febrero de 2010

Curas de cine


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

A comienzos de febrero se celebró en Zamora la II Semana de Cine de la Diócesis, con un notable éxito de asistencia, sobre todo de escolares. Nuestra tierra se une así a una iniciativa que el año pasado reunió a más de 100.000 personas en toda España en torno a lo que su creador, Peio Sánchez, ha llamado la «Semana de Cine Espiritual». Un hombre al que tuve la ocasión de conocer esta semana, y que aúna la tarea parroquial, las clases de Teología y la pasión y el conocimiento del séptimo arte… vamos, un cura de cine. Y con una gran pasión por el diálogo entre la fe cristiana y la cultura, sobre todo en la gran pantalla.

Una de las últimas ocurrencias de Peio ha sido elaborar un DVD sobre la figura del sacerdote en el cine. Antes, cuando yo oía hablar de esto me echaba a temblar, porque si me pongo a repasar cómo aparecen los curas en las películas, la mayor parte de las referencias que recuerdo son exageradas y caricaturizadas. De hecho, muchas veces he pensado lo difícil que tiene que resultarle a algunos directores encontrar actores que puedan representar tan fácilmente papeles de tontos o de malos, o al menos de no ser personas normales. Sin embargo, este cura catalán cinéfilo ha logrado reunir escenas de 43 películas que abordan con gran calidad humana y artística la figura del presbítero.

Y así, ordenadas por temáticas, podemos ver secuencias en las que aparecen sacerdotes dedicados a funciones ordinarias o extraordinarias de su ministerio, anunciando el Evangelio o entregados a la caridad pastoral, rezando o confesando, denunciando injusticias o incorporando nuevos hijos a la Iglesia, acompañando a los jóvenes y a los enfermos, celebrando la eucaristía y hasta obedeciendo a su obispo. Desde escenas entrañables como el clásico Don Camilo protestándole al Crucificado de su parroquia por el triunfo electoral del comunista Peppone, hasta el dramatismo de los curas polacos internados en un campo de concentración celebrando a escondidas la misa y siendo literalmente crucificados en «El noveno día». Siempre seguirá impresionando la unión de estos ministros con aquél a quien representan, víctimas y mártires a imagen del Cordero inmolado, Jesucristo.

Una buena forma de acercarse a la figura del presbítero católico en este tiempo en el que la Iglesia celebra el Año Sacerdotal, con 43 perfiles que amplía hasta 100 en una lista que publica en su blog. Según Peio Sánchez, en los inicios del siglo XXI se intensifica la presencia de los curas en la gran pantalla. Quizás porque directores como Clint Eastwood lo utilizan «como referencia al misterio de Dios y a la clave espiritual». Por algo será.

sábado, 23 de enero de 2010

¡Dios mío!


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Haití… y vuelve la pregunta por Dios. Es normal. En las páginas de los periódicos, sí, pero también entre los escombros de una sociedad rota. Aquí a lo mejor sólo podemos asombrarnos, escandalizarnos y entristecernos por algo que vemos con (casi) toda su crudeza. Aquí incluso sacamos materia arrojadiza, que siempre es buena cualquier excusa para discutir. Aquí, con nuestras cuatro paredes y nuestro tejado, bastante decentes, miramos al cielo gris y lluvioso de estos días, y nos quejamos: ¡Dios mío!

Allí, sin embargo, un periodista ha llegado a oír, entre las ruinas, una voz que decía: “Dios, Tú me diste la vida, ¿por qué sufrimos?”. Ésta es la pregunta verdadera, y no la nuestra. Nosotros nos preocupamos por los que sufren. Pero no somos las víctimas. La pregunta que clama al cielo es la suya, y al erigirnos en nuevos filósofos portavoces de la desgracia humana, olvidamos que poco más podemos ya robarles, cuando desde aquí les hemos quitado casi todo. Ahora, hasta las preguntas. Por eso me admira y me provoca el trabajo de tantos que han hecho, hacen y seguirán haciendo todo lo posible por el pueblo haitiano. Misioneros y cooperantes, algunos de los cuales hemos visto estos días en los medios. Otros no salen, pero están ahí. Y hacen de tripas corazón para incrementar sus esfuerzos, aunque hayan vivido cosas que a cualquiera le harían tirar la toalla. En cuántos lugares ha salido José Miguel, misionero redentorista, contando que la escuela que habían inaugurado recientemente había sepultado a trescientos niños. En lugar de hundirse como los edificios, estas personas resurgen para dar testimonio de esperanza.

