domingo, 18 de diciembre de 2011
Desconcertada y fiel
domingo, 11 de diciembre de 2011
Voz y testigo

AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ
Domingo III de Adviento – Ciclo B
“Juan venía como testigo para dar testimonio de la luz” (Jn 1, 6-8. 19-28)
Se dice que en este momento nuestra sociedad necesita testigos más que maestros, aunque seguramente no se pueda ser maestro si no se es testigo al mismo tiempo. Para la trasmisión de la fe hoy esto es indudable, no sólo porque así fue el encargo del Señor: «seréis mis testigos», sino porque cualquier otro camino es inútil. En otros tiempos, en los que la fe se trasmitía por contagio porque el ambiente era «cristiano», el testimonio tal vez fuera menos necesario; hoy, en cambio, es imprescindible.
Como Juan, «que venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe», los seguidores de Jesús están llamados a ser luz, no escondida bajo el celemín, sino puesta sobre el candelero. En tiempos difíciles existe la tentación de replegarse al interior de la comunidad o del templo por miedo o por cobardía. Entonces, acaso sin saberlo, muchos nos dirán como la judía ciega de «El padre humillado» de Claudel a su amigo cristiano: «Vosotros los que veis, ¿qué habéis hecho de la luz?».
Juan es también «la voz que grita en el desierto». Entre tantas voces que gritan desde todas partes y que invitan a gozar, a votar, a comprar, a indignarse, a firmar, a evadirse… hoy también el Salvador necesita que su voz sea escuchada, y son sus discípulos quienes tienen que prestarle la propia para hacerlo posible. Testimonio y voz son el medio a través del que hoy el que es Luz y Vida se ha de hacer presente en nuestro mundo, escaso de ambas realidades. Testimonio y voz que no son otra cosa sino la vida coherente de los cristianos, su palabra oportuna y su presencia visible.
Es probable que muchas veces esta voz sea voz que grita en el desierto de la indiferencia o del prejuicio hostil, y experimente el cansancio y la tentación de abandonar, pero el testigo tiene que responder no del éxito, sino de la fidelidad al mensaje y a quien lo encomienda.
¿Tú quién eres?, le preguntan al Bautista. Y él responde con humildad: «yo no soy el Mesías ni Elías; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, al que no soy digno de desatarle la correa de la sandalia». El testigo tiene que tener su misma modestia. Sabe, y lo manifiesta con claridad, que no se anuncia a sí mismo, sino a Otro, y que ha de dejar espacio a la libertad de los otros. La Iglesia y cada uno de sus miembros deben cuidar mucho el evitar que su protagonismo impida la trasparencia de quien es realmente la Luz. Y esto no siempre es fácil.
Anudar extremos

ÁNGEL CARRETERO MARTÍN
En las últimas semanas presenciamos desenfrenados maratones en los templos del consumismo que son los grandes centros comerciales. Ya sé que esto no es nuevo; se repite siempre y sin demora por estas fechas. Pero este año me sorprende un poco más porque parece que la gravedad de la crisis económica no nos corta mucho, y conste que no pretendo aguar la fiesta a nadie. El caso es que casi todo el mundo se provee de un sinfín de cosas como si se hubiera anunciado la llegada apocalíptica de una glaciación que nos fuera a dejar a todos atrapados en nuestras casas.
Quienes tratamos de llenar nuestra vida no de cosas sino de Dios y de solidaridad con todos sabemos que estos días que llamamos Adviento son una excelente vacuna contra toda despersonalización e ideologización de nuestra esperanza cristiana. No esperamos algo abstracto sino a alguien concreto: la persona de Cristo. Pero ¿cómo puede esperarse a alguien que ya ha venido? Pues precisamente porque rememoramos la Navidad podemos esperar la Parusía; es decir, Cristo ha venido como niño para venir también como Señor; y tenemos la certeza de que vendrá como Señor porque vino como niño. Así es como la tensión de nuestra esperanza se mantiene en esos dos polos: Navidad y Parusía.
