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domingo, 27 de noviembre de 2011

¡Estás y te esperamos!


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo I de Adviento – Ciclo B

“Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!” (Mc 13, 33-37)

Este domingo comenzamos el Adviento, un tiempo litúrgico de cuatro semanas que nos introduce en la Navidad. También a este tiempo le ha pasado, un poco, como a la Navidad, que ha quedado para muchos reducido a mera estética. El Adviento puede verse limitado, al interior de nuestras comunidades, en el cambio de color, por cierto, morado, expresión de penitencia.

Tampoco hemos conseguido dar a entender suficientemente el verdadero valor de los tiempos litúrgicos. Los fieles se debaten entre el recuerdo y la repetición. Algunos explican a los niños cuando llega la Navidad o la Semana Santa: «¡Mira! Recordamos que Jesús nació en Belén» o «Recordamos que Jesús murió en la cruz» o que «Hoy, Jesús nace» u «Hoy, Jesús muere». La Liturgia de la Iglesia y los tiempos litúrgicos no son ni mera evocación ni repetición de cosas pasadas, sino «memorial», actualización. Ciertamente es algo difícil de explicar, porque tiene que ver con lo que Dios hace. Si para nosotros «lo pasado, pasado está», para Dios «lo pasado presente está». El tiempo en Dios es eternidad y lo que Cristo vivió, lo vivió por nuestra salvación, no sólo como hombre, sino también como Dios; por tanto, los hechos fundamentales de su existencia, que técnicamente llamamos «misterios», tienen la cualidad de la eternidad y la de actualidad. Por tanto en los tiempos litúrgicos se hacen presentes esos hechos de modo que podamos participar en ellos.

Se trata de una experiencia de fe, que necesita ser iluminada por la Palabra de Dios y la teología, y que requiere el verdadero deseo de vivir unidos a Jesús y vivir con él todo aquello. Pero centrémonos en el Adviento, que vendría a ser como el primer tiempo litúrgico, porque en las primeras comunidades existía un anhelo, casi impaciencia, por que el Señor volviese en gloria y majestad. Ellos nos han dejado esta súplica: ¡Marana Tha! ¡Ven, Señor Jesús! Conviene, no obstante, constatar: primero, la ausencia del Señor es sólo relativa, podríamos decir que él tiene un pie en la gloria y otro en la historia. Él se ha comprometido a quedarse entre los suyos pero, a la vez, se manifestará visiblemente, en día y hora que nadie sabe, y «como dice el otro: en la hora que menos esperes» para llevar a plenitud su obra de salvación. En segundo lugar, aunque sea doloroso reconocerlo, algunos sectores ideológicos y en el corazón de algunos cristianos, también, se hace realidad la célebre frase de la Zarzuela: «Ni está, ni se le espera».

Sólo habrá un verdadero Adviento que nos prepare para la Navidad y la Parusía si de verdad esperamos al Señor, si deseamos de corazón que Jesús entre en nuestra vida, y si ponemos los medios de conversión para ello.

La Opinión-El Correo de Zamora, 27/11/11.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Velad, porque no sabéis ni el día, ni la hora


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo XXXII del tiempo ordinario – Ciclo A

“¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!” (Mateo 25, 1-13)

De mi estancia en Italia uno de los recuerdos que estos días me vienen a la memoria es el de los cementerios. En todas las tumbas había una luz encendida, como ocurría antiguamente entre nosotros. ¿Qué quiere expresar esto? Se trata, al menos en su origen, y seguro en la conciencia de muchos creyentes, de hacer realidad lo que hoy hemos escuchado de labios de Jesús: «El Reino de los cielos se parecerá a diez muchachas que en una boda tomaron sus lámparas de aceite y salieron a recibir al novio». La parábola es oportuna para ilustrar las luces y las sombras que se ciernen sobre la realidad de la muerte, sobre todo después de la resaca que nos ha dejado Halloween.

Se van generalizando entre la gente, de un modo lúdico y comercial, ideas sobre la muerte que van desde el más puro materialismo (lo único que queda de los seres humanos es un frasco con cenizas) al mundo de la superstición, plagado de adivinos, nigromantes, zombis, vampiros, espíritus perdidos, almas en pena, etc. Lo primero que tenemos que decir son dos cosas: que si fuéramos mera materia, si la muerte fuera solo un hecho natural, lo tendríamos todos asumido ¡de verdad! Pero resulta que nadie se quiere morir, salvo aquellos para quienes su vida es un infierno. Además los cristianos afirmamos, con aceptación o rechazo, que es Jesús el único que pude ofrecer luz sobre la muerte, porque ha muerto, pero ha resucitado.

Conviene que, al menos, los católicos, procuremos que no se nos apague la lámpara de la fe, para saber a dónde «vamos a ir a dar con nuestros huesos», nunca mejor dicho. Lejos de la fe cristiana se sitúan los que piensan que no hay resurrección de los cuerpos, que las almas cambian de identidad reencarnándose, que los muertos vagan «como tontos» asustando a los vivos o mandando «mensajitos». De forma muy sintética recordemos la doctrina cristiana: el hombre es una compleja unidad de cuerpo y alma. La muerte supone la destrucción de este cuerpo y la salida del alma ante el tribunal misericordioso de Dios. Cuando se completen los días de la historia humana y Cristo aparezca en su gloria, será juzgada la historia entera y recuperaremos nuestra condición corporal. Que para los que mueran empeñados en su maldad existe la condenación eterna o «Infierno», que los que mueren acogiendo la salvación de Cristo pero no suficientemente purificados esperan en el «Purgatorio», con la ayuda de nuestras plegarias y de la Eucaristía, a participar de la felicidad de los santos. Que el «Cielo» es el encuentro con el amor inmenso de nuestro Salvador Jesucristo, en una felicidad inimaginable y eterna, con María y todos los salvados, entre los que esperamos encontrar, también a nuestros seres queridos. No permitamos que nos quedemos sin luz.

La Opinión-El Correo de Zamora, 6/11/11.

lunes, 10 de octubre de 2011

A todos los que encontréis convidadlos al banquete


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo XXVIII del tiempo ordinario – Ciclo A

“A todos los que encontréis, convidadlos a la boda” (Mateo 22,1-14)

Con sucesivas parábolas, primero de la viña, imagen del pueblo de Dios, ahora con la del banquete de bodas del hijo de un rey, Jesús va dejando bien claras las cosas. Quién es él y cuál es la actitud, ya sin tapujos, de los dirigentes del pueblo. Lo que está en juego es el cumplimiento de las esperanzas de los hombres y mujeres santos de Israel, la llegada del Mesías y la instauración del reinado de Dios. Pero lo que está ocurriendo es que los primeros destinatarios de esta promesa divina, no sólo no quieren nada con Jesús, sino que planean su eliminación. «Matemos al hijo, así nos quedaremos con la herencia». En esta parábola los convidados a la boda desprecian la invitación. O no quieren ir, o no están dispuestos a dejar lo que están haciendo, llegando incluso a maltratar y matar a los enviados.

