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domingo, 12 de junio de 2011

«Pentekosté»


JESÚS GÓMEZ

Domingo de Pentecostés – Ciclo A

“Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-23)

Los judíos celebran en la Pascua la salida de Egipto, la liberación de la esclavitud. La «fiesta de la siega» o «fiesta de las semanas» la celebran al día siguiente de cumplirse las siete semanas de la Pascua, o sea, al día quincuagésimo. Y «quincuagésimo», en griego «Pentekosté», es el nuevo nombre que le dieron a la fiesta los judíos de lengua griega. Ahora bien, todas las fiestas judías poseían una envoltura religiosa y la fiesta de la siega fue arropada con la conmemoración de la ley dada por Dios en el Sinaí. Según el cuarto evangelio Jesús, al momento de morir, entrega el Espíritu a los creyentes; en cambio, san Lucas traslada la donación del Espíritu al día de Pentecostés. Todo tiene su gracia. Al pasar de este mundo al Padre, termina Jesús su misión terrenal y en ese mismo momento comienza la misión del Espíritu Santo. Si el día de Pentecostés conmemora la ley del Sinaí, en virtud de la cual existe el pueblo judío, en ese mismo día sitúa el libro de los Hechos la venida del Espíritu Santo, que suplanta a la ley y da vida al pueblo cristiano.

En uno y otro caso la venida del Espíritu está íntimamente vinculada a la Iglesia. Al decir en el Credo: «Creo en el Espíritu Santo», acentuamos la individual personalidad del Espíritu, distinto del Padre y del Hijo; en cambio, su forma antiquísima decía «Creo en Espíritu Santo» (sin artículo) acentuando que el Espíritu es una donación de Cristo y, por lo tanto, parte de su obra salvadora.

Ahora bien, el Espíritu es como el viento: sopla donde quiere, oyes su voz, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va; su presencia se percibe únicamente a través de sus manifestaciones. Su primera manifestación es la Iglesia, la comunidad de creyentes. La irrupción del Espíritu Santo sobre los apóstoles, el discurso de Pedro a la multitud y el bautizo de unas tres mil personas no son tres hechos separables. Son partes de un único relato, de un único acontecimiento germinal que crece y se desarrolla: la Iglesia en la que estamos integrados. Con la venida del Espíritu nace la Iglesia y, porque en ella y en cada uno de sus miembros habita el mismo Espíritu de Cristo, con toda razón somos «Cuerpo de Cristo». Manifestación del Espíritu es la santidad de sus miembros pese a estar integrados en una Iglesia que es pecadora; su diversidad que implica diversidad de cometidos, personales e insustituibles; los diversos dones jerárquicos y carismáticos. Manifestación del Espíritu son los sacramentos, que son puro vacío sin la intervención del Espíritu. Manifestación suprema y última: Jesús nos dona el Espíritu de filiación adoptiva que nos hace hijos de Dios hasta el punto de llamarlo con todo derecho ¡Padre! Y siendo hijos, somos también herederos de Dios, coherederos con Cristo de su glorificación.

La Opinión-El Correo de Zamora, 12/06/11.

domingo, 5 de junio de 2011

El exceso de la fe


FRANCISCO GARCÍA MARTÍNEZ

Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo A

“Algunos vacilaban” (Mt 28, 16-20)

Quizá la fe pida demasiado. Quizá el amor sea una exageración. ¿Se puede de verdad creer lo que afirmamos creer?, ¿se puede de verdad amar como afirmamos que hay que hacerlo? En el fondo creer y amar son dos verbos siempre tan excesivos que cuando quieren hacerse verdaderos en nosotros son tratados como intrusos de no muy buenas intenciones por nuestro corazón y nuestra razón. Entonces, un ejército de anticuerpos reacciona en nosotros diciendo: «mejor adaptarse al mundo y no soñar», «mejor tener sentido común».

La fe, sin embargo, no quiere nunca adaptarse al mundo, la fe no quiere someterse nunca al sentido común. La fe solo quiere someterse a Cristo, ese loco de Dios que se dirigió a Él como Padre incluso cuando solo sentía su ausencia, que amó a los suyos incluso cuando éstos le daban la espalda. La fe confiesa que ese Cristo ha recibido el poder y la gloria para siempre, y al confesarlo se hace tan loca como él para los sabios y entendidos de este mundo.

