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domingo, 11 de diciembre de 2011

Voz y testigo


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo III de Adviento – Ciclo B

“Juan venía como testigo para dar testimonio de la luz” (Jn 1, 6-8. 19-28)

Se dice que en este momento nuestra sociedad necesita testigos más que maestros, aunque seguramente no se pueda ser maestro si no se es testigo al mismo tiempo. Para la trasmisión de la fe hoy esto es indudable, no sólo porque así fue el encargo del Señor: «seréis mis testigos», sino porque cualquier otro camino es inútil. En otros tiempos, en los que la fe se trasmitía por contagio porque el ambiente era «cristiano», el testimonio tal vez fuera menos necesario; hoy, en cambio, es imprescindible.

Como Juan, «que venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe», los seguidores de Jesús están llamados a ser luz, no escondida bajo el celemín, sino puesta sobre el candelero. En tiempos difíciles existe la tentación de replegarse al interior de la comunidad o del templo por miedo o por cobardía. Entonces, acaso sin saberlo, muchos nos dirán como la judía ciega de «El padre humillado» de Claudel a su amigo cristiano: «Vosotros los que veis, ¿qué habéis hecho de la luz?».

Juan es también «la voz que grita en el desierto». Entre tantas voces que gritan desde todas partes y que invitan a gozar, a votar, a comprar, a indignarse, a firmar, a evadirse… hoy también el Salvador necesita que su voz sea escuchada, y son sus discípulos quienes tienen que prestarle la propia para hacerlo posible. Testimonio y voz son el medio a través del que hoy el que es Luz y Vida se ha de hacer presente en nuestro mundo, escaso de ambas realidades. Testimonio y voz que no son otra cosa sino la vida coherente de los cristianos, su palabra oportuna y su presencia visible.

Es probable que muchas veces esta voz sea voz que grita en el desierto de la indiferencia o del prejuicio hostil, y experimente el cansancio y la tentación de abandonar, pero el testigo tiene que responder no del éxito, sino de la fidelidad al mensaje y a quien lo encomienda.

¿Tú quién eres?, le preguntan al Bautista. Y él responde con humildad: «yo no soy el Mesías ni Elías; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, al que no soy digno de desatarle la correa de la sandalia». El testigo tiene que tener su misma modestia. Sabe, y lo manifiesta con claridad, que no se anuncia a sí mismo, sino a Otro, y que ha de dejar espacio a la libertad de los otros. La Iglesia y cada uno de sus miembros deben cuidar mucho el evitar que su protagonismo impida la trasparencia de quien es realmente la Luz. Y esto no siempre es fácil.

La Opinión-El Correo de Zamora, 11/12/11.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Guardar por miedo


AGUSTÍN MONTALVO

Domingo XXXIII del tiempo ordinario – Ciclo A

“Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra” (Mt 25, 14-30)

Cuántas veces hemos escuchado y nos han comentado la parábola de los talentos que hoy se nos repite de nuevo. Tendría que sorprendernos la dureza de Jesús con el tercero de los criados. ¿Qué había hecho de malo para ser juzgado tan severamente? No había malgastado ni perdido el talento entregado, estaba intacto, tal vez con algo de moho por la humedad de la tierra, pero ¿eso es malo? Sin duda el gran pecado de aquel hombre fue el miedo, la cobardía, aquello que lo llevó a guardar.

Son innumerables las ocasiones en las que en el evangelio se alaban las acciones positivas y se fustigan las omisiones. Recordemos la parábola del buen samaritano, el juicio final, la luz sobre el candelero para alumbrar y no bajo el celemín, «entra mar adentro»… No es un buen seguidor de Jesús quien se contenta con no hacer nada malo. «Yo no robo ni mato ni hago mal a nadie» dicen muchos, creyéndose por ello buenos cristianos. Claro que eso es necesario, pero absolutamente insuficiente.