La parábola tiene una actualidad extraordinaria porque son tantos los que no quieren nada con la fe. Son muchos los que no están dispuestos a dejar nada de su vida por los compromisos de la vida cristiana, entre ellos la participación en la Eucaristía. Como sucedió con los profetas o con el mismo Jesús, son, también, numerosos los que, si pueden, hostigan o persiguen a los cristianos. Según algunos observatorios sociales como el diario inglés «Gospel Herald» «el Cristianismo es ahora mismo la religión más perseguida del mundo y cada cinco minutos es asesinado un cristiano».

La imagen del banquete de bodas, símbolo del Reino de Dios que llega con Jesús, el Esposo entregado y fiel de la humanidad, sirve igualmente para comprender el significado más íntimo y místico de la Eucaristía, que es llamada banquete eucarístico al que están invitados todos los hombres y todos los pueblos de la tierra. Qué hermoso ha sido participar de este convite y experimentar, con motivo de la JMJ en la explanada de la Catedral con nuestro obispo, o en Cuatro Vientos en torno al Santo Padre el Papa, una emoción compartida: la alegría de creer todos en Jesús, vivo, resucitado, presente y elevar todos, de tantos lugares y de tantas lenguas, oraciones y cantos como una solo voz, gracias a una preciosa herencia de plegarias e himno latinos como el «Pater noster», «Gloria in excelsis», «Agnus Dei», o en griego como «Kyrie eleison», o en hebreo como «Aleluya» o Amén. Podrían parecer «añejos» estos, pero el sentirte como en tu propia casa cuando celebras la Eucaristía en cualquier parte del mundo o el saber que, además de participar de la misma fe y del mismo Pan, también podemos rezar en algún momento en una misma lengua, por vieja que sea, es siempre un don y una señal de ese banquete universal que es la Santa Eucaristía.

La Opinión-El Correo de Zamora, 9/10/11.

domingo, 14 de agosto de 2011

Ten compasión de mí, Señor, hijo de David


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo XX del tiempo ordinario – Ciclo A

“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas” (Mt 15, 21-28)

Compartimos este comentario a la liturgia de este domingo víspera de la solemnidad de la Asunción de Santa María Virgen, bajo su maternal mirada, labrada en la bellísima imagen de la Virgen del Tránsito y llenos de alegría por la presencia entre nosotros de más de mil jóvenes católicos procedentes de tantos lugares del mundo, peregrinos para encontrarse, junto a la juventud católica española, con el Santo Padre Benedicto XVI el próximo fin de semana.

La Palabra de Dios, sea cual fuere el texto que se nos proponga en la liturgia, es siempre oportuna porque ilumina las situaciones, sostiene nuestra fe y genera en nosotros el deseo de estar más unidos a Jesús, que es lo que llamamos «comunión». Este domingo hemos tenido ocasión de presenciar una escena evangélica a primera vista desconcertante. Una mujer extranjera que grita y corre como loca detrás de Jesús pidiendo que la atienda, que cure a su hijita. Jesús parece indiferente, como pudiera ocurrirnos a nosotros cuando le pasa algo a alguien que, por la razón que fuere, que sea extranjero, de otra cultura o etnia, por su forma de vida, etc., no nos afecta, no nos preocupa, «nos deja fríos». Jesús como que la tratase con desprecio. Pero las apariencias engañan. La situación de necesidad de esa pobre mujer cananea, su confianza en poder de Jesús primero, y en su compasión después, conquistan la voluntad del Hijo de Dios. Ha oído hablar tanto de Jesús, de lo que enseña, de cómo trata a las personas, de cómo se compadece de los pobres y los enfermos, de cómo multiplica el pan y libera a los atrapados en las redes del Maligno, que seguro que a ella, que es una mujer, extranjera y además pagana, también la va a socorrer. Jesús ante este comportamiento se admira de la fe de esta corajosa madre. Dejará que de su divina voluntad salga la curación de su hija y de su corazón estas conmovedoras palabras: «Mujer, que grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

Nosotros en estas jornadas de los jóvenes católicos de todo el mundo en las diócesis, previas a la gran fiesta de la fe en Madrid con el Papa, que acogerá a más de un millón de chavales, sacerdotes, religiosos y generosos voluntarios, nos abrimos un poco más al mundo, experimentamos más intensamente lo que significa la catolicidad de la Iglesia y, a la luz del evangelio, unos y otros, corremos hasta donde está Jesús gritándole que nos socorra, que tenga compasión de nosotros, que aumente en nuestros jóvenes la fe, que surjan vocaciones -la situación en Zamora es más que alarmante-, que estemos atentos a los necesitados, cada vez más por la crisis, que seamos acogedores de todos, por muy diferentes que sean, que evitemos las confrontaciones y seamos constructivos.

La Opinión-El Correo de Zamora, 14/08/11.

jueves, 21 de julio de 2011

Jesús expuso todo a la gente en parábolas


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo XVI del tiempo ordinario – Ciclo A

“En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente” (Mt 13, 24-43)

Jesús sigue usando de parábolas para explicar lo que es el Reino de Dios. Si el domingo pasado se recreaba en la imagen del sembrador en esta ocasión usa una primera metáfora, la de un campo sembrado con buena semilla y resembrado furtivamente de cizaña, para luego dirigir nuestra atención a la elaboración del pan y el fenómeno de la levadura capaz de hacer crecer esponjosa y nutritiva una compacta masa de harina. Al igual que el domingo pasado, los discípulos no se conforman con las metáforas, requieren a Jesús para que les explique con detalle aquello que les ha quedado grabado a través de esas imágenes familiares.

Es admirable contemplar al Maestro y su forma de enseñar. Algo que deberíamos tener en cuenta los ministros de la Palabra. Jesús fija la atención de los oyentes con parábolas, con historias que fácilmente se retienen en la memoria y cuyo argumento permite identificar una o algunas ideas fundamentales. Será a partir de la historia, a partir de la narración, cuando sobrevengan las explicaciones posteriores. Ocurre como con las narraciones para los niños y su consiguiente moraleja; aunque en los tiempos que corren las historias reales o ficticias huyen de la moraleja, es decir de la aplicación moral, pues se prefiere un juicio preferiblemente pasional, sin reflexiones a mayores. Debemos revisar, pues, nuestras formas de transmisión de la fe, empezando por las homilías, que, no cabe duda, se preparan en la mayoría de los casos, pero que resultan poco gustosas, aunque sean nutritivas. Ocurre como con la comida, se prueba y si no gusta, en el mejor de los casos, se come a la fuerza. Así sucede con la predicación. Preparada, sí, con contenido, pero sin atractivo, demasiado abstracta y moralista. Algo que pude darse también en la catequesis. La vieja catequesis usaba de dos buenos ingredientes: la memorización y la Historia Sagrada, acompañada de explicaciones y de ejemplos plásticos para explicar los misterios de la fe. Hoy, por desgracia, la gente desconoce la Historia de la Salvación (Historia Sagrada). Tanto en la predicación como en la catequesis es necesario recurrir a la narración, pero no solo como un método pedagógico, sino, sobre todo, porque nuestra fe está hecha de historias, de pasado, de presente, de futuro, con protagonistas. Lo que sepamos de los Patriarcas, de los Profetas, del Señor Jesús, de la Virgen María, de los Apóstoles, de Santos de todos los tiempos, a través de la Sagrada Escritura, de la Historia de la Iglesia, de la Historia en general, nos servirá para comprender que el Reino de Dios no es una entelequia sino la experiencia de que Dios reina, que Cristo nos acompaña en el camino de la mientras esperamos el día, como dice el evangelio de hoy, «en que los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre».