En realidad, más que de una venida tendríamos que hablar de una vuelta, ya que desde que Dios se hizo hombre permanece con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Sólo que cuando llegue ese final se manifestará en poder y gloria, se correrá totalmente el velo corroborándose que el nacido de María en la humildad de Belén es el Señor de la historia. Hasta entonces somos muchos quienes «ya» lo afirmamos en la fe, «todavía no» en la visión. De ahí que para los creyentes el tiempo cristiano sea genuinamente humano; un tiempo estructurado, no desparramado en fragmentos inconexos, sino armónicamente entretejidos; un tiempo que anuda el extremo inicial de un proceso inaugurado en Palestina con el extremo último que afectará a toda la creación, transformada en los cielos nuevos y la tierra nueva.
De este modo lo que esperamos de Cristo es, ante todo, la salvación. Lo decimos sabiendo que a no pocos les suena extraño o no se sientan necesitados de ella. Pero la salvación del hombre no se reduce a tener lleno su estómago, también necesita reconciliarse consigo mismo, con los demás, con el misterio de la vida y de la muerte... No ha habido ni habrá sistema o sociedad capaz de lograrnos plenitud de sentido, de ser y de realidad. Sólo la esperanza cristiana nos revela que «ya» hay salida y salvación para todo y para todos, por muy oscuras que veamos las cosas a nuestro alrededor, sólo que «todavía no» no la disfrutamos totalmente.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Espera y evangelio

JESÚS GÓMEZ FERNÁNDEZ
Domingo II de Adviento – Ciclo B
“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos” (Mc 1, 1-8)
Consolad, consolad a mi pueblo -dice Dios-, hablad al corazón, gritad que se ha cumplido la pena». Uno de los miles de judíos desterrados que penan en Babilonia, judío anónimo al que llamamos Segundo Isaías, acogió estas palabras y se convierte en pregonero. A voz en grito convoca a los desterrados: «En el desierto preparad un camino al Señor». Hablarle a un judío del «desierto» al instante le trae a la memoria el éxodo: la salida de Egipto y la travesía del desierto hacía la tierra prometida. Así, pues, un segundo éxodo es inminente y urge preparar el camino por donde pasará Dios mismo al frente de su pueblo. El pregonero está apresurado. Vuela rápido a la Tierra Prometida y desde una montaña vuelve a gritar, que lo oigan toda la Tierra: «Atención. Dios el Señor llega con fuerza», pero tan delicado con su pueblo como pastor que lleva en brazos los corderos y cuida de las madres.
Siglos más tarde Juan el Bautista coge el testigo del Segundo Isaías. Del Bautista conocemos el nombre de sus padres, las circunstancias de su nacimiento, su formación austera y su carácter intachable; sabemos dónde vivía, cómo vestía, qué comía, qué actividad lo caracterizó: la predicación de un cambio de mentalidad y conducta en tiempos de cierta corrupción, y el bautizar con agua a cuantos aceptaban su predicación. La predicación cristiana lo proclama como el precursor de Jesucristo. Con razón puede san Marcos encabezar su evangelio con estas palabras: «Principio del evangelio de Jesucristo Hijo de Dios».
La palabra evangelio ha significado propina en la «Odisea», buenas noticias en un decreto proconsular, el contenido de la predicación de Jesús en Mt/Mc y en este encabezamiento puede significar el evangelio que Jesús predica o el evangelio que predicamos de Jesús o el evangelio que es el mismo Jesús (Jesús mismo es la buena noticia). En cualquiera de los casos el punto de partida es el pregón multisecular: «Preparadle el camino al Señor».
Una estrofa del canto más bello del Adviento repite las palabras de Dios «Consolad, consolad a mi pueblo. Rápido llega tu salvación». El consuelo con que nos consuela el Bautista es el anuncio de que le está pisando los talones «quien es más fuerte que él y que nos bautizará con Espíritu Santo». Jesucristo apareció en forma de esclavo siendo Hijo de Dios. Eso fue en Belén. Dios lo enalteció. Eso fue en Jerusalén. Él es el Fuerte, todopoderoso para transformar nuestra corrupción y malicia en rectitud y honradez, para recrearnos mediante la infusión de su Espíritu Santo a través del rito bautismal. Él es nuestra salvación. Nuestro gozo y consuelo. Esto es en nuestro corazón. Es obligado, no obstante, manifestar y comunicar nuestro gozo y consuelo.