En el lenguaje piadoso abundan palabras como guardar, conservar, preservar… que no dejan de tener un cierto tufillo a un cristianismo «en conserva». Se habla de conservar la fe, la gracia, la vocación, etc. Pero la fe no se conserva, se vive y nos aviva; la gracia se aumenta; la vocación tampoco se guarda, se realiza en una misión. Dios no sólo concede cualidades, da la fe y con ella una misión que es viva y dinámica, para vivirla con valentía y una buena dosis de riesgo. Cuando las situaciones se tornan difíciles nos entra miedo y tendemos a la involución, a la seguridad, a guardar y conservar, al conservadurismo en definitiva, tentación constante en la Iglesia. De nuevo el Papa nos convoca a una Nueva Evangelización, que requiere «nuevo ardor, nuevos métodos, nuevas expresiones», en palabras de su predecesor. A transmitir la Buena Noticia de siempre, sin rebajas ni adulteraciones, pero de manera adecuada al tiempo presente, y esto requiere audacia.

¿Qué habría sido del cristianismo sin el coraje de Pablo enfrentándose a Santiago y a los judaizantes? ¿No supuso un gran avance para la teología la introducción por santo Tomás de la filosofía pagana griega, con gran escándalo para muchos? ¿De qué serviría hoy esta teología si se hubiera estancado en el siglo XIII y no hubiera recibido nuevas aportaciones de otros grandes teólogos posteriores, entre ellos de Ratzinger?

Esta parábola de los talentos tiene que hacer pensar también a muchos laicos si no están llamados a complicarse la vida en la actividad política para contribuir desde su fe a promover la justicia, la libertad, el respeto a los valores, la honradez… Y a todos a evitar la añoranza estéril y el miedo paralizante. Que no tenga que decirnos el Señor: «Hombres de poca fe, ¿por qué tenéis miedo?». Claro que el coraje y la intrepidez están tan lejos de la temeridad y la insensatez como de la cobardía y la pusilanimidad.

La Opinión-El Correo de Zamora, 13/11/11.

martes, 18 de octubre de 2011

Dios y el César


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo XXIX del tiempo ordinario – Ciclo A

“Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mat 22, 15-21)

Una vez más el evangelio nos sitúa ante la relación entre la fe y lo temporal, tema espinoso en el que no resulta fácil ponerse de acuerdo. No han faltado ni faltan quienes creen que es la autoridad política quien ha de regular todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos, ni faltan césares que se han creído y se creen dioses. Abundan también los partidarios de la teocracia, afirmando que son los códigos religiosos los que han de guiar incluso la vida social y política de los pueblos (países enteros la siguen practicando). Y son muchos quienes apoyados en la frase evangélica defienden una radical separación entre la fe y lo temporal como dos realidades paralelas, reduciendo lo religioso al ámbito de lo privado y recluyéndolo en los templos o en las sacristías.

Es ésta una manipulación del pensamiento de Jesús, sacando una frase del contexto del relato y de todo el evangelio. El que dijo «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia» está diciendo a quienes le preguntan sobre el impuesto de Roma que hay que saber poner a Dios en el lugar que le corresponde como Dios, y al César en el que también le compete como autoridad sobre hombres que pertenecen a Dios porque son sus hijos, en modo alguno quiere situar al mismo nivel a ambos acreedores.

El concilio Vaticano II trató de ofrecer luz sobre este tema cuando habla de la «justa autonomía de la realidad terrena». Cuando por ella se entiende «que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar paulatinamente es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía». Pero si quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que el hombre puede usarla sin referencia al Creador o contra él, esto no lo podrá aceptar ningún creyente de cualquier religión.

Esto no significa que los creyentes no estén sometidos a las leyes civiles, o puedan desentenderse de la marcha de este mundo. Al contrario, la fe los obliga a comprometerse activamente en su desarrollo. San Pablo manda en algunas de sus cartas a los cristianos obedecer a las autoridades legítimas, y los apóstoles ante los tribunales afirman que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Las leyes civiles son de obligado cumplimiento para todos, pero estas leyes plantean graves problemas de conciencia cuando ofenden la dignidad de hijos de Dios, cuyo rostro está impreso no en una moneda, sino en las personas. Esto sucede cuando no respetan la vida, la dignidad, la libertad religiosa o de pensamiento, cuando convierten a los seres humanos en mercancía o en objeto… Entonces tendremos que aplicar, adaptado con las debidas matizaciones, lo que bellamente expresa Calderón por boca de Pedro Crespo, el alcalde de Zalamea: «Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios».