La Opinión-El Correo de Zamora, 17/07/11.

domingo, 19 de junio de 2011

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo


NARCISO-JESÚS LORENZO

Solemnidad de la Santísima Trinidad – Ciclo A

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16-18)

¿Será que somos poco conscientes de la fe que profesamos? Seguro que en más de una ocasión hemos podido escuchar de alguien para justificar su fe: «Mira, algo tiene que haber». Como si la fe fuera una percepción imprecisa de lo divino, en el caso de que exista. Respuesta que encaja perfectamente bien con una cultura postmoderna que ha consagrado como única verdad el conocido dicho: «nada es verdad ni mentira». Sin embargo nuestra fe en Dios, a pesar de tantísimos intentos por deslegitimarla, desde aquellos filósofos romanos, hasta nuestros días por parte, entre otros, del llamado «pensamiento débil», sigue resistiendo y presentándose con nueva vitalidad a la inteligencia y al corazón de los hombres que buscan la verdad. Y todo porque tiene como garantía la persona misma de Jesucristo, anunciado por la Iglesia en su grandeza, en su pobreza, en su excelencia y en su miseria. La fe en Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El consuelo que nos produce saber que la verdad, a pesar de las vicisitudes, ha llegado hasta nosotros, de que desde hace dos mil años la vida de los fieles, desde lo más sencillo hasta lo más transcendente, se hace invocando a la Trinidad, hemos de reconocer que en muchos cristianos estos vínculos trinitarios son poco conscientes y/o poco intensos. Además, estamos rodeados de imágenes deformadas del misterio de Dios. Ni Dios es la caricatura de los anuncios de café de George Clooney. Ni Jesús ese «pobre hombre» sobre el que cualquier escritor con habilidad periodística publica un libro en que, por fin, desvela sus misterios ocultados durante siglos por el Vaticano. Ni el Espíritu Santo es una variedad más de paloma.

La verdad sobre Dios, igual que la verdad sobre lo auténticamente humano, nos la ofrece Jesús. La Palabra de Dios nos la revela. La enseñanza de la Iglesia profundiza en ella y en la liturgia entramos en su comunión. Y por una vida evangélicamente vivida la gente puede experimentar, al menos, un rayo de verdad y una mirada de amor. Todo en la fe cristiana está arraigado en la fe trinitaria. Cada celebración litúrgica se hace en nombre de la Trinidad: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, cada fiesta, cada templo, cada acontecimiento salvífico, cada momento en la vida revelan una especial vinculación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Por ello, aún aunque nos pudiera parecer algo abstracta en su redacción, esta oración de la Misa expresa bien lo que necesitamos: «Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo tu Palabra de verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera».

La Opinión-El Correo de Zamora, 19/06/11.

domingo, 22 de mayo de 2011

Donde estoy yo, estéis también vosotros


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo V de Pascua – Ciclo A

“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 1-12)

Hoy nuestra atención se centra en las elecciones municipales y a las comunidades autónomas. Desde la primera hora de la Iglesia los Apóstoles han pedido a los cristianos tres cosas: la primera, que los cristianos seamos siempre ciudadanos ejemplares. Segundo, que recemos fervientemente a Dios para que los que ejercen el gobierno lo hagan conforme a la verdad, promoviendo el bien común. Tercero, el que siempre hay que obedecer a Dios. Pedimos en nuestras eucaristías pascuales de este domingo que Dios bendiga a todos nuestros representantes, del partido que fueren, para que su trabajo y su esfuerzo contribuyan a crear un futuro para todos.

La actualidad inmediata no debe hacer perder de vista que vivimos en un tiempo de salvación. Que el tiempo pasa muy rápidamente y que caminamos hacia un futuro que es el Reino de Dios. Lo que vivimos cotidianamente, en lo que debemos emplearnos a fondo, debe estar motivado por esa esperanza en un futuro pascual, en el que la plenitud de la Vida de Jesús será una realidad para todos los que, como dice la Escritura, tienen amor a su Venida. La liturgia de estas semanas que llamamos Tiempo Pascual corre el riesgo de evaporarse de nuestra conciencia porque hemos salido de una intensa, en tantos aspectos, Semana Santa, con sus procesiones y celebraciones y nos hemos podido sentir cansados. Este tiempo puede quedar reducido, una vez más, a lo estético, más flores y vestiduras blancas, o asfixiarnos por las muchas tareas pastorales de estos días: romerías, sanisidros, primeras-últimas comuniones, algunas confirmaciones, etc.

No obstante, este tiempo litúrgico tiene una vitalidad interior extraordinaria, la del Espíritu Santo, y a través, sobre todo, de la Palabra de Dios, de la Oración de los Horas y de la Eucaristía, descubrimos el actual e intenso «trabajo de Jesús», como aparece expresado en el evangelio de este domingo donde leemos: «Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, también estéis vosotros». La vida, la muerte y la resurrección son esa ida y vuelta de Jesús por nosotros y «a por nosotros». Ese trabajo de Jesús nos ha dado un futuro. No sólo un futuro «más allá», sino también el presente de una nueva conciencia (estamos siendo salvados), una nueva identidad (discípulos de Cristo), unos motivos para vivir (el amor de Dios), una nueva forma de relación humana (fraternidad), una vinculación estrechísima con Dios (hijos suyos) y todo por Jesús. Y para que lo sea, también para tantos que no lo saben o lo han olvidado rezamos con la liturgia de este día: «Oh Dios, que por el admirable intercambio de este Sacrificio (de Cristo) nos haces partícipes de tu divinidad, concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos».

La Opinión-El Correo de Zamora, 22/05/11.

jueves, 28 de abril de 2011

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo de Resurrección – Ciclo A

“Vio y creyó” (Jn 20, 1-9)

Amigos lectores: ¡Feliz Pascua! Curiosamente es más frecuente decir «Felices Pascuas» en Navidad que en esta fecha. Ciertamente es apropiado saludarnos así en Navidad, pero más aún en la fiesta de la Resurrección. El Nacimiento de Jesús es el comienzo de su Pascua; su Muerte y su Resurrección son su cumplimiento. Y con la fiesta de Pentecostés su Pascua lo será también para nosotros. Desgraciadamente, a veces empleamos esta expresión para referir alguna contrariedad o alguna faena: «me hicieron la pascua». Nosotros, por el contrario, decimos que el Señor nos haga la Pascua. Porque la Pascua es el paso de Jesús de un mundo de división, pecado y muerte, a la vida y la comunión con el Padre. La Pascua es nuestro futuro. El paso de la corrupción a la redención, del pecado al perdón, del aislamiento a la comunión. Por eso desde muy antiguo, en este día, los cristianos de todo el mundo se han saludado así: ¡Cristo ha resucitado! A lo que se responde: ¡Verdaderamente ha resucitado!