Apresurad la venida del Señor

JOSÉ ÁLVAREZ ESTEBAN
No voy a tener la oportunidad de otro comentario previo a la Navidad y no quisiera quedarme sin la satisfacción de sugerirla. «Apresurar la venida» es eso, adelantarla, avivar y abreviar los plazos. En la magistral obra «El hombre eterno» de G. K. Chesterton hay un capítulo expresamente dedicado al nacimiento de Jesús que lleva el título de «El Dios de la cueva». Lo recomiendo. «Celebramos la Navidad, dice, seguimos celebrándola, porque somos psicológicamente cristianos. Si uno busca un aspecto no controvertido del cristianismo probablemente escogería la Navidad». Este año no he leído ni un folleto de propaganda navideña. La gente no está por el consumo, ahora menos que nunca, y las grandes superficies lo saben y no se permiten excesos. En años pasados se hacía interesante revisar esa propaganda que competía y hasta se aprovechaba del mensaje religioso del Adviento y de la Navidad. Navidad es el sonido simultáneo de muchas notas: la humildad, la alegría, la gratitud, el temor sobrenatural y, al mismo tiempo, la vigilancia, el drama y la esperanza. Esperanza sobre todo.
Benedicto XVI en su ya finalizado viaje a África también ha hablado de esperanza y lo ha hecho en términos que bien nos vendría aplicar aquí. Ha hablado en Benín, pero el suyo es un mensaje sin fronteras. «No privéis a vuestros pueblos, dice, de la esperanza. No amputéis su porvenir mutilando su presente. Tened un enfoque ético valiente en vuestras responsabilidades y, si sois creyentes, rogad a Dios que os conceda sabiduría. Esta sabiduría os hará entender que, siendo los promotores del futuro de vuestros pueblos, es necesario que seáis verdaderos servidores de la esperanza».
Nada parece tan urgente como el retorno a la esperanza. Esa fue la profecía de Isaías para con un pueblo servil que necesitaba levantar el ánimo. Nuestras pasadas elecciones nos han traído también una buena dosis de esperanza, augurio de nuevos tiempos y oportunidades. Esta España nuestra, tan adormecida y engañada en sus excelencias, siente miedo. La base económica sobre la que nos hemos empeñando en asentar el futuro, cruje y amenaza ruina como esa estatua con pies de barro que hemos venido leyendo en la Profecía de Daniel. El veredicto de «contado, pesado y dividido» sobre la corte babilónica es sentencia que, salvadas las distancias, suena y mucho a rechazo de quienes nos han gobernado y a prevención y guardia para quienes toman el relevo en la gestión pública. Ya decía Ana Frank que no se podía construir nada sobre la base de la muerte, la miseria y la confusión. De confusión sabemos ya bastante, de miseria, vamos aprendiendo. Pero el creyente lucha por «ese cielo nuevo y esa tierra nueva en que habite la justicia» (2P. 3,14).
domingo, 27 de noviembre de 2011
¡Estás y te esperamos!

NARCISO-JESÚS LORENZO
Domingo I de Adviento – Ciclo B
“Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!” (Mc 13, 33-37)
Este domingo comenzamos el Adviento, un tiempo litúrgico de cuatro semanas que nos introduce en la Navidad. También a este tiempo le ha pasado, un poco, como a la Navidad, que ha quedado para muchos reducido a mera estética. El Adviento puede verse limitado, al interior de nuestras comunidades, en el cambio de color, por cierto, morado, expresión de penitencia.