La Opinión-El Correo de Zamora, 16/10/11.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Sin derecho a reclamar


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo XXV del tiempo ordinario – Ciclo A

“¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” (Mt 20, 1-10)

Cuando creemos conocer a una persona en profundidad pensamos que ya sabemos cómo va a reaccionar ante determinadas situaciones, qué podemos esperar de ella… pero con frecuencia nos equivocamos. Cuando esto lo pensamos refiriéndonos a Dios, además de errar, perdemos la capacidad de sorprendernos, y cerramos la posibilidad de conocerlo cada día un poco más. Porque a Dios no podemos encerrarlo en nuestros esquemas, siempre es sorprendente y no actúa de acuerdo a nuestras expectativas. «Mis planes no son vuestros planes ni vuestros caminos son mis caminos», nos ha dicho a través de Isaías en la 1ª lectura de la misa de hoy.

Esto queda patente en la parábola del evangelio. ¿En qué cabeza cabe que al final de la jornada reciban la misma paga quienes han trabajado las doce horas que los que sólo han dado el callo en la última? Allí estarían los representantes sindicales para exigir justicia, y probablemente no les faltaría razón. Pero cabe en la cabeza de Dios y en la de quienes se dejan seducir por su Palabra, entran en su atmósfera y lo van conociendo de verdad.

Con Dios no caben relaciones contractuales ni, por tanto, podemos concebir la religión en clave comercial, que pueda ser entendida como adquisición de derechos ante Él.

Trabajar en la viña del Señor es una gracia, por eso estar desde la primera hora viviendo y colaborando en su viña/reino ya es en sí una recompensa. Quien es capaz de experimentarlo gozosamente como don participa de la alegría del Dueño abriendo el campo para todos. Sentir envidia (de «in-videre», no ver) es eso, tener una visión miope de la justicia, incapaz de ensanchar la mirada para compartir la justicia de Dios, la que justifica, la que salva, la que es amor y quiere acoger a todos en su reino de Vida para el que no hay limitación de hora, del que únicamente se excluyen los que voluntariamente se niegan a trabajar en él.

Jesús se dirige a los judíos, los primeros invitados, que no aceptan ser tratados como los paganos, los últimos en llegar, pero en el evangelio se habla con frecuencia de otros «últimos» que serán «primeros»: pecadores, publicanos, leprosos, niños, insignificantes… Da un cierto «respeto» traducir hoy estos «últimos» y ponerles nombres concretos para formar parte de la viña del Señor en igualdad de condiciones.

De lo que sí podemos estar seguros es de que a nuestro mundo y a nuestra sociedad no le vendría nada mal que se viviera, aunque fuera sólo un poco, este novedoso concepto de justicia que hoy presenta la parábola de los invitados a la viña, y que fuera algo más que una propuesta demagógica en campaña electoral.

La Opinión-El Correo de Zamora, 18/09/11.

jueves, 25 de agosto de 2011

¿Pasado histórico o presente dinámico?


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo XXI del tiempo ordinario – Ciclo A

“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 13-20)

Juan el Bautista, Elías, Jeremías…, con algunos de esos grandes personajes de su historia identificaban a Jesús los judíos, según reflejan las respuestas a la pregunta que dirige a sus discípulos sobre lo que la gente pensaba acerca de su identidad. Lo intuyen como alguien importante, pero perteneciente al pasado. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» les suelta a bocajarro. En nombre de todos Simón responde: «Tú eres el Mesías», es decir, el que esperábamos y está entre nosotros. ¿No tenemos con frecuencia la impresión de que para muchos cristianos Jesús sigue siendo un personaje del pasado? Ya no es uno de los profetas, conocemos su vida, rezamos ante sus imágenes, representamos bellamente su pasión, muerte y resurrección, pero… con traje de época, histórico. A veces incluso no se acierta a distinguir entre la Eucaristía y una reliquia de algún santo.