La ascensión de la que nos habla hoy el evangelio de Mateo no es un viaje astral ni un paseo por los cielos, sino aquella situación que produce la palabra de Dios cuando pone finalmente todo en su sitio, cuando acoge lo que es suyo y deja fuera lo que no tiene sitio en Él. Aquel acto divino por el que Cristo es hecho partícipe del poder y la gloria del Padre. No se trata de llevarlo a algún sitio distinto, sino dejarlo en el mundo para siempre, pero del lado de Dios, ese lado que es intocable para el mal y la muerte.

Al lado de este Cristo que nos quiere junto a sí del lado eterno de Dios, vivir la fe consiste en no dejarse definir por el peso de nuestra fragilidad, sino por la ligereza que nos da el conocimiento de la gloria a la que somos llamados y que no tiene marcha atrás en el Padre; vivir la fe consiste en no dejarse definir por el deseo de ganar el mundo con sus bienes y vanidades, sino acogerlo como gracia para la vida compartida. Pero esto, ¡el que no lo sepa que lo aprenda ya!, apenas tiene sitio por estos mundos (que no son muy de Dios) y no es extraño que dudemos. Las vacilaciones de los discípulos frente a Cristo resucitado son un consuelo para las nuestras.

Celebramos hoy que donde no podía llegar la fuerza de la razón y del amor humano llegó Dios, y Cristo se hizo exceso de vida y amor para nosotros dándonos sitio en el mismo corazón de Dios. ¿No merecería la pena creerlo de verdad, vivirlo apasionadamente y ofrecerlo sin pudor para dar sentido a tanto bautismo frustrado?

La Opinión-El Correo de Zamora, 5/06/11.

jueves, 2 de junio de 2011

¿Qué es la verdad?


AGUSTÍN MONTALVO

Domingo VI de Pascua – Ciclo A

“Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14, 15-21)

¿Quién de los seguidores de Jesús no ha sentido alguna vez la impresión de que con respecto a quienes convivieron con él, escucharon sus palabras o fueron testigos de sus obras estamos en inferioridad de condiciones para conocerlo o seguirlo? Esa experiencia fue muy intensa entre las comunidades cristianas de finales del siglo I cuando fue escrito el cuarto evangelio. A esta situación trata de dar respuesta el evangelio de hoy, que probablemente a muchos les haya parecido muy complicado. «No os dejaré desamparados» dice Jesús. No estamos en inferioridad de condiciones porque él sigue estando siempre con nosotros en ese Defensor que enviará el Padre, el Espíritu de la Verdad.

«¿Qué es la verdad» Esa fue la pregunta que Pilato hizo a Jesús y que no obtuvo respuesta. Pero la respuesta no carece de importancia porque en ella nos jugamos mucho, tanto como la paz, la justicia, la libertad y otras muchas cosas importantes. De hecho la mentira, el ocultamiento de la verdad o las verdades a medias son moneda corriente en nuestra sociedad, y así nos luce el pelo.

Cuando la verdad es un concepto relativo que depende de quien lo profese o del número de quienes lo defiendan, la violencia, los abusos y discriminaciones no dejarán de existir. La manipulación de los hechos por medios de comunicación, la utilización de la mentira como arma por parte de grupos políticos, el impedir desde la autoridad el esclarecimiento de la verdad, el engaño y el fraude en grandes empresas o grupos financieros (fuente importante de la crisis actual), pensar, en definitiva, que cualquier medio es legítimo para lograr los objetivos conduce, además de a graves desórdenes, a la desmoralización de la sociedad en la que los individuos o pequeños grupos tendemos a reproducir en el nivel de que dispongamos idénticos comportamientos. También en la misma Iglesia identificamos a veces la verdad con nuestras opiniones o las del grupo afín dificultando o rompiendo la comunión que debe definirla.

Jesús responde a la pregunta en otras ocasiones: «Yo soy la Verdad». Él es la Verdad porque es la presencia visible del Dios Amor que quiere el bien y la felicidad de los humanos. Su encarnación y su entrega hasta la muerte evidencian ese Amor que se identifica con la Verdad. Por eso cuando el evangelio de hoy afirma «el que guarda mis mandamientos ese me ama» no se refiere a cumplir unos preceptos legales sino a vivir el que es su mandamiento: «Que os améis unos a otros como yo os he amado». Vivir así es vivir en la Verdad, la Verdad que libera y que salva.

El Espíritu de la Verdad prometido por el Señor en su despedida es su modo de continuar presente en este mundo para hacer posible que esa Verdad/Amor no sea solo una bella palabra sino una realidad, aunque limitada, que permita vivir de otra manera.