Tampoco hemos conseguido dar a entender suficientemente el verdadero valor de los tiempos litúrgicos. Los fieles se debaten entre el recuerdo y la repetición. Algunos explican a los niños cuando llega la Navidad o la Semana Santa: «¡Mira! Recordamos que Jesús nació en Belén» o «Recordamos que Jesús murió en la cruz» o que «Hoy, Jesús nace» u «Hoy, Jesús muere». La Liturgia de la Iglesia y los tiempos litúrgicos no son ni mera evocación ni repetición de cosas pasadas, sino «memorial», actualización. Ciertamente es algo difícil de explicar, porque tiene que ver con lo que Dios hace. Si para nosotros «lo pasado, pasado está», para Dios «lo pasado presente está». El tiempo en Dios es eternidad y lo que Cristo vivió, lo vivió por nuestra salvación, no sólo como hombre, sino también como Dios; por tanto, los hechos fundamentales de su existencia, que técnicamente llamamos «misterios», tienen la cualidad de la eternidad y la de actualidad. Por tanto en los tiempos litúrgicos se hacen presentes esos hechos de modo que podamos participar en ellos.
Se trata de una experiencia de fe, que necesita ser iluminada por la Palabra de Dios y la teología, y que requiere el verdadero deseo de vivir unidos a Jesús y vivir con él todo aquello. Pero centrémonos en el Adviento, que vendría a ser como el primer tiempo litúrgico, porque en las primeras comunidades existía un anhelo, casi impaciencia, por que el Señor volviese en gloria y majestad. Ellos nos han dejado esta súplica: ¡Marana Tha! ¡Ven, Señor Jesús! Conviene, no obstante, constatar: primero, la ausencia del Señor es sólo relativa, podríamos decir que él tiene un pie en la gloria y otro en la historia. Él se ha comprometido a quedarse entre los suyos pero, a la vez, se manifestará visiblemente, en día y hora que nadie sabe, y «como dice el otro: en la hora que menos esperes» para llevar a plenitud su obra de salvación. En segundo lugar, aunque sea doloroso reconocerlo, algunos sectores ideológicos y en el corazón de algunos cristianos, también, se hace realidad la célebre frase de la Zarzuela: «Ni está, ni se le espera».
Sólo habrá un verdadero Adviento que nos prepare para la Navidad y la Parusía si de verdad esperamos al Señor, si deseamos de corazón que Jesús entre en nuestra vida, y si ponemos los medios de conversión para ello.
domingo, 19 de diciembre de 2010
Antes de Navidad

FRANCISCO GARCÍA MARTÍNEZ
Domingo IV de Adviento – Ciclo A
“Decidió repudiarla en secreto” (Mt 1, 18-24)
Justo antes de celebrar la fiesta de la Natividad del Señor, el evangelio de este último domingo de Adviento nos invita a sentir claramente que lo que está en juego es la llegada de alguien que debe ser acogido. Todo lo demás está al servicio de esta acogida.
Al final del evangelio el que llega será proclamado como el salvador de los hombres, como Dios-con-nosotros, pero antes de llegar a esas afirmaciones se ha de atravesar un pequeño desierto. Un desierto que, como siempre, cuando es cruzado de la mano de Dios nos hace encontrarnos con su amor.
Pues bien, José es pillado a contrapié. Acoger a Jesús significa afrontar una situación no sólo no esperada, sino cargar con una situación difícil, y él no acepta. Su primera reacción es parecida a la de los que no tenían sitio en la posada porque no querían estrecharse. ¿No decimos que donde comen tres comen cuatro?, pero no si los tres quieren seguir como estaban. Y esto le pasa a José con María y Jesús.
La llegada de Jesús, esto aparecerá claro a lo largo de su ministerio, abre un mundo nuevo que no es fácil de acoger. Obliga al hombre a decidir si quiere vivir solo de sus criterios, no solo los malos, sino los del sentido común de la propia vida, o si se entrega del todo a vivir de los criterios de Dios, del mundo que abre en Jesús.
Vivimos tiempos en que se está produciendo un lento y silencioso abandono de la Iglesia, la asistencia a misa empieza a dejar huecos significativos en nuestras celebraciones. Me pregunto si el problema fundamental no será el mismo que tuvo que afrontar José. ¿Hay algo más que pecado en María? ¿Su seno lleva, en ese niño de venir extraño, al salvador del mundo? No es una situación de los que ya no están, es la tentación que hoy sentimos los que estamos. ¿Hay más que pecado y miseria en la Iglesia? porque lo primero todos lo conocemos, ¿entre sus envolturas se puede uno encontrar con el Salvador?