Un personaje histórico suscita admiración, emociona, crea simpatía, invita a saber más sobre él, incluso mueve a imitarlo. Pero Jesús pide seguirlo: «El que quiera venirse conmigo niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga», continúa el evangelio unas líneas más adelante, y eso no puede hacerse por un recuerdo, sino únicamente por alguien vivo, cercano y especialmente significativo. Por ello es muy importante que quienes hoy escuchamos el evangelio sintamos la pregunta como dirigida personalmente a cada uno: ¿quién es Jesús para mí? y tratemos de darle respuesta.

La respuesta de Simón da pie a Jesús para cambiarle el nombre: «Tú eres Pedro», indicando la misión que le confía, la de ser piedra que da solidez y unidad a su Iglesia y confirmar con autoridad la fe de sus hermanos.

Quien ocupa su lugar en este momento, el papa Benedicto XVI, se encuentra entre nosotros para presentar a los jóvenes (y a los no tan jóvenes) a este Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el que sigue estando vivo y cercano en este siglo XXI como Señor y como amigo, capaz de dar sentido pleno a una vida, y orientación verdadera en las inquietudes y búsquedas. No viene a adoctrinar ni a condenar. Viene a proponer a Jesús como raíz y como centro de la vida. «Arraigados en Cristo, firmes en la fe» es el lema de esta XXVIª JMJ. Viene a sembrar ilusión y a invitar a seguirlo con valentía y generosidad. Ser cristiano no es algo pasado de moda, propio de otra época más oscura. Seguir a Jesús no es mirar para atrás y añorar el pasado, sino mirar hacia adelante y afrontar el futuro, por oscuro que se presente, con esperanza y esfuerzo. Cristo y su mensaje son vivos y actuales ayer, hoy y siempre.

La Opinión-El Correo de Zamora, 21/08/11.

domingo, 24 de julio de 2011

¿Piedra preciosa o pedrada?


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo XVII del tiempo ordinario – Ciclo A

“El Reino de los Cielos se parece a un comerciante de perlas finas” (Mt 13, 44-52)

«La Perla» es el título de una preciosa novela del Nobel John Steibeck, tal vez algunos (ya no jóvenes) recuerden la película que con su argumento dirigió «el indio» Fernández. Es una parábola. Un humilde pescador de perlas logra un día una de extraordinario valor y piensa que aquel hallazgo dará un vuelco a su vida sacando a su familia de la pobreza, pero en realidad el vuelco consistirá en convertirla en una tragedia, por lo que acaba por arrojar la joya al mar.

En el evangelio de hoy Jesús con otra parábola compara el Reino de los Cielos con una perla preciosa por la que merece la pena dejarlo todo, relativizar todo lo demás, porque ella sí da la felicidad, en ella se encuentra el verdadero sentido de la vida. Quién lo diría viendo la vida de tantos cristianos con talante resignado, observando mediocre y rutinariamente los «deberes religiosos», viviendo la fe como un peso o una obligación más que como un don y una fuente de paz y gozo profundos. Parece que más que haber encontrado la piedra preciosa les «ha tocado la china».

Muchos piensan que los cristianos somos unas personas resignadas y negativas, como si el Dios en quien creemos fuera un aguafiestas obligando únicamente a renunciar. (Hemos de reconocer que a veces damos pie para pensar así). Pero «discípulo de Cristo no es alguien que ha "dejado", es alguien que ha "encontrado"» (Pronzato).

Los niños quieren tenerlo todo al mismo tiempo, pero cualquiera sabe por experiencia que para poseer una cosa hay que renunciar a otras, el problema está en discernir cuál es el valor de lo uno y lo otro y elegir en función de ello. Jesús enseña que Él y su seguimiento son lo único que sacia el deseo humano más profundo de plenitud y felicidad. Pero alcanzarlo, claro está, tiene un precio a veces alto. Un verdadero cristiano no busca la renuncia, elige lo mejor y aquella es la consecuencia. Y siempre merece la pena. La historia está poblada de grandes santos que lo han vivido en grado sublime: ¿Quién puede decir, por ejemplo, que un Francisco de Asís fue un infeliz por haber renunciado a su holgada posición social y abrazado la absoluta pobreza tras su elección de Cristo como único Señor con quien se había encontrado? Es difícil encontrar una persona más libre y más feliz que el «poverello» de Asís.