La Opinión-El Correo de Zamora, 29/05/11.

domingo, 22 de mayo de 2011

Donde estoy yo, estéis también vosotros


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo V de Pascua – Ciclo A

“Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14, 1-12)

Hoy nuestra atención se centra en las elecciones municipales y a las comunidades autónomas. Desde la primera hora de la Iglesia los Apóstoles han pedido a los cristianos tres cosas: la primera, que los cristianos seamos siempre ciudadanos ejemplares. Segundo, que recemos fervientemente a Dios para que los que ejercen el gobierno lo hagan conforme a la verdad, promoviendo el bien común. Tercero, el que siempre hay que obedecer a Dios. Pedimos en nuestras eucaristías pascuales de este domingo que Dios bendiga a todos nuestros representantes, del partido que fueren, para que su trabajo y su esfuerzo contribuyan a crear un futuro para todos.

La actualidad inmediata no debe hacer perder de vista que vivimos en un tiempo de salvación. Que el tiempo pasa muy rápidamente y que caminamos hacia un futuro que es el Reino de Dios. Lo que vivimos cotidianamente, en lo que debemos emplearnos a fondo, debe estar motivado por esa esperanza en un futuro pascual, en el que la plenitud de la Vida de Jesús será una realidad para todos los que, como dice la Escritura, tienen amor a su Venida. La liturgia de estas semanas que llamamos Tiempo Pascual corre el riesgo de evaporarse de nuestra conciencia porque hemos salido de una intensa, en tantos aspectos, Semana Santa, con sus procesiones y celebraciones y nos hemos podido sentir cansados. Este tiempo puede quedar reducido, una vez más, a lo estético, más flores y vestiduras blancas, o asfixiarnos por las muchas tareas pastorales de estos días: romerías, sanisidros, primeras-últimas comuniones, algunas confirmaciones, etc.

No obstante, este tiempo litúrgico tiene una vitalidad interior extraordinaria, la del Espíritu Santo, y a través, sobre todo, de la Palabra de Dios, de la Oración de los Horas y de la Eucaristía, descubrimos el actual e intenso «trabajo de Jesús», como aparece expresado en el evangelio de este domingo donde leemos: «Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, también estéis vosotros». La vida, la muerte y la resurrección son esa ida y vuelta de Jesús por nosotros y «a por nosotros». Ese trabajo de Jesús nos ha dado un futuro. No sólo un futuro «más allá», sino también el presente de una nueva conciencia (estamos siendo salvados), una nueva identidad (discípulos de Cristo), unos motivos para vivir (el amor de Dios), una nueva forma de relación humana (fraternidad), una vinculación estrechísima con Dios (hijos suyos) y todo por Jesús. Y para que lo sea, también para tantos que no lo saben o lo han olvidado rezamos con la liturgia de este día: «Oh Dios, que por el admirable intercambio de este Sacrificio (de Cristo) nos haces partícipes de tu divinidad, concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos».

La Opinión-El Correo de Zamora, 22/05/11.

domingo, 15 de mayo de 2011

Jesús, la única puerta


JESÚS GÓMEZ

Domingo IV de Pascua – Ciclo A

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10, 1-10)

Ser de Moisés o ser de «ése», es el dilema que le presentan los fariseos al ciego de nacimiento curado por Jesús. El ciego opta por Jesús y los fariseos lo expulsan de la sinagoga, es decir, del mundo regido por la Ley de Moisés. Jesús, para recibirlo en su comunidad, en la Iglesia, le exige una profesión de fe; vuelto hacia los fariseos, los acusa de estar ciegos y les propone un enigma: «El que no entra por la puerta del atrio de las ovejas… es ladrón. El que entra por la puerta es pastor de las ovejas… A éste el portero le abre y las ovejas oyen su voz, él las llama… por su nombre y las saca afuera… Va delante de ellas y las ovejas le siguen, porque conocen su voz; pero al extraño no le siguen…».

En el cuarto evangelio las ovejas nunca son ovejas de verdad. Son los miembros del pueblo de Dios que, cuando suben al encuentro con Dios, se ubican en el llamado atrio de los judíos del templo de Jerusalén. Jesús, que siempre ha enseñado en la sinagoga y el templo, sugiere de una manera velada que él es el pastor, es decir, el verdadero guía que conduce al pueblo hacia Dios. Implícitamente declara espurios a los fariseos y, en términos más amplios, a todo otro guía religioso. Acto seguido, mediante una serie de verbos desarrolla las relaciones entre él y los suyos, los creyentes, los cristianos. Los cristianos, los fieles, oyen y acogen su voz. Él los llama a cada uno por su nombre, los saca afuera, evocación de Dios que saca a su pueblo de Egipto. Los saca constituyéndolos en el verdadero pueblo de Dios. Él va delante con su cruz, es el primero en todo, y los cristianos le siguen, porque conocen su voz.