La fiesta de Pascua, que cada año coincide con el domingo que sigue a 14 de Nisán, es ante todo un anuncio. El anuncio de algo absolutamente extraordinario: la Resurrección de Jesús. Tan oído y tan desconocido a un tiempo. Algo que muchos, antes y ahora, no están dispuestos a aceptar y que incluso combaten con furia. Pero es algo que no podemos callar, ni dejar de anunciar. Nosotros, que no somos los testigos oculares de la Resurrección, somos portadores del testimonio de aquellos Testigos oculares, por eso decimos con ellos: «Él nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado Juez de vivos y muertos».

La fiesta de la Pascua es sobre todo una celebración. Entendiendo por celebración no sólo la evocación festiva de algo pasado sino, sobre todo, una forma de participación en esos acontecimiento salvíficos por medio de la Liturgia. La Pascua, que se celebra en varias secuencias, desde la Misa de la Última Cena, el Jueves Santo; la Liturgia de la Pasión, el Viernes Santo; y, sobre todo, la Vigilia Pascual, con la Misa del día del Pascua, nos «introduce» en estos acontecimientos de salvación, como reza la oración inicial de la Misa de Resurrección: «Señor Dios, en este día nos has abierto las puertas de la vida, por medio de tu Hijo vencedor de la muerte».

La fiesta de la Pascua es también una vivencia personal, una experiencia íntima de unión con Jesús, como decía el Santo Padre Benedicto XVI en la audiencia del Miércoles Santo: «en estas celebraciones podremos asomarnos a la intimidad de Jesús y a su voluntad firme de amar al Padre y serle fiel en todo, y aprender así de Él a imitarle en nuestra vida».

La Opinión-El Correo de Zamora, 24/04/11.

domingo, 3 de abril de 2011

¿Quién tiene la última palabra?


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo IV de Cuaresma – Ciclo A

“Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo” (Juan 9, 1-41)

Poco a poco nos vamos acercando a la celebración de la Pascua anual. Y digo anual porque los católicos y ortodoxos celebramos desde la época apostólica la Pascua cada domingo con la Eucaristía. Pero también, desde muy pronto, ya en el siglo II, los acontecimientos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús se contemplaron y se celebraron de forma solemne anualmente. Aunque al inicio hubo algunas discrepancias, pues las comunidades asiáticas preferían conmemorar la Pascua el 14 de Nisán, fecha de la Muerte de Jesús, el resto de las iglesias lo hacían el domingo siguiente, subrayando de este modo la Resurrección. Práctica que se establecería universalmente.

Esta celebración anual de la Pascua venía precedida de varios días de ayuno y oración. Muy temprano se consideró esta fecha el momento idóneo para la incorporación de los catecúmenos a la Iglesia y a Cristo mismo. ¿Qué mejor ocasión que el Memorial anual de la Muerte y Resurrección de Cristo por las cuales los hombres participamos de su redención y adquirimos la condición de los hijos de Dios mediante los santos sacramentos?

Desde entonces tanto los fieles como los catecúmenos vamos preparándonos a las fiestas pascuales, no con un ramadán de ayuno, sino con un programa de oración, limosna, ayuno y reconciliación que nos brinda todos los años la santa Cuaresma. Es curioso que llame más la atención en Occidente la fuerza de voluntad de los musulmanes por observar su riguroso Ramadán que la observancia de la Cuaresma por parte de muchos católicos, limitada a la costumbre, y «si es que», de comer pescado los viernes. Es necesario que aprovechemos estos cuarenta días, o los que nos queden, para volver a Dios. Para que cuando llegue la Pascua los que nos decimos católicos, un buen número, la mayoría de este país si atendemos a las encuestas, no se reduzca todo a ver procesiones o a salir en alguna. Lo dice alguien que desde niño ama la Semana Santa y pertenece a cuatro cofradías.

En este itinerario hacia la Pascua este domingo es llamado «Del ciego de nacimiento» porque se lee Jn 9,1-41, texto que se presentaba a los catecúmenos y se ofrece a todos los bautizados para indicar que con el Bautismo la fe es la luz de nuestra vida. Cristo es nuestra luz. Pero no basta con decirlo, es necesario «comprobarlo». Preguntémonos de verdad quien tiene para nosotros la última palabra sobre la vida. ¿El escepticismo cultural reinante? ¿Las opiniones que se vierten en Redes? ¿Los artículos de opinión de los grandes periódicos? ¿Los tertulianos de la mañana en las cadenas de radio? ¿O la última palabra sobre las cuestiones éticas, económicas, vitales, incluso culturales la tiene Cristo?

La Opinión-El Correo de Zamora, 3/04/11.

domingo, 27 de febrero de 2011

No andéis agobiados


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo VIII del tiempo ordinario – Ciclo A

“Buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura” (Mateo 6, 24-34)

Hace algunos días tuve oportunidad de ver un reportaje sobre animales de la sabana. Al estilo del recordado Félix Rodríguez de la Fuente, los animales aparecían como dotados de personalidad propia. Entre ellos un cachorrito de guepardo. Lo que me impresionó fue su confianza, si podemos hablar en estos términos; apostado detrás de su madre erguía su cabecita mientras se acercaba amenazadoramente un león.

La Palabra de Dios en este domingo precisamente nos propone el tema de la confianza. Quizás una lectura precipitada y moralista del texto evangélico nos llevaría a fijarnos en una primera afirmación: «No podéis servir a Dios y al dinero». Pero la intención de Jesús va mucho más allá. Es, incluso, más exigente. Reclama confianza. Y lo hace a través de dos bellos ejemplos: los pájaros, que ni siembran ni siegan y que Dios alimenta; y los lirios: ni Salomón estaba vestido como uno de ellos. La fuerza del mensaje de Jesús reside en estas palabras: «no andéis agobiados pensando qué vais a comer… o con qué os vais a vestir». «No valéis vosotros más que ellos» para Dios.

Enseguida juzgamos estas palabras, en el mejor de los casos, como poco realistas. Pero Jesús no nos está diciendo que nos desentendamos de este mundo o nos volvamos indolentes e irresponsables. No nos está pidiendo que no estemos ocupados, sino que no estemos preocupados. La confianza en Dios es la esencia misma de la fe y lo que lleva a tener esperanza. Incluso aunque en algún momento nos preguntemos desgarradoramente: ¿De qué le sirve a las víctimas del hambre o a los que viven en la miseria? En esto, y en todo, la confianza en Dios se hace más necesaria y urgente. De otro modo, por muy cristianos o católicos que parezcamos seremos como paganos a los que vuelve a decir Jesús: «Gente de poca fe… los paganos se afanan por esas cosas».