Creo que más que la vergüenza por el pecado de la Iglesia en estos momentos pesa el miedo ante el evangelio, ante su llamada. Y en medio de este miedo, Jesús callado en el vientre de María, de la Iglesia, nos vuelve a invitar a ponerlo todo en sus manos. José finalmente lo hizo y vaya si su paternidad incompleta fue fecunda. La Navidad nos invita a confiar en que lo que parece pérdida cuando se acoge a Jesús se transformará en riqueza y alegría para nosotros y para el mundo. Nosotros decidimos si abandonar a María o sostenerla, si abandonar la Iglesia o acoger en ella al Salvador.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Esperanza frente a decepción

AGUSTÍN MONTALVO
Domingo III de Adviento – Ciclo A
“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mt 11, 2-11)
No es extraño un sentimiento de frustración dentro de la generación que vivió con esperanza ilusionada algunos acontecimientos de los años 60 y 70 del pasado siglo: el final de la guerra fría, que propiciaba la esperanza de una convivencia pacífica en el mundo; el establecimiento de la democracia en nuestro país, que auguraba un futuro de libertad, de bienestar y de justicia; el concilio Vaticano II, como un soplo de aire fresco del Espíritu, que pretendía renovar interiormente a la Iglesia y ofrecer una imagen también renovada de ella misma, como servidora del mundo y cercana a las realidades de los hombres. Con el paso del tiempo hemos comprobado que las realizaciones no han respondido exactamente a las expectativas. Las tensiones han aparecido por otros lugares y las guerras o sus amenazas siguen presentes. La democracia tampoco ha impedido actitudes autoritarias, situaciones de corrupción o desigualdades hirientes. Y experimentamos que la realidad eclesial no está como para tirar cohetes. Para muchos tristemente el concilio ha significado un bello sueño, una anécdota irrelevante o incluso la causa de la actual situación. ¿Es posible esperar todavía?, se pregunta mucha gente.
Algo análogo le ocurrió a Juan el Bautista. Había aceptado la misión de preparar el camino al Mesías y lo había hecho con entrega y radicalidad. Lo había descrito como fuego devorador, con el bieldo en la mano para aventar y separar el grano de la paja, para distinguir a los buenos de los malos, en definitiva, para poner en orden las cosas con evidencia. Pero las noticias que le llegan a la prisión sobre la actividad de Jesús muestran otro signo y él empieza a dudar: ¿será este el esperado?
«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los inválidos andan (…) y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia» es la respuesta de Jesús. Frente a las actitudes contundentes y taxativas del Bautista las acciones del Mesías se manifiestan en términos de misericordia, de perdón, de confianza, de acogida.
«Dichoso el que no se sienta defraudado por mí», añade. Ciertamente en una cultura de la eficacia y del éxito inmediato los pequeños gestos de Jesús pueden parecer insignificantes y hasta inútiles. Alguien ha dicho que la espiritualidad necesaria en este momento no es la del éxito, sino la de la fidelidad, ni la del miedo, sino la de la confianza. La esperanza del Adviento en la vida nueva que el Hijo nos ofrece se manifiesta en la fidelidad en estos gestos suyos, que van cambiando la propia vida y la de nuestro entorno, y que son, al mismo tiempo, denuncia ante un mundo injusto e insolidario. Se descubre igualmente en la presencia de realidades positivas, acaso pequeñas, que la fuerza de lo negativo impide ver. ¿Qué son, si no, los servicios de tantas instituciones eclesiales en este tiempo de crisis, o la vida entregada y comprometida de muchas personas, de diferente condición o creencia, al servicio de los otros?