Evidentemente el enigma ya no habla de Jesús enfrentándose con los fariseos. En el enigma se está reflejando ya la vida de la Iglesia naciente. Iglesia en la que desde el principio hacen su aparición los extraños, las primeras sectas, las primeras herejías. Los fariseos no entendieron el enigma. ¿Lo entendemos nosotros? Jesús añade unas palabras más. ¿Para aclararlo o para oscurecerlo? Jesús proclama: «Yo soy la puerta». Antes él entraba por la puerta. Ahora se proclama la puerta. La única puerta que da acceso al encuentro con Dios. Quienquiera que se presente con pretensiones mesiánicas, gurúes, videntes, ideólogos, todos son salidas falsas, condenadas al fracaso y dañinas a la postre. Se cumplió con relación a los fariseos y se cumple con relación a cualquier ideología: quien entre y sale por Jesús, es decir, quien vive en el ámbito de Jesús, halla la vida. Quienes lo excluyen, destruyen al ser humano.

La Opinión-El Correo de Zamora, 15/05/11.

domingo, 8 de mayo de 2011

Torpes y necios


FRANCISCO GARCÍA MARTÍNEZ

Domingo III de Pascua – Ciclo A

"A ellos se les abrieron los ojos" (Jn 24, 13-45)

Todos sabemos que tenemos una asombrosa capacidad de filtrar la información que nos llega con acuerdo a lo que queremos, deseamos o tememos. Nuestros intereses, nuestras esperanzas, nuestros miedos, nuestros recelos... ejercen sobre nosotros un dominio mucho mayor del que quisiéramos reconocer a la hora de escuchar y comprender. Esto se concreta muchas veces en la incapacidad de entender lo que Dios nos dice, pues nos aferramos a la imagen que tenemos de Él y que a veces defendemos con uñas y dientes incluso frente a lo que escuchamos en el evangelio.

Hoy este evangelio nos señala cómo Jesús resucitado se acerca a unos discípulos que le habían acompañado, escuchado, creído, pero no habían superado su terrible muerte porque sólo habían sabido o querido escuchar las palabras sobre el poder y la alegría del Reino de Dios. Sin embargo, Jesús había hablado también de la dureza del corazón humano y de cómo había que sufrirlo con paciencia y con perdón para manifestar y hacer eficaz así el amor de Dios. Había hablado de la muerte que cada criatura como una semilla había de aceptar para que Dios la hiciese definitivamente fecunda en su eternidad... Pero, ¿quién quería oír esto?

¿No queremos también nosotros escuchar sólo esa parte del evangelio que habla de paz y armonía, de bienestar y tranquilidad, del «con Dios nada me pasará»...? La vida, sin embargo, no es así. La muerte no siempre es justa en sus elecciones, los que sufren no siempre son los que lo merecerían, los trabajos bien hechos no siempre dan buenos resultados... Y cuando esto pasa, cuando esto nos pasa, volvemos a casa sospechando que ni la fe ni el amor valen del todo para esta vida porque no dan resultado.

Creer en la resurrección no es lo mismo que creer en un Dios poderoso que organiza el mundo y la historia en todo lo que pasa, sino creer que sus planes de vida plena se cumplen siempre para los que se dejan envolver por ellos en fe y amor, aunque aquí y ahora sólo se vean las heridas que esta forma de vida conlleva. Quien no escucha esto, cuando los cristianos después de ver a Cristo crucificado nos quejamos todo el día de que «la gente es mala», de que «Dios olvida»... todavía no hemos escuchado que «el Mesías tenía que padecer» como nosotros en este mundo caduco e injusto, pero que Dios le ha resucitado para que todos vivamos en esperanza. Quizá debamos preguntarnos si no merecemos esas palabras de Jesús a los de Emaús: «Qué torpes y necios sois para creer lo que anunciaron los profetas».

La Opinión-El Correo de Zamora, 8/05/11.

jueves, 28 de abril de 2011

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo de Resurrección – Ciclo A

“Vio y creyó” (Jn 20, 1-9)

Amigos lectores: ¡Feliz Pascua! Curiosamente es más frecuente decir «Felices Pascuas» en Navidad que en esta fecha. Ciertamente es apropiado saludarnos así en Navidad, pero más aún en la fiesta de la Resurrección. El Nacimiento de Jesús es el comienzo de su Pascua; su Muerte y su Resurrección son su cumplimiento. Y con la fiesta de Pentecostés su Pascua lo será también para nosotros. Desgraciadamente, a veces empleamos esta expresión para referir alguna contrariedad o alguna faena: «me hicieron la pascua». Nosotros, por el contrario, decimos que el Señor nos haga la Pascua. Porque la Pascua es el paso de Jesús de un mundo de división, pecado y muerte, a la vida y la comunión con el Padre. La Pascua es nuestro futuro. El paso de la corrupción a la redención, del pecado al perdón, del aislamiento a la comunión. Por eso desde muy antiguo, en este día, los cristianos de todo el mundo se han saludado así: ¡Cristo ha resucitado! A lo que se responde: ¡Verdaderamente ha resucitado!