Pero ¡ojo!, todas las parábolas del Reino hablan de este como algo dinámico, que requiere esfuerzo. La perla no viene a las manos sin más, hay que buscarla. Y no la tenemos para conservarla únicamente, porque nos acostumbramos a ella y va perdiendo brillo y valor, se trata de dejarnos maravillar por ella cada día y de ponerla constantemente en valor.

La Opinión-El Correo de Zamora, 24/07/11.

domingo, 26 de junio de 2011

Una comida muy especial


AGUSTÍN MONTALVO

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo – Ciclo A

“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6, 51-59)

Tras las, como mínimo, sorprendentes afirmaciones de Jesús acerca del Pan de Vida no es extraña la reacción escandalizada ni la escapada de los judíos. Si muchos de nosotros nos pusiéramos a pensar en serio las palabras del evangelio de hoy tal vez tendríamos una reacción similar. Pero ya no nos impresionan, acaso por inconsciencia o por rutina, o quizá porque ya profundamente asumidas forman parte de nuestra espiritualidad, y por experiencia hemos podido decir como Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir si sólo tú tienes palabras de vida eterna?» ¡Ojalá! Pero no deja de sorprender que santos y teólogos de la talla de Tomás de Aquino ante el misterio que hoy celebramos hayan sentido la necesidad de manifestar su asombro y su gratitud con himnos y oraciones como los que desde hace siglos el pueblo cristiano ha cantado y rezado, y sigue haciéndolo tal vez sin darse cuenta de lo que dice.

Extraña comida el cuerpo y la sangre del Señor. Sí, extraña, pero saludable y necesaria comida, porque sin ella «no tendréis vida en vosotros», dice el mismo Jesús. Como los hebreos en el desierto pudieron sobrevivir en su andadura hacia la Tierra Prometida con el misterioso maná como alimento, nosotros necesitamos este Pan de Vida, del que aquel maná fue un claro aunque débil signo, para poder hacer con fortaleza la peregrinación que es esta vida.

Es asimismo el pan de la unidad. El cuerpo eucarístico es el mismo cuerpo nacido de María. Comer ese cuerpo es comulgar con el que nació en Belén y murió en Jerusalén. Es comulgar con su persona, con su vida, con su mensaje, con sus promesas. De otra forma puede convertirse en un rito vacío. Y es intentar vivir como tarea la unidad que en él se nos ofrece como don. «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos el mismo pan», escucharemos hoy también a san Pablo. Ya san Ignacio de Antioquía a comienzos del siglo II identifica el cuerpo físico de Jesús, el dado a luz por María, con el cuerpo sacramental presente misteriosamente en el pan y en el vino, y con su cuerpo que es la Iglesia, el cuerpo místico que se dirá más tarde.

Pero comer este pan es entrar también en comunión con todos los hombres, con los que el Hijo de Dios se solidarizó al encarnarse. De un modo especial con los necesitados, con los sufrientes, con los marginados. No es por casualidad por lo que hoy celebramos el «Día Nacional de Caridad».

La Opinión-El Correo de Zamora, 26/06/11.

jueves, 2 de junio de 2011

¿Qué es la verdad?


AGUSTÍN MONTALVO

Domingo VI de Pascua – Ciclo A

“Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad” (Jn 14, 15-21)

¿Quién de los seguidores de Jesús no ha sentido alguna vez la impresión de que con respecto a quienes convivieron con él, escucharon sus palabras o fueron testigos de sus obras estamos en inferioridad de condiciones para conocerlo o seguirlo? Esa experiencia fue muy intensa entre las comunidades cristianas de finales del siglo I cuando fue escrito el cuarto evangelio. A esta situación trata de dar respuesta el evangelio de hoy, que probablemente a muchos les haya parecido muy complicado. «No os dejaré desamparados» dice Jesús. No estamos en inferioridad de condiciones porque él sigue estando siempre con nosotros en ese Defensor que enviará el Padre, el Espíritu de la Verdad.