Sí, es posible y necesaria la esperanza.
domingo, 5 de diciembre de 2010
Sacar hijos de las piedras

JOSÉ ÁLVAREZ ESTEBAN
Tras la imponente relación de personajes, que ostentaban el poder en tiempos de Jesús, los evangelistas presentan a Juan el Bautista llamando al cambio y a la transformación interior, a dar frutos agradables a Dios. Andamos, ¿cómo negarlo?, necesitados de profetas como Juan que marquen otros caminos, otros rumbos; no importa de dónde vengan, si del este o del oeste, si de la política o de la religión, lo de menos será la raza… basta con que no se hayan contaminado con el virus común del sentir general o del oportunismo político, que no hayan respirado el ambiente viciado de la indiferencia.
Las cuevas y despeñaderos del Mar Muerto le enseñaron a Juan Bautista algo que a muchos nos está costando aprender, a otros muchos aceptar, que hay alguien que puede más, y está detrás, y urge preparar el corazón para el encuentro. El hijo de Isabel y Zacarías había limpiado su mente en las soledades del desierto; ¿dónde encontrar nosotros purificación?, ¿en qué contenedor desechar lo burdo, lo zafio, lo falso? Una sociedad con altos niveles de desarrollo, que aísla a tantos, necesita a Juan; una sociedad que priva a la vida y a los actos de sentido y deja a los hombres sin responsabilidad personal, necesita a Juan; una sociedad que lejos de preparar caminos y habilitar sendas está por cortarle el acceso a Dios, necesita a Juan; para desenmascarar a los que alardean de la verdad y compran afinidades, se necesita a Juan…
Curioso que un hombre que decía preparar el camino «al que puede más que él» no viera otra forma de lograrlo que dando curso legal a actitudes solidarias. Quizás eso es lo que dan a entender expresiones como las de preparar caminos, allanar senderos, enderezar e igualar, más propias de la ingeniería vial que de un manual de comportamiento. El «ande yo caliente y allá cada cual» es un nocivo planteamiento de la vida. En los momentos que vivimos estamos constatando, y no de muy buena gana, el peligro de la indiferencia, lo endeble de nuestras conquistas cuando se tambalea la Bolsa. Tiempos duros los nuestros, pero Dios en su bondad acostumbra a aparecer en los días de esterilidad. El que lo haga como un tierno infante es todo un signo y más si quien puede «sacar hijos de las piedras» es quien mandó a su Hijo a nacer bajo la piedra de una cueva. En el misterio de Belén, que estamos para celebrar, es el cielo el que está debajo de la tierra. En una oscura morada del suelo del mundo nació Jesucristo.
domingo, 28 de noviembre de 2010
En la espera de lo último

JESÚS GÓMEZ FERNÁNDEZ
Domingo I de Adviento - Ciclo A
domingo, 29 de noviembre de 2009
Preparando la casa

JESÚS GÓMEZ
Domingo I de Adviento – Ciclo C
“Estad siempre despiertos” (Lc 21, 25-36)
Si el Señor no construye la casa, si el Señor no guarda la ciudad… De ciudades está llena la tierra y las ciudades, de casas. Jerusalén y su templo, la casa de Dios, son la ciudad y la casa emblemas de toda la tierra. Emblema y emblematizado correrán la misma suerte. La destrucción del templo, la de Jerusalén y la destrucción de la tierra se confunden en un solo y único relato. El gobernador romano Gessio Floro, gobernante criminal y corrupto, irritó a los judíos hasta sublevarlos contra Roma. Los romanos arrasaron Jerusalén, destruyeron el templo y Floro se libró del juicio que le esperaba por su mal gobierno. Así fue la historia, historia de hombres, que, sin saberlo, realizan el designio de Dios.
En efecto, cuando Jesús se dirigió a Jerusalén para celebrar la Pascua, montado en un pollino y en medio de aclamaciones, al divisar la ciudad se echó a llorar: «¡Si conocieras en este día lo que te lleva a la paz!... Porque vendrán días en que tus enemigos te cercarán y te arrasarán y no dejarán en ti piedra sobre piedra por no haber conocido el día de tu salvación». Jerusalén no conoció ese día y los romanos, sin saberlo, cumplieron la palabra de Jesús.