Lo que vuelve estéril la religión es la falta de confianza en Dios. Sin esta confianza nuestra oración se vuelve palabrería. Sin esta confianza podemos tirarnos toda la vida sin saber lo que significa la paternidad de Dios. La primera lectura, tomada del libro de Isaías nos ofrece uno de esos rasgos inimaginables e incomparables de la paternidad de Dios: «¿Es que una madre puede olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide yo no te olvidaré».

Sólo cuando corremos algún riesgo se nos presenta la oportunidad de vivir con intensidad la confianza en Dios. Y si me permitís un consejo recuperemos la antiquísima costumbre, heredada del judaísmo de rezar en la mañana, al mediodía y al atardecer, no ya el «Shemá», sino el Padrenuestro. Seguro crecerá nuestra confianza en Dios.

La Opinión-El Correo de Zamora, 27/02/11.

lunes, 31 de enero de 2011

Dichosos los pobres de espíritu


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo IV del tiempo ordinario – Ciclo A

“Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mateo 5, 1-12a)

Nos encontramos en el IV domingo del Tiempo Ordinario y podría parecer que este período de tiempo que se extiende desde el domingo del Bautismo del Señor hasta el Miércoles de Ceniza y desde el lunes después de Pentecostés hasta el I Domingo de Adviento fuera un tiempo insulso, insustancial. El mismo término «ordinario» parecería aflorar la peor de sus acepciones. Ordinario como vulgar. Pero como podemos comprobar por la misma palabra de Dios proclamada en nuestras eucaristías, de vulgar o insustancial nada de nada.

Este domingo en la liturgia resuena el Sermón de la Montaña, que por desgracia tiene poco de ordinario, por poco habitual porque se nos presenta como un programa de vida, tantas veces, casi sin estrenar.

La conversión a la que nos invitaba el Señor el pasado domingo se concreta en la aceptación y la asunción de estas propuestas mesiánicas del sermón del monte. Aceptar significa rendir nuestras razones a favor o en contra a las razones de Cristo. Aceptar que ciertamente tiene la razón, y tiene razón en lo que dice y propone. En segundo lugar la asunción: el ir poco a poco haciendo propias estas propuestas, estas bienaventuranzas. El esfuerzo intelectual por convencernos de las razones de Cristo y el esfuerzo por realizar este programa no obedecerá sólo a la voluntad, sino a la vez a una operación interna de la gracia de Dios. Una acción interior de esta gracia que psicológicamente no se percibe como una imposición exterior sino como un logro personal. La acción de la gracia es como el rocío que penetra la tierra y hace germinar las semillas. La conversión y la vivencia de las bienaventuranzas son obra de Dios y obra humana a un tiempo.

Este camino de renovación, que urge recomenzar, empieza por la humildad. El Apóstol invitaba a la comunidad de Corinto a reconocer su baja condición social, como señal de la pobreza de todos, de la clase social a la que pertenezcamos, delante de Dios. «Para que nadie pueda gloriarse delante de Dios»; altos o bajos clérigos, seglares influyentes o insignificantes. El reconocimiento de esta necesidad absoluta que tenemos de Dios es el comienzo de la conversión y el inicio de las bienaventuranzas, que comienzan diciendo: «Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos».

Y para que nuestro tiempo, nuestra vida, no sean «ordinarios», sino que se vuelvan «habituales» las propuestas del Reino y experimentemos su gozo, su bienaventuranza, recordemos y oremos de nuevo la oración inicial o colecta de la Misa: «Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda, en consecuencia, a todos los hombres. Por Jesucristo, nuestro Señor».

La Opinión-El Correo de Zamora, 30/01/11.

domingo, 2 de enero de 2011

«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos»


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo II después de Navidad – Ciclo A

“De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia” (Jn 1, 1-18)

Comenzamos el Año, a todos los lectores: ¡Feliz Año Nuevo! Aunque como me decía alguien hace unos días: Parece que este año hasta los adornos navideños han sido más pobres y con menos luz. Como si el pesimismo se fuera apoderando progresivamente de todo el mundo. Tantos parados, tantas familias necesitadas. Un millón de asistidos en los comedores de la Iglesia, -noticia de la Cuatro- sin contar la ayuda de Cáritas de las parroquias.

Nos damos cuenta de que a la dificultad de sacar adelante los buenos propósitos de noche vieja: dejar de fumar, hacer deporte, leer más; ahora se suma la constatación de que tampoco los buenos deseos de Año Nuevo sirven para mucho. La crisis, todo se achaca a la crisis económica, pero ésta solo es el rostro de una crisis más global, ¿de la cultura occidental?, ¿de civilización?

No obstante los cristianos nos felicitamos y felicitamos porque este año 2011 puede ser Año de Gracia o Año del Señor. Se perdió la costumbre, hace más de dos siglos, de comenzar las cartas o los escritos con el mencionado encabezado. El tiempo con lo que tiene de oportunidades, de situaciones, de acontecimientos y sucesos, no solo lo gestionan los hombres, sino que, se quiera o no reconocer, lo gestiona Dios, y cuando coinciden las cosas mejoran.

Cristo es el Señor del tiempo y el Señor de la Historia. Como dice el Apocalipsis, es el Alfa y la Omega. El origen no es un explosión casual, ni el fin un cataclismo esperado. Él es el origen, guía y meta del Universo. Es el Señor del tiempo y de la Historia. Él mismo, con su Encarnación, ha hecho temporal lo divino, y con su Resurrección ha vuelto eterno lo humano.

Ha entrado en la Historia con programa, el que nos cuenta Pablo en la segunda lectura de la Misa. «Cuando se cumplió el tiempo envió Dios a su hijo nacido de una mujer… para rescatar a los que estaban bajo la ley. Para que recibiéramos el ser hijos por adopción». Ha entrado en Historia para rescatar a los hombres de todas las tiranías y ofrecernos la posibilidad de ser hijos de Dios.

La Opinión-El Correo de Zamora, 2/01/11.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo XXXII del tiempo ordinario – Ciclo C

“No es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos” (Lc 20, 27-38)

Se ha dicho, hasta la saciedad, que la celebración eucarística ofrece a los fieles dos mesas: la Mesa de la Palabra y la Mesa Eucarística. Debiera servir la imagen para despertar el «hambre» y la «sed» de espiritualidad, de luz ante los interrogantes de la existencia, pero sobre todo, de diálogo y de comunión con el Señor, que es el Verbo-Palabra de Dios y que es Pan de Vida. No hay duda de que si no se despierta o crece este «apetito» la situación espiritual de los «asiduos» a la Misa puede derivar no sólo en inapetencia hacia Eucarística, sino en algo mucho peor, como en una especie de anorexia espiritual, sin apetito alguno, hasta las nauseas, hacia la Palabra de Dios y la Comunión.

Que la Palabra nutre es claro. Fijémonos como Jesús ante la maliciosa pregunta de los saduceos, -con la que pretendían ridiculizarle y negar la resurrección-, sobre de quién será mujer la viuda de siete hermanos cuando resuciten los muertos, responde afirmando categóricamente: «estáis muy equivocados. No comprendéis la Escritura, ni el poder de Dios», Dios «no es Dios de muertos, sino de vivos».