La fiesta de Pascua, que cada año coincide con el domingo que sigue a 14 de Nisán, es ante todo un anuncio. El anuncio de algo absolutamente extraordinario: la Resurrección de Jesús. Tan oído y tan desconocido a un tiempo. Algo que muchos, antes y ahora, no están dispuestos a aceptar y que incluso combaten con furia. Pero es algo que no podemos callar, ni dejar de anunciar. Nosotros, que no somos los testigos oculares de la Resurrección, somos portadores del testimonio de aquellos Testigos oculares, por eso decimos con ellos: «Él nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado Juez de vivos y muertos».

La fiesta de la Pascua es sobre todo una celebración. Entendiendo por celebración no sólo la evocación festiva de algo pasado sino, sobre todo, una forma de participación en esos acontecimiento salvíficos por medio de la Liturgia. La Pascua, que se celebra en varias secuencias, desde la Misa de la Última Cena, el Jueves Santo; la Liturgia de la Pasión, el Viernes Santo; y, sobre todo, la Vigilia Pascual, con la Misa del día del Pascua, nos «introduce» en estos acontecimientos de salvación, como reza la oración inicial de la Misa de Resurrección: «Señor Dios, en este día nos has abierto las puertas de la vida, por medio de tu Hijo vencedor de la muerte».

La fiesta de la Pascua es también una vivencia personal, una experiencia íntima de unión con Jesús, como decía el Santo Padre Benedicto XVI en la audiencia del Miércoles Santo: «en estas celebraciones podremos asomarnos a la intimidad de Jesús y a su voluntad firme de amar al Padre y serle fiel en todo, y aprender así de Él a imitarle en nuestra vida».

La Opinión-El Correo de Zamora, 24/04/11.

Hasta entonces no habían entendido


JOSÉ ÁLVAREZ ESTEBAN

Año tras año, con el paso del tiempo, las ciudades han ido creando sus propias maravillas. También Zamora. La iconografía religiosa, esa que hemos vulgarizado con el nombre de «pasos», ha sido tallada a golpes de fe y es desde la fe como se puede hacer una correcta lectura. Es visible en estos días de la Semana Santa por Zamora el deterioro de algunos comportamientos, el deterioro también de la cosmética ciudadana en el casco antiguo de la ciudad. Es laudable el esfuerzo realizado en «tapar» los desperfectos. Enhorabuena a quienes han tenido la feliz idea de colocar esos grandes carteles fotográficos, memoria y liturgia de un pasado religioso, espejo público donde mirarse, ya que no siempre reconocerse. El tiempo es inexorable. Quizás esas fotografías, en su perdido color, hayan sido más consistentes que el corazón moral de la ciudad, acusen y condenen a su modo esos desórdenes interiores que, año sí y otro también, refleja nuestra Semana Santa.

Hay una frase que siempre me ha impactado en esta representación, este drama, de la condena a muerte de Jesús: «Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos». El rechazo es unánime, es el pueblo entero quien la dice y quien la asume y no solo las autoridades judías. Una bravata esa afirmación, una salida de tono, diríamos, si no fuera porque en ella va firmada la muerte de Jesús. Y una ganancia y un beneficio para quienes en el tiempo han usufructuado y siguen beneficiándose de esa muerte. Su sangre ha caído y sigue cayendo sobre nosotros, el creyente se baña en esa sangre, lava sus vestidos, hace blanca y traslúcida su vida, se engalana para Dios.

Cuando se trata de afirmar la Resurrección de Cristo la lógica ordinaria se carga de dudas. La Resurrección es más que un postulado. Tampoco nosotros entendemos muchas cosas. ¿Qué quieren que les diga?, aquí el peso de la razón va sustituido por el obsequio de la fe. La fuente de certezas de las religiones no depende de la razón sino de una peculiar experiencia de lo divino, que ilumina la conciencia y transforma la vida. Vivimos en un momento duro y truculento y, si la miramos desde nosotros mismos, la fe se hace cada vez más sudada, más dolida. En el actual momento social y político la Iglesia, comunidad de creyentes, levanta la cabeza hacia su Señor crucificado, de quien se convierte en testigo. Sólo en las misteriosas ecuaciones del amor hay una lógica. El creyente colma el morral de su fe en la mañana de la Resurrección. En el sepulcro vacío de Jesús la cruz se vuelve esperanza, la salud nace de la herida.