Si el Señor no construye la casa, si el Señor no guarda la ciudad… Se imaginaban los judíos y, durante un tiempo, también los cristianos que el universo era una casa inmensa, la casa cósmica, con sus muros, techo y subsuelo, habitada por hombres y poblada de toda clase de animales. Entraba dentro de las posibilidades que algún día pudiera tambalearse, desplomarse su techo y agrietarse el pavimento. Basta que Dios le retirara su apoyo y lo emblematizado terminaría como el emblema. Tremendo el terror, el espanto y desconcierto de todo viviente, sobre todo del hombre si el techo llegara a desplomarse, agrietarse el pavimento y a tambalearse la casa. ¿Será posible? Al principio creó Dios el cielo y la tierra, es decir, al principio Dios puso en marcha el universo y lo encaminó hacia la salvación, que es la Vida. Con calma y sin prisas el universo se fue preparando para la aparición del hombre. Creó Dios al hombre a imagen suya según semejanza y lo puso al volante de la creación con normas y señales de tráfico. Todo a punto para que el universo llegase a buen término. Mal conductor el hombre. Un accidente por salirse de la calzada y causó la muerte. Dentro de unos días recordaremos el nacimiento de otro hombre, que ya no es «a imagen según semejanza», sino que es «la Imagen de Dios invisible»; Hombre, dotado de fuerza y poderío, que logró con gran esfuerzo enderezar la marcha del universo y encaminarlo de nuevo hacia la Vida.
Saber esperar conectados

PEPITA CORDOVILLA
Hay dos aspectos de nuestra vida que tienen mucho que ver con el Adviento. Por un lado vivimos en un tiempo deseoso de esperanza. Una esperanza que la expresamos continuamente, casi está de moda. No sé si porque lo creemos o simplemente porque deseamos que así sea. «Nosotros podemos», «es posible», «llegará», estos y otros slogans animan los proyectos hoy de la humanidad y los nuestros propios. Incluso en la escuela hay una «pedagogía de la esperanza»: educar es confiar en el desarrollo de la persona, es hacer posible que el niño adquiera unas competencias que le van a servir para vivir plenamente. Es largo el camino, pero llegará.
Otra característica de nuestra época es la conectividad. Internet ha abierto la ventana de las «redes sociales» y no sabemos todavía adónde nos llevará. Pero nos hemos puesto a camino, nadie quiere quedar fuera. Y ya se vislumbra la revolución social que significa. Pasamos de la Web.1 a la Web.2, pasamos de la información pasiva a la participación. Las redes sociales son lugar de encuentro, de intercambio, de interacción. Vivimos conectados, los jóvenes ya no imaginan un mundo sin comunidad en la red: los blogs, wikis…, Las redes sociales tienen millones de participantes activos que envían, corrigen y elaboran información. Son un sistema abierto y constructivo que está elaborando una inteligencia colectiva. La información mueve Internet, junto con los deseos de interacción social que tienen hoy las personas. Se entra en ellas porque se desea compartir intereses, necesidades y muchas veces romper el aislamiento que impone nuestra sociedad. La red es un lugar de encuentro. No es sólo un cambio de método, hay un cambio de actitud. ¿Será una reconfiguración social?
Desde este punto me conecto con el Adviento. ¿Tenemos los cristianos esta fuerte esperanza que otro mundo es posible? ¿Nos paramos en las críticas, lamentaciones? ¿O estamos todos los creyentes en una conexión 2.0, por decirlo con términos del día a día? No podemos más lamentarnos de lo mal que va el mundo, de los pocos fieles que quedan. Saber esperar es una característica de la persona adulta. Tenemos que esperar trabajando, ponernos en camino, revitalizar nuestra fe común, vivir conectados y hacer de la participación, el intercambio de la semilla del bien un germen de transformación, una fuerza de interacción social, una vida nueva en construcción. Nuestra fuerza es saber la buena noticia: es tiempo de luz nueva, por eso cantamos: «De luz nueva se viste la tierra, porque el sol del cielo ha venido. El Amor hizo nuevas las cosas, en la Virgen su Luz ha encendido».