Entonces y ahora el juego de las palabras y la habilidad dialéctica para construir sofismas siguen queriendo hacer frente a la verdad del Evangelio. También sobre el destino último de la existencia humana. Sólo hay que ver la cantidad de ideas que se vierten sobre el llamado «más allá», especialmente estos días de Santos y Difuntos. La cultura dominante, que ya no diviniza la racionalidad, como en Notre-Dame la Revolución Francesa, sino el escepticismo y el consenso interesado, al igual que ha consolidado la idea de que no existen verdades sobre esta vida, tampoco más allá de ella. El «nada es verdad y ni mentira» también se lo han creído los muertos que andan, «los pobres», sin saber dónde meterse. Sin cielo, ni infierno, ni purgatorio donde ir a «dar con sus huesos». En el mejor de los casos intentando llamar la atención de los vivos a través de médiums, «santasmuertes» o fiestas de disfraces «halloweendeses».

Nosotros, sin más, nos remitimos a la Palabra de Cristo, que es el único que pude decir algo-todo sobre la muerte, porque él es único que ha resucitado. A la luz de su Palabra sabemos que con la muerte el ser humano, en cuanto alma, comparece ante Dios misericordioso para participar de la salvación o para ser purificado, y sólo en el caso de haberse negado obstinadamente a la redención, precipitase en el abismo de la condenación. Pero también esperamos la resurrección del cuerpo, y lo que es más importante aún: entrar en una plenitud de vida junto a Dios nuestro Padre, unidos a Jesús nuestro Salvador.

La Opinión-El Correo de Zamora, 7/11/10.

domingo, 10 de octubre de 2010

Gracias a Dios y gracias a todos


NARCISO-JESÚS LORENZO

Este domingo me gustaría compartir con los lectores la alegría de lo vivido en el día de ayer. Después de meses de trabajos y de un mes abierto al público de Zamora y a los que nos visitan, se volvió a dedicar al culto divino la hermosa iglesia de Santiago del Burgo. Aprovecho este espacio dominical, día semanal de acción de gracias para los cristianos, para eso precisamente, para dar las gracias, aún a riesgo de olvidarme de algunos.

Gracias sean dadas, sobre todo, a Dios porque nos ha permitido alabarle y ofrecerle de nuevo el Sacrificio de su Hijo en el recuperado altar románico, consagrado solemnemente, para obtener así gracia sobre gracia.

Gracias a todos los fieles que se hicieron presentes y que fueron una sola voz en la alabanza y en las plegarias. Gracias al Sr. obispo que consagró el altar y celebró la Eucaristía, principal promotor de que este templo se convierta en lugar privilegiado de oración y adoración en la ciudad. Gracias al apoyo de los presbíteros de la parroquia de San Vicente, especialmente al seguimiento entusiasta de D. José. Gracias a los representantes de las instituciones públicas, la Fundación Zamora Románica, el Ayuntamiento o la Junta de Castilla y León por el apoyo efectivo y el reconocimiento del valor espiritual y cultural del patrimonio cultural de la Iglesia. Gracias a los representantes del Obispado: El Vicario General, el Delegado Diocesano de Patrimonio y al Director del Taller de Restauración. Gracias a la labor de dirección del arquitecto D. Leocadio y a todos los trabajadores que han hecho posible la rehabilitación de este templo y su puesta a punto. Gracias a todos los fieles católicos y a todos los zamoranos en general por la alegría con la que han recibido la reapertura del templo.

Quisiera, también, invitar a todos los fieles a que, sin desatender sus encargos y su vida parroquial, hagan de este pequeño templo espacio de todos, lugar privilegiado para el encuentro espiritual con el Señor Jesús, presente en la Eucaristía. La presencia del arcipreste D. Rogelio sirvió de apoyo a esta iniciativa episcopal. Que el reclamo turístico de este hermoso templo no sea mayor que la invitación que Cristo nos haga a entrar en su intimidad. Pidámosle, ya desde ahora, que nos conceda la gracia de mirar la Eucaristía expuesta y descubrir su mirada que penetra con amor y compasión hasta lo más profundo de nuestro ser.

Cada día se celebrará la Eucaristía a las 13.00 h. y a continuación se expondrá para la adoración de los fieles el Santísimo Sacramento hasta las 18.00 h. en que se dará la bendición. Los sábados se cantarán las Vísperas. Así mismo se administrará con regularidad el Sacramento de la Confesión.

La Opinión-El Correo de Zamora, 10/10/10.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Por tu santa cruz has redimido al mundo


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo XXIV del tiempo ordinario – Ciclo C

“La misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta (Lc 15, 1-32)

Quisiera este domingo invitar a los lectores a fijar la atención en la Santa Cruz, porque una fiesta y un acontecimiento se avecinan y tienen que ver con el lugar y el modo de nuestra salvación. El próximo martes la Iglesia celebra la fiesta de la «Exaltación de la Santa Cruz» y entre los días 11 y 14 de noviembre tendremos en Zamora la Cruz de los Jóvenes que peregrina por las diócesis, parroquias y comunidades de los países en los que tiene lugar el multitudinario encuentro de los jóvenes de todo el mundo con el Santo Padre, en la llamada JMJ, Jornada Mundial de la Juventud.

La cruz ha dejado de impactar a la mayoría, convertida en una joya, en una obra de arte; en el mejor de los casos es objeto de devoción, devotos de este o de aquel cristo. Y curiosamente a pesar de esta irrelevancia o desactivación simbólica, no deja indiferentes a los enemigos del cristianismo que se empeñan en patrullar la sociedad civil para eliminar de aulas, salones de plenos, cerros o lechos de enfermos los pocos ejemplos que aún queden. No debemos olvidar que lo primero de lo que informa una cruz es de que se trata de un instrumento de suplicio y muerte. Para todos los cristianos, de la Redención. La cruz evoca como mínimo estas palabras de Cristo: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos». No hace mucho fue un gran éxito de público la película dirigida por Mel Gibson titulada «La Pasión». Fue tal su impacto que muchos cristianos se quejaron de que era excesivamente cruel… Como si la condena y ejecución de Jesús hubieran sido menos crueles, rodeadas de claveles, azucenas e incienso. Nosotros no hablamos de condenas y ejecuciones sino de Pasión. Contemplar la Cruz de Cristo es contemplar la Pasión del Señor. Y la Pasión de Cristo es su amor apasionado. Amor sin reservarse nada, ni la vida, ni su sangre. La Muerte de Jesús se convierte en camino para llegar en fidelidad hasta el Padre. El suplicio de la Cruz en el rescate pagado a un mundo de pecado sediento de sangre. Pero sobre todo es la expresión del amor como perdón; Jesús grita a su Padre: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Del amor como Compasión; Jesús dice al buen ladrón: «Te lo aseguro. Hoy estarás conmigo en el paraíso». De un amor como participación del destino de la humanidad abocada a la muerte. Dice el Apóstol Pablo de Cristo: «Se despojó de su rango… hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz». Por ello cada vez que hagamos la señal de la Cruz no olvidemos lo que le hemos costado a Cristo, y hasta qué extremos nos ama. Celebremos con una devoción semejante al Viernes Santo la fiesta del 14 de septiembre. Y cuando llegue la Cruz de la Jóvenes hagamos por descubrir y hacer ver a nuestros chicos la maravilla de una vida entregada como la de Cristo y por Cristo.