La Opinión-El Correo de Zamora, 24/04/11.

sábado, 22 de mayo de 2010

Ven, Espíritu Divino


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo de Pentecostés – Ciclo C

“Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 19-23)

Termina hoy la celebración anual de la Pascua con la solemnidad de Pentecostés. Y podríamos saludarnos también con un: ¡Felices Pascuas! En plural, sí, porque la Pascua tiene tres momentos fundamentales: 1. La Encarnación y Nacimiento de Cristo. 2. Su Pasión, Muerte y Resurrección. 3. El envío del Espíritu Santo. Celebramos anualmente la Pascua de Jesús, que es su paso por nuestra existencia, pero no «de pasada», sino todo lo contrario, haciéndose uno de los nuestros, en todo semejante menos en el pecado, para conducirnos a Dios, tarea nada fácil. Pero también cada domingo que es la Pascua semanal. Incluso cada día, la Pascua diaria, mediante la celebración de la Eucaristía. Y esto es posible -es posible que el Señor pase a nuestro lado- gracias al Espíritu Santo; que ni es paloma, ni fuego, ni viento, sino un ser personal y divino, que con Cristo y el Padre forman la realidad del Dios único. Por eso decimos de él en el Credo: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo. Y que con el Padre y el Hijo recibe la misma adoración y gloria». Por medio de él, entre otras muchas cosas, es posible la fe, que hace que el testimonio de la Iglesia, de generación en generación, sea aceptado y creído, como si se tratase de una corazonada que te dice que es cierto que Cristo ha resucitado y está con nosotros. A este Espíritu nos dirigimos llenos de fe y de necesidades con el bellísimo himno: «Ven Espíritu Santo». Para quien no se lo conozca, que le eche ganas, tome papel y lápiz y lo escriba. Y si puede que se lo aprenda de memoria para rezarlo a menudo.

«Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén».

La Opinión-El Correo de Zamora, 23/05/10.

domingo, 16 de mayo de 2010

Al final, la bendición


JESÚS GÓMEZ

Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo C

“Mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo” (Lc 24, 46-53)

Cuando los años de la tierra se cuentan por miles de millones, los 30 que pasó Jesús en la tierra son como un día o menos que un día; como un instante que, sin embargo, contiene en sí todos los tiempos; porque él es anterior a todo y todo se mantiene en él. 30 años que Jesús, Dios y hombre verdadero, pasó haciendo el bien, sembró la tierra con su palabra, la regó con su sangre, «sangre y agua", y terminó muerto en la cruz, pero Dios lo resucitó. Los apóstoles son testigos. Según el evangelio de Lucas comenzaron esos años con la aparición del ángel Gabriel al sacerdote e incrédulo Zacarías a quien le anunció una gran alegría. Zacarías, al salir del santuario, no pudo bendecir al pueblo porque se había quedado mudo. Después se apareció a María de Nazaret y la colmó de alegría con la concepción virginal de su hijo e Hijo de Dios. Nueve meses más tarde un coro de ángeles anunció a unos pastores de Belén el nacimiento de Jesús y los llenó de alegría. Siempre de acuerdo con Lucas, aquellos años terminaron con la Ascensión de Jesús que, al separarse de sus discípulos, les dejó un reguero perenne de alegría. Nunca el cielo había derramado tanta alegría sobre la tierra.

Lucas es el único evangelista que menciona la Ascensión de Jesús resucitado y la menciona dos veces: en su evangelio, el mismo día de la resurrección, y en el libro de los Hechos 40 días después. Un templete circular recuerda el lugar y guarda una piedra marcada por los pies de Jesús antes de la Ascensión.

En su evangelio sugiere Lucas el significado de este misterio. Jesús sale del cenáculo con sus discípulos camino de Betania y al llegar al monte de los Olivos, alzando sus manos, los bendijo. Nunca había bendecido a nadie según Lucas. Al principio del evangelio Zacarías no pudo bendecir al pueblo y el pueblo, que esperaba orando, se quedó sin bendición. Pero al final Jesús resucitado bendice a sus discípulos, que postrados le adoran. El antiguo sacerdocio y el antiguo pueblo de Israel son suplantados por un nuevo sacerdote, Jesús resucitado, y por un nuevo pueblo, el pueblo cristiano. Porque en aquellos discípulos que adoraban a Jesús resucitado estamos representados y somos bendecidos cuantos también lo adoramos. Mientras Jesús los bendecía y ellos lo adoraban, se separó y era llevado al cielo. Ni Jesús volverá a pisar la tierra ni la tierra albergará a otro Cristo-Mesías. Llenos del Espíritu y de alegría los discípulos regresaron a Jerusalén. Es su tiempo y nuestro tiempo, el tiempo de la Iglesia. Tiempo de dar testimonio de Jesucristo y de alabar a Dios.