¿Dónde está Dios? Eso se preguntarían algunos judíos contemporáneos de Jesús, ante la injusticia que veían. Y encima, al Maestro le dio por lo que aparece en el evangelio de Marcos como el “secreto mesiánico”. Que nadie se entere de quién soy… se sabrá en el monte Calvario, cuando me vean muerto en la cruz. Ése será el desenlace. Y un soldado el encargado de anunciar la identidad de aquel pobre desgraciado: ¡el mismo Dios, sufriendo la muerte del hombre! ¿Dónde está Dios? En las víctimas y con las víctimas. ¿Dónde está Dios? En los rostros y manos de tantas personas que, sin saberlo, nos están dando la talla de la humanidad. ¿Dónde está Dios? En el silencio y la oración de los que no entendemos nada, pero confiamos. Y dejo aquí la oración que se ha hecho estos días en la comunidad ecuménica de Taizé (Francia), en estos días en los que, precisamente, rezamos por la unidad de los cristianos: “Dios nuestra esperanza, te confiamos todas las víctimas del grave temblor de tierra en Haití. Cuando nos desconcierta el sufrimiento incomprensible de los inocentes, danos ser testigos de tu compasión”.

La Opinión-El Correo de Zamora, 24/01/10.

sábado, 2 de enero de 2010

El misterio de un rechazo


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Domingo II después de Navidad – Ciclo C

“La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” (Jn 1, 1-18)

Al igual que se hacía el día de Navidad, hoy en la liturgia católica se lee el prólogo del evangelio según san Juan. Eco de aquel 25 de diciembre, de la primera Navidad de la historia. Un texto profundo y elevado, que nos parece difícil de entender. Un texto que nos dice que el Dios en el que creen los judíos (y creemos los cristianos) no es un ser encerrado en soledad, sino que se encarna. La palabra de Dios, engendrada por el Padre desde siempre, baja a este mundo, para habitar. O, más bien, si hacemos caso al texto griego original, para poner su tienda entre nosotros, para «acampar». Sí, porque la Palabra de Dios se hace peregrina en medio de un pueblo peregrino, se hace nómada en un mundo que camina a veces sin mucha orientación.

Y ante esto, la Creación entera estalla en fiesta. Se alegra el cielo y se goza la tierra, como dice un salmo, al recibir a su rey. Pero miremos con atención al plano humano, al nuestro. «No hay sitio en la posada» para una pareja de desharrapados, y la pobre chica embarazada tiene que dar a luz en un establo. La Palabra de Dios nace como un Niño sin casa. Con mayúsculas, pero sin techo. Éste es el misterio que celebramos en Navidad: aparece la gracia de Dios, que es salvación para todos los hombres. Pero, ante ella, aparece también el misterio del pecado, del rechazo de los hombres. La Palabra «vino a su casa, pero los suyos no la recibieron». Los suyos, no unos extraños. Los suyos: su familia, el pueblo escogido por Dios para ser testigo de su gloria ante todo el mundo.

Pero siempre hay un «pero». Siempre hay algunos que acogen la gloria de Dios, aunque sea una gloria tan rara, presente en un Niño sin techo. A los que sí recibieron a la Palabra hecha carne, «les da poder para ser hijos de Dios». Hijos en el Hijo, que dirá san Pablo. Hijos en aquel pobre Niño que tuvo que nacer rechazado, y que fue acogido por los rechazados. Un pobre que será el Buen Pastor de los hombres, recibido tan sólo por un puñado de pobres pastores que dicen haber visto y oído ángeles que proclamaban gloria en el cielo y paz en la tierra. El elevado texto leído hoy en las iglesias es más evangelio (buena noticia) que nunca: la Palabra de Dios no sólo se hace hombre, no sólo se hace «uno de tantos», sino que escoge hacerse excluido. ¿No es una clara llamada a un cambio de vida? ¿No está Dios apuntando a quiénes tenemos que mirar, en quiénes tenemos que fijarnos? «Hemos visto su gloria», dice san Juan. ¿Seguro? El rechazo del otro es rechazo de Dios. Que la Palabra no vuelva a estar entre nosotros, un año más, rechazada y sin techo.

La Opinión-El Correo de Zamora, 3/01/10.

domingo, 13 de diciembre de 2009

¿Qué tenemos que hacer?


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Domingo III de Adviento – Ciclo C

“Juan exhortaba al pueblo y les anunciaba la Buena Noticia” (Lc 3, 10-18)

Este domingo está marcado por el signo de la alegría. En los textos bíblicos proclamados hoy en la liturgia católica, el profeta Sofonías invita a Jerusalén a regocijarse en el Señor, y san Pablo les dice a los fieles de la ciudad de Filipos que estén siempre alegres en el Señor. Su alegría habrá de ser modesta y pública, a la vez. Nacerá de la oración e irá acompañada de la paz de Dios. Los cristianos estamos llamados a vivir esta alegría, como algo propio y distintivo. Siempre, pero especialmente cuando parece que todo invita al pesimismo. Resulta que san Pablo escribió esto… ¡cuando estaba preso en la cárcel! Y es que la alegría va más allá de las satisfacciones que nos da este mundo. Es posible en el sufrimiento. Es algo que nada ni nadie nos puede quitar, si la tenemos arraigada bien dentro.