«¿Qué es la verdad» Esa fue la pregunta que Pilato hizo a Jesús y que no obtuvo respuesta. Pero la respuesta no carece de importancia porque en ella nos jugamos mucho, tanto como la paz, la justicia, la libertad y otras muchas cosas importantes. De hecho la mentira, el ocultamiento de la verdad o las verdades a medias son moneda corriente en nuestra sociedad, y así nos luce el pelo.

Cuando la verdad es un concepto relativo que depende de quien lo profese o del número de quienes lo defiendan, la violencia, los abusos y discriminaciones no dejarán de existir. La manipulación de los hechos por medios de comunicación, la utilización de la mentira como arma por parte de grupos políticos, el impedir desde la autoridad el esclarecimiento de la verdad, el engaño y el fraude en grandes empresas o grupos financieros (fuente importante de la crisis actual), pensar, en definitiva, que cualquier medio es legítimo para lograr los objetivos conduce, además de a graves desórdenes, a la desmoralización de la sociedad en la que los individuos o pequeños grupos tendemos a reproducir en el nivel de que dispongamos idénticos comportamientos. También en la misma Iglesia identificamos a veces la verdad con nuestras opiniones o las del grupo afín dificultando o rompiendo la comunión que debe definirla.

Jesús responde a la pregunta en otras ocasiones: «Yo soy la Verdad». Él es la Verdad porque es la presencia visible del Dios Amor que quiere el bien y la felicidad de los humanos. Su encarnación y su entrega hasta la muerte evidencian ese Amor que se identifica con la Verdad. Por eso cuando el evangelio de hoy afirma «el que guarda mis mandamientos ese me ama» no se refiere a cumplir unos preceptos legales sino a vivir el que es su mandamiento: «Que os améis unos a otros como yo os he amado». Vivir así es vivir en la Verdad, la Verdad que libera y que salva.

El Espíritu de la Verdad prometido por el Señor en su despedida es su modo de continuar presente en este mundo para hacer posible que esa Verdad/Amor no sea solo una bella palabra sino una realidad, aunque limitada, que permita vivir de otra manera.

La Opinión-El Correo de Zamora, 29/05/11.

domingo, 27 de marzo de 2011

Agua que sacia


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo III de Cuaresma – Ciclo A

“El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed” (Jn 4, 5-42)

A la hora de ponerme a redactar el comentario de este domingo me ha costado decantarme por un aspecto concreto, ante la riqueza de temas que ofrece el precioso relato de la samaritana que presenta el evangelio de hoy. Por eso animo a releerlo con calma y con fe. Al final me he decidido por el más obvio, el que se presentaba a los catecúmenos en las últimas catequesis previas a su bautismo, y el que se nos ofrece a nosotros antes de la renovación bautismal en la próxima Pascua: Jesús es el agua viva, la respuesta definitiva de sentido a las aspiraciones más profundas del ser humano.

Es un tema siempre interesante, pero que en este momento adquiere especial actualidad. Hay en los hombres y mujeres una sed innata de ser más, de llegar más arriba en todas sus capacidades, y esta sed es motor de búsqueda para lograrlo. Sin duda el mundo ha conseguido elevadas cotas en muchos ámbitos del saber, de la sanidad, de la tecnología, de la economía, etc. Pero la experiencia le muestra tozudamente que esos logros no le han dado la felicidad ni el sentido último de la vida. El mapa del hambre no se reduce, ni las guerras han perdido virulencia, ni podemos detener las catástrofes naturales, las nuevas energías que el hombre ha puesto en funcionamiento escapan muchas veces a su control, la crisis económica hace tambalearse a las economías potentes y hundirse a las frágiles.

Todo esto genera una situación de desencanto, de desconfianza y hasta de impotencia, signo de las esperanzas insatisfechas, que llega al ámbito de la política, de lo social e incluso de lo religioso cuando no está correctamente orientado. Y surgen amenazantes el miedo al futuro y la añoranza de la seguridad (¿) del pasado.

Jesús de Nazaret, el que anuncia a la samaritana insatisfecha un agua que brota hasta la vida eterna, se presenta hoy como la respuesta definitiva a la búsqueda de los últimos por qué y para qué, la esperanza ante el desencanto y la frustración, el agua definitiva por la que quien la beba no volverá a tener sed.