La Opinión-El Correo de Zamora, 16/05/10.

domingo, 18 de abril de 2010

No se apagará la voz de la Iglesia


JESÚS GÓMEZ

Domingo III de Pascua – Ciclo C

“Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21, 1-19)

Lo placentero, la prosperidad, la salud y otras muchas cosas las asociamos a lo bueno. A lo malo, por el contrario, asociamos otras muchas cosas: la enfermedad, la escasez y lo molesto. Dos palabras, lo bueno y lo malo, el bien y el mal, que condicionan nuestras vidas; sobre todo, en el orden más decisivo, el orden moral. En este orden el bien y el mal se confunden; no existe raya que los separe; son la cara y cruz de la misma moneda. Ideologías opuestas se alían como Herodes y Pilatos, para ponerlos en la picota; sin embargo, ni los Poderosos han logrado arrancarlas de la vida ni las Academias borrarlas de sus diccionarios. Si no existieran, como no existen en el mundo animal, seríamos como son los animales; sin libertad. No lo somos, pero nos acercamos mucho, cuando están borrosas o muy borrosas. Y puesto que no consiguen suprimirlas, regímenes totalitarios y regímenes relativistas las emborronan lo más que pueden. Hasta tal punto es así, que totalitarismo y relativismo son convertibles. Los dos anulan la libertad y los dos consideran al cristianismo como su enemigo más poderoso.

Es innegable que en el mundo occidental de hoy, en el orden político y en el mediático la Iglesia hace pupa; molesta, molesta, molesta y molesta demasiado porque se empeña en mantener muy claras y legibles esas dos palabras: lo bueno y lo malo, lo que es bueno y lo que es malo. Consiguientemente de una u otra forma se intenta apagar su voz. ¡Prohibido hablar!

«Os hemos prohibido hablar de ese hombre" dijeron las autoridades judías a los apóstoles. La expresión «ese hombre" está cargada de hostilidad y desprecio. ¿Por qué? Porque ese hombre hablaba con autoridad. «Es el Señor», como lo reconoce su discípulo. Señor absoluto y con autoridad absoluta; sin embargo es el Defensor absoluto de la libertad. Lógico que allí donde reinen sistemas totalitarios y relativistas moleste la existencia de otra autoridad absoluta que les salga al paso. Y en el orden moral, que envuelve toda actividad humana, les sale al paso Jesús, el Señor, a través de la Iglesia. Prohibido, pues, y bajo amenazas, hablar a la Iglesia. A la prohibición respondieron los apóstoles y seguimos respondiendo los cristianos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Entre las autoridades judías, como entre otras autoridades, un hombre honrado y conocedor de la Ley emite un dictamen disidente: «desistid de meteros con la Iglesia. Porque, si esa empresa proviene de hombres, se disolverá; si proviene de Dios, no podréis disolverla».

La Opinión-El Correo de Zamora, 18/04/10.

domingo, 11 de abril de 2010

La noche clara como el día


FRANCISCO GARCÍA MARTÍNEZ

Domingo II de Pascua – Ciclo C

“Se ha escrito para que creáis” (Jn 20, 19-31)

Ha pasado un día y vuelve la noche. Día intenso de carreras entre casa y el sepulcro. Se extendió el rumor de que el Señor había desaparecido y todos nerviosos han estado de aquí para allá, aunque apenas si han cambiado las cosas en casi ninguno de ellos. Y vuelve la noche con el silencio que despierta los miedos más íntimos del corazón de todos.

Se abre la noche y el anuncio de la resurrección apenas si tiene fuerza para entrar en ella, porque una cosa es hablar de día y otra muy distinta llevar las palabras de esperanza al fondo oscuro de la realidad, al silencio donde todo parece ser tragado por el frío de la noche que ve retrasarse la aurora y desespera en el lento y fatigoso paso del tiempo. ¿Qué hacer con las palabras si las heridas y los miedos, si la persistente dureza del camino son las únicas compañeras de nuestras noches? Encerrados, sin saber si por dentro o por fuera, sin saber muy bien si por los candados de nuestra renuncia a abrirnos a la vida o por la fuerza persistente del peso de la oscura realidad, demasiadas veces el miedo nos paraliza, la esperanza no tiene fuerza para cargar con nosotros y nuestra confianza en nosotros mismos sólo vale para soñar viendo inútiles Powerpoint de autoayuda.