Pero la alegría tiene un precio. Muchos acuden a escuchar a Juan el Bautista. Por tres veces le repiten esta pregunta: “¿Qué tenemos que hacer?”. Juan propone tres acciones. En ellas se refleja la voluntad de cambiar de vida, de la conversión. La primera: compartir con el prójimo los propios bienes, descubriendo las necesidades ajenas. La segunda: no pretender de los demás lo que no es justo, es decir, no abusar de ellos, y aceptar como un don gratuito lo que los demás pueden ofrecer. La tercera acción: no hacer extorsión a nadie, renunciar a la violencia, tratar a los demás como hermanos.

El mensaje de Juan el Bautista no se queda en la exhortación, sino que se abre a un anuncio: “Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo”. Juan no es solamente un predicador moral. Para él, la conversión prepara ya el camino del Mesías. Nuestra conversión tiene que darse porque Jesús viene. Y así, nuestra conversión está coloreada por la fe, la esperanza y la caridad. La fe hace que la conversión sea cristiana, no sólo un gesto bonito. La esperanza nos pone mirando hacia Jesús, que es a quien esperamos. La caridad hace que cambie la persona y que quiera cambiar todo lo malo de alrededor. Todo esto, sólo podemos hacerlo con la ayuda de Jesús. El Adviento nos confronta con una pregunta que podemos hacerle cada día, como aquellos hombres del evangelio: “¿Qué tenemos que hacer?”. La alegría (de verdad) y la conversión, dos caras de una misma moneda. La moneda de nuestra felicidad.

La Opinión-El Correo de Zamora, 13/12/09.

domingo, 30 de agosto de 2009

Un pez en mi coche

LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

El viernes pasado, varios zamoranos tuvimos ocasión de acompañar a los restos de san Atilano, primer obispo de nuestra Diócesis, hasta su ciudad de origen, la aragonesa Tarazona. Celebran allí, según su propia cronología, el milenario de la muerte de este ilustre turiasonense. Alguien me llamó la atención sobre el hecho de que el cuadro escogido para celebrar este Año Jubilar representaba a un Atilano vestido de obispo pero sin pez. “Sin embargo, si te fijas bien -le dije-, verás el pez en la esquina inferior derecha”. Claro, se podía ver mejor en el original, ahora en la exposición “Milenio”: un bello óleo sobre lienzo de Vicente Berdusán, fechado en 1690. Un pez y un anillo, que nos remiten a la tradición según la cual el primer pastor de la Iglesia de Zamora recibió órdenes de arriba de volver a su sede tras una peregrinación que trajo consigo el despojo voluntario de ese anillo episcopal.

Y viendo este pez y pensando en peces, he recordado el que hace unos meses puse en mi coche. Sí, un pez. Donde otros ponen el nombre de su pueblo o unas ya populares margaritas, he puesto el anagrama de un pez, con unas letras griegas dentro, que transcritas son más o menos así: ichthys, que significa pez. Como sabe casi todo el mundo, al menos por el cine clásico, es el signo que emplearon los primeros cristianos para identificarse en una época difícil, de marginación y persecuciones, puesto que esa palabra griega forma un acróstico para la frase “Jesús Cristo, Hijo de Dios y Salvador”. Nos han quedado numerosos testimonios del arte paleocristiano, y de un tiempo a esta parte ha sido tomado como símbolo representativo por los evangélicos. Muchos de ellos, sobre todo por aquí, están recelosos con el signo de la cruz, porque piensan que acentúa la muerte de Cristo, o porque se identifica mucho con el catolicismo.

Ahora, como digo, está en mi coche. Y no es porque me haya pasado al lado del protestantismo, no. Sin dejar nunca de lado la cruz, que paradójicamente nos recuerda el mayor acto de amor de Dios a los hombres, quiero reivindicar el pez como algo que podamos usar también los católicos. ¿Por qué no? Nos remite al nombre de Jesús y a su identidad divina y a su categoría de Salvador. Como dijo san Pedro, “no nos ha sido dado otro nombre en el que podamos ser salvados si no es en el Nombre de Jesucristo”. A mí, al menos, este sencillo pez en el coche me ha servido para dar más de una breve catequesis. Si en un pez reencontró san Atilano su vocación, en otro pez reencuentro yo a quien es el centro de mi fe.

La Opinión-El Correo de Zamora, 30/08/09.