La Opinión-El Correo de Zamora, 12/09/10.

domingo, 15 de agosto de 2010

Hoy celebramos la Pascua de santa María


NARCISO-JESÚS LORENZO

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

“Desde ahora me felicitarán todas las generaciones” (Lc 1, 39-56)

Este año la solemnidad de la Asunción ha coincidido en domingo. Cuando estas cosas suceden podríamos pensar que la centralidad del domingo decayera, y con ello el protagonismo de Cristo. Sin embargo al celebrar a la Santísima Virgen o a algún santo estamos confesando y proclamando las maravillas del Señor en sus vidas. En palabras de santa María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque el Poderoso ha hecho en mí maravillas». Los santos, y a la cabeza María, no solo no nos distraen de Dios, sino que son los principales evangelizadores. Dicen a todos: «Mirad al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Ellos son las primicias de la Salvación de Cristo. Creados por Dios, redimidos por Cristo, han escuchado la Palabra y han conformado su voluntad con la de Dios. El Espíritu Santo ha imprimido en ellos los rasgos de la humanidad de Cristo. Así que, podríamos decir, parafraseando al mismo Jesús: quien mira a los santos, sobre todo quien mira a María, ve a Jesús.

Celebrar a los santos es ante todo entrar en la liturgia, participar en la celebración y descubrir que sea cual sea el número de los presentes en el templo que fuere, entramos en la congregación del Pueblo de Dios, donde la Virgen y los santos nos reciben y «nos hacen sitio» ante la presencia de Dios, como bien expresa la invitación al canto del Sanctus: «con los ángeles y los santos cantamos sin cesar el himno de tu gloria». Y en la fiesta de la Asunción de la Virgen, aunque no tengamos una representación sacra como el Misterio de Elche, podemos asomarnos al sepulcro de María y levantar los ojos al cielo para ver que la Virgen después de morir es recibida en la gloria de su Hijo, mientras con los ángeles y los santos cantamos: «Bendita tú entre la mujeres» y «Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos».

Celebramos la Segunda Pascua. La fiesta de la Resurrección, de la Asunción de María. Ella es el fruto más precioso de la Redención de Cristo. Es la que se ha entregado sin reservas al Señor, «Aquí está la esclava del Señor». Fue preservada de una herencia universal de pecado, pero no de la tentación, ni de dificultades y sufrimientos de la vida, ni del trago de la muerte. En todo he querido parecerse a su Hijo, y en todo se ha entregado a la voluntad del Padre. Por ello el amargo trago de la muerte no trajo para la Virgen la destrucción de su cuerpo. No ha tenido que esperar a la resurrección universal. Así, no solo su alma, sino su corazón y su entero ser, por la acción del Espíritu Santo, la hacen ser Madre universal de la Iglesia que dice de ella: «Dichosas las entrañas de la Virgen María, que llevaron al Hijo del eterno Padre».

La Opinión-El Correo de Zamora, 15/08/10.

domingo, 18 de julio de 2010

Andas inquieta y nerviosa con tantas cosas


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo XVI del Tiempo Ordinario – Ciclo C

“María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán” (Lc 10, 38-42)

Cuánta devoción existe a santa Marta! Son muchas las personas que invocan su intercesión ante Cristo cada martes en la iglesia parroquial de San Torcuato y la tienen por patrona: camareros y hosteleros, empleadas y empleados de hogar, por supuesto las amas de casa, y cada vez más amos de casa, incluso me atrevo a incluir aquí a todos los ministros inferiores de la liturgia: ceremonieros, acólitos y monaguillos que hemos de servir la Mesa Eucarística. Tenemos muchas cosas en común: se trata de trabajos modestos, que requieren mucho empeño y dedicación, tantas veces poco valorados, porque, como dijo alguien, «todo el mundo llega a mesa puesta». Sea la mesa familiar, sea la mesa del restaurante, sea la mesa eucarística. Tenemos en común que entre todos se hace presente el Señor. Sí, sí, de una forma o de otra. En las faenas del hogar, en las diversas profesiones y por supuesto en el altar. Traigo esto a colación, porque hoy en el evangelio aparecen Marta, María, Lázaro y Jesús. La familiaridad con la que Marta se dirige a Jesús, y cómo María se queda extasiada escuchando sus enseñanzas dan idea de que esa casa era para Jesús un poco como su casa.

Pero no solo los que servimos unas u otras mesas tenemos que ver con Marta; en general todos los que por trabajos, ocupaciones o preocupaciones corremos el riesgo de «no ver más allá». De no percibir la presencia y la acción de Dios en nuestras vidas. Jesús dice a Marta: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas. Solo una es importante». ¿Cuántos se plantean hacer un hueco en el trabajo dominical para la Santa Misa, o para dejar a sus empleados que vayan? ¿Cuántos elevamos nuestro corazón a Dios mientras trabajamos, sea donde fuere: bufete, taller, comercio, escuela, para que Él inspire y sostenga nuestros trabajos? ¡Ah! y de esto tampoco nos libramos los curas. A veces las muchas misas, o la rutina, hacen que no nos sintamos sobrecogidos por estar en la presencia del Señor, participando en su Muerte y Resurrección cuando celebramos la Eucaristía. Se debería notar que lo que leemos en el misal, no lo leemos. Lo rezamos unidos a Cristo y por toda la comunidad, que nos observa y se une a nuestra oración más fácilmente cuando ven piedad en lo que hacemos.

O nos volvemos todos más contemplativos, rogando descubrir la presencia y la acción de Dios, o nuestra fe será mera creencia. No caeremos en la cuenta de que Cristo nos habla; de que Cristo está como pan horneado por el fuego del Espíritu Santo para ser nuestro alimento; de que Cristo está también en el hogar, entre las mesas, las máquinas o los papeles. Y sobre todo que está al lado de las personas con las que convivimos, nos cruzamos o reclamen nuestros servicios.

La Opinión-El Correo de Zamora, 18/07/10.

lunes, 21 de junio de 2010

Creo en Jesucristo


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo XII del tiempo ordinario – Ciclo C

“Jesús les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Lucas 9, 18-24)

Somos muy «afortunados» de poder cada domingo hacer la experiencia de encontrarnos con el Señor; de adentrarnos en los acontecimientos de la Historia de la salvación y dejar que se vea afectada nuestra vida por la gracia de Dios. No acudimos a la Eucaristía solo para aprender o saber cosas. Ni siquiera, aunque esto sea siempre una ayuda, porque esté mandado. Ni porque seamos amigos de don Fulano o de don Mengano y colaboramos en la parroquia. Estas razones son insuficientes. Venimos a la Eucaristía para beber agua viva; para recuperar nuestra vinculación a la Iglesia. Necesitamos la Eucaristía «como el comer», y si no percibimos esta necesidad quizás sea porque nuestra relación con Jesús no pasa por su mejor momento.