Pero hay algunos que siguen en pie en medio de su oscuridad como si no se conformaran con ser como la hierba que se seca a la caída del sol. Algunos en medio de su oscuridad recuerdan la historia de Jesús, quieren atraer sus palabras y sus gestos esperando recibir un poco de luz. Y he aquí que estos son visitados: «Paz a vosotros», dice el Señor poniéndose en medio de ellos. Y la noche se ilumina con la luz de sus heridas. Porque no es el príncipe azul de los cuentos, sino el que ha atravesado, en este lado de la vida de los hombres, todo dolor y toda duda, todo odio y desesperación luchando con su fe y con su amor, poniéndose en las manos del Padre. Y es él el que de tú a tú les dice: «no tengáis miedo. Creed en mí y creed también en Dios».

Es este crucificado que ha vencido a la muerte el que entra en aquella habitación cerrada de nuestro interior, que nosotros no sabemos alumbrar y que nadie conoce del todo, para encender la esperanza y el amor en medio del dolor, el pecado y la desesperanza. Él espera a que dejemos de correr de aquí para allá y luego llama a la puerta. Si abrimos nos alentará la luz de sus heridas de amor y podremos caminar sabiendo que hay futuro. Y sólo habrá que decir: «Señor mío y Dios mío».

La Opinión-El Correo de Zamora, 11/04/10.

domingo, 4 de abril de 2010

Cristo ha resucitado


NARCISO-JESÚS LORENZO

Domingo de Pascua de Resurrección – Ciclo C

“Entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó” (Jn 20, 1-9)

Feliz Pascua, amigos lectores. Es mi más sincero deseo para todos. Celebramos la Resurrección de Jesús como conclusión de una semana en la que la Iglesia nos ha ofrecido la oportunidad de vivir sacramentalmente los acontecimientos principales de nuestra redención. Esto significa que a través de la liturgia Cristo se ha comprometido a hacerse presente entre los suyos hasta el final de la historia. «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos». A través de la Palabra de Dios proclamada y de las acciones rituales podemos comulgar, entrar en contacto con los acontecimientos de la Pasión, Muerte, Sepultura y Resurrección de Jesús. Porque todo en Cristo nos salva. Como aquella mujer que sufría hemorragias, que con sólo tocar la orla del manto de Jesús quedó curada, nosotros podemos, a través de los actos litúrgicos, asomarnos, por ejemplo, al sepulcro y descubrir que está vacío y oír decir al ángel: «No busquéis entre los muertos al que vive. Ha resucitado». Estos días hemos podido, además, escenificar en nuestras calles la Pasión del Señor, a través de los diversos desfiles procesionales (los que han podido salir). Muchos han rezado, desde hacer la señal de la cruz ante una imagen del Salvador o de la Virgen María que pasaba, hasta el sacrificio de salir descalzo, a pesar del frío y de la humedad, para sentir, como me dijera un niño hace algunos años, algo de lo que sufrió Jesús. La emoción nos ha embargado en muchos momentos, el último el de esta mañana cuando la imagen de María se ha encontrado con la de su Hijo Jesús y se ha desprendido de su manto de luto y de tristeza. Y hemos vuelto a ver cómo Ramón Álvarez, nuestro más grande imaginero, talló con gubia teológica el cuerpo del Resucitado como el de un adolescente, para expresar la nueva vida que el Padre infundió, mediante el Espíritu Santo, en la humanidad destruida de Jesús. Sólo permanecen en su cuerpo las señales de la Pasión, las heridas de su costado, de sus manos y de sus pies. Con ello el Señor nos está recordando que su vida en la tierra y su nueva vida en la gloria del Padre tienen un mismo denominador común: su pasión por la humanidad, dolorosa y gloriosa a la par.

La noticia de la Resurrección nos llena de alegría y de esperanza. Es la razón de ser de la fe de los cristianos y el fundamento de la Iglesia. Esta alegría, aunque se vea empañada algunas veces, se impone siempre y nos hace seguir caminando a pesar de las dificultades, debilidades y persecuciones. Termino esta pequeña reflexión con el saludo pascual entre los cristianos de oriente: «Cristo ha resucitado». A lo que se responde: «Verdaderamente ha resucitado».

La Opinión-El Correo de Zamora, 4/04/10.