La Palabra de Dios proclamada no es una mera sucesión de lecturas, mejor o peor leídas. Es una acción del Espíritu Santo que nos convierte en oyentes del mismo Dios, del mismo Cristo. Nos vuelve testigos de los acontecimientos narrados, nos introduce en ellos, y nos prepara para la comunión en la Mesa Santa. En el evangelio de este domingo Jesús orando ante sus discípulos les hace dos preguntas. La primera: ¿Qué dice la gente que es el Hijo del hombre? Y después de recoger los resultados de la encuesta les mira a los ojos y les dice: ¿Y vosotros quien decís que soy yo? Esta es la pregunta que debe estar siempre presente en la conciencia de los cristianos.

Sobre Jesús ha habido y hay muchas opiniones. Muchas de ellas claramente contrarias a las Escrituras y al testimonio permanente de la Iglesia Católica y de las demás confesiones cristianas. Son muchos los interesados en desacreditar a Cristo bajo la pretensión de ofrecer su verdad ocultada y así presentar su auténtica imagen. Ocurrió hace algunos años con aquella pretendida reconstrucción del rostro de Jesús, como si se tratara de un ejemplar de Cromañón. El verdadero Jesús habría sido un hombre sin conciencia, ni misión mesiánica, confundido en su interior, atormentado y hasta violento. Y por supuesto sin identidad divina. Buscando, unos y otros, desesperadamente argumentos de cualquier género para negar su resurrección. Pero ni códigos da Vinci, ni caballos de Troya, ni libros, ni películas o reportajes «de investigación» se han podido imponer nunca sobre el que dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», y la confesión de fe de Pedro: «Tú eres el Mesías de Dios». Por eso, cada vez que escuchamos la Palabra se robustece nuestra fe en Cristo, que nos pregunta: Tú, ¿qué dices que soy yo? Es tan necesario responder que la liturgia hace preceder la Comunión eucarística de la profesión de fe: «Creo en un solo Dios... Creo en Jesucristo, su único Hijo».

La Opinión-El Correo de Zamora, 20/06/10.

sábado, 22 de mayo de 2010

Ven, Espíritu Divino


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo de Pentecostés – Ciclo C

“Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-23)

Termina hoy la celebración anual de la Pascua con la solemnidad de Pentecostés. Y podríamos saludarnos también con un: ¡Felices Pascuas! En plural, sí, porque la Pascua tiene tres momentos fundamentales: 1. La Encarnación y Nacimiento de Cristo. 2. Su Pasión, Muerte y Resurrección. 3. El envío del Espíritu Santo. Celebramos anualmente la Pascua de Jesús, que es su paso por nuestra existencia, pero no «de pasada», sino todo lo contrario, haciéndose uno de los nuestros, en todo semejante menos en el pecado, para conducirnos a Dios, tarea nada fácil. Pero también cada domingo que es la Pascua semanal. Incluso cada día, la Pascua diaria, mediante la celebración de la Eucaristía. Y esto es posible -es posible que el Señor pase a nuestro lado- gracias al Espíritu Santo; que ni es paloma, ni fuego, ni viento, sino un ser personal y divino, que con Cristo y el Padre forman la realidad del Dios único. Por eso decimos de él en el Credo: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo. Y que con el Padre y el Hijo recibe la misma adoración y gloria». Por medio de él, entre otras muchas cosas, es posible la fe, que hace que el testimonio de la Iglesia, de generación en generación, sea aceptado y creído, como si se tratase de una corazonada que te dice que es cierto que Cristo ha resucitado y está con nosotros. A este Espíritu nos dirigimos llenos de fe y de necesidades con el bellísimo himno: «Ven Espíritu Santo». Para quien no se lo conozca, que le eche ganas, tome papel y lápiz y lo escriba. Y si puede que se lo aprenda de memoria para rezarlo a menudo.

«Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén».

La Opinión-El Correo de Zamora, 23/05/10.

domingo, 2 de mayo de 2010

El Señor es bueno, su fidelidad por todas las edades


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo IV de Pascua – Ciclo C

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen” (Jn 10, 27-30)

Este IV Domingo de Pascua es conocido como «Domingo del Buen Pastor». Una imagen, la del pastor, de la que nuestra cultura urbana está cada día más distante, pero de la que cada individuo está, también, cada día más necesitado. No sabemos ya casi qué es un pastor, ni una oveja o un cordero, pero el contenido de estas palabras de Jesús todos lo pueden entender: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna». Si leemos los evangelios seguidos y si lo hiciéramos habitualmente, comprenderíamos lo que esto significa. Jesús, entonces y ahora, se dirige a todos, aunque no todos le escuchan, unos porque «andan a lo suyo» y otros porque no pueden soportar ni oír hablar de él. Como entonces, se repite la advertencia recogida en los Hechos de los Apóstoles: «¿No os habíamos prohibido hablar en nombre de ése?». Pero a los que le escuchan y creen en él, como dice el prólogo del evangelio de san Juan, «les da el poder ser hijos de Dios».

La voz del Señor se proclama de muchas maneras, pero sobre todo para la mayoría, en la liturgia. Y pide hacer realidad aquello de «voy a oír Misa». Sí, sí. Esta expresión tan denostada dentro, dice mucho. Es necesario acudir a la Eucaristía con la intención de oír. «Mis ovejas escucharán mi voz». Si un cristiano no oye la voz de Jesús, no siente que el Señor se dirige a él, irá a misa por un tiempo y dejará de hacerlo a la menor oportunidad. Como María en el huerto del sepulcro también nosotros, en medio de la confusión, de las dudas, de nuestra vida más o menos complicada, podemos oír al Señor que nos llama por nuestro nombre. Nuestra respuesta, mientras nos quede fe, debería ser la de aquel muchacho llamado Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». A lo que el Señor contestará: Yo te conozco. Son muchos los episodios de la Biblia en que oímos decir a Dios o a Cristo: «Yo te conozco» y en los que descubrimos que conocer significa algo más que «saber de alguien». Entre nosotros, muchas veces, quiere decir sospechar de alguien. Para Dios significa sobre todo: te quiero, y en el evangelio de este domingo: «Yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano».

A nuestra cultura le es difícil aceptar estas palabras de Jesús, a muchos nos puede pasar que reaccionemos diciendo como aquella mujer de Samaria: ¿Cómo te atreves a meterte en mi vida? Pero desgraciadamente está más que comprobado que a la autosuficiencia le acompaña un gran vacío existencial. Y, en medio de todo esto, se presenta el Resucitado, que vencedor de la muerte sí que puede ser el Buen Pastor para ocuparse de todos y del que nosotros decimos a los que quieran escuchar: «El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas la edades».

La Opinión-El Correo de Zamora, 25/04/10.