¿Quiere esto decir que no merecen la pena los esfuerzos por el desarrollo? De ninguna manera; el «trabajad la tierra y sometedla» del principio significa la bendición divina que promueve y dignifica esos esfuerzos. Pero el hombre debe saber que él no puede, como un nuevo Adán o Prometeo, pretender ser como Dios. El Señor y los valores de fraternidad, de paz, de amor… que encarna la nueva vida que él ofrece son el agua viva que fecunda y que hace verdaderamente humano todo esfuerzo por el desarrollo y toda conquista social, económica o tecnológica.

La Opinión-El Correo de Zamora, 27/03/11.

domingo, 6 de marzo de 2011

Obras son amores


AGUSTÍN MONTALVO

Domingo IX del tiempo ordinario – Ciclo A

“No todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7, 21-27)

Estamos acostumbrados a ver cómo en muchos ámbitos de la sociedad mantener buenas relaciones o estar cercanos a personajes influyentes o poderosos suele resultar beneficioso. Se puede pensar que esto mismo sucede en el ámbito de la fe y que pertenecer, los signos externos, las tradiciones... garantizan la autenticidad de esta. Pero Jesús en el evangelio de hoy se encarga de desmentirlo categóricamente: no bastan las palabras, se necesita la coherencia que la vida práctica verifica, «obras son amores».

Hoy leemos el final del llamado sermón del monte que hemos ido escuchando en los últimos cuatro domingos, y alguno pensará: «qué final tan prosaico para un discurso tan sublime». Recordemos: «Dichosos los pobres en el espíritu… los sufridos… los pacificadores…»; «Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra»; «Amad a vuestros enemigos»; «No andéis agobiados pensando qué comeréis o con qué os vestiréis»… Y alguien seguirá pensando: «extraordinario, nadie en el mundo ha hecho una propuesta tan hermosa, pero… es una utopía, un sueño irrealizable, hay que pisar tierra porque vivimos en el mundo en que vivimos», y reducirá (reduciremos) la fe al mínimo imprescindible para seguir subsistiendo.

Pero ¿alguien puede pensar que Jesús quiso añadir una página más de poesía a la historia de la literatura o proponer un ideal que condene a sus seguidores como a un nuevo Sísifo a un continuo esfuerzo infructuoso? «La predicación del Señor no se orienta a la admiración, sino al compromiso. Él no habla para que nosotros digamos «qué bonito» sino para que nos convenzamos de que aquel pan está hecho para nuestra boca y de que aquellas palabras han de transformar nuestra conducta» (Pronzato). Es verdad que el mensaje de Jesús es admirable porque va mucho más allá de lo que los humanos consideramos razonable, pero no hasta el punto de dejar extasiados y paralizar, ni siquiera de desanimar por su elevación. No es un mensaje teórico, Él lo encarnó, lo hizo vida, y por eso lo propone a sus discípulos para que lo imiten. Hacerlo es proceder prudentemente. Quien escucha sus palabras y las pone en práctica es sensato, como el que edifica su casa sobre cimiento de roca; por el contrario, quien solamente las escucha es necio, semejante al que edifica sobre arena. El primero asegura el éxito de su existencia cristiana, el segundo el fracaso.

Sí, Jesús propone una utopía, pero no una ensoñación, Ofrece un ideal inalcanzable en su plenitud, pero con dinamismo capaz de movilizar a sus seguidores en la búsqueda esperanzada y eficaz de acercarse a él. Ese ideal es el mismo Jesús que, además, nunca nos deja abandonados a nuestras débiles fuerzas, sino que nos acompaña y fortalece.

La Opinión-El Correo de Zamora, 6/03/11.

domingo, 6 de febrero de 2011

¿Sal o luz? Sal y luz


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo V del tiempo ordinario – Ciclo A

“Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13-16)

Hay realidades contradictorias imposibles de compaginar, pero también existen realidades diferentes ante las que tanto en la sociedad como en la Iglesia con frecuencia nos situamos en actitud excluyente, y normalmente es mejor sumar que restar, integrar que excluir. El evangelio de hoy ofrece una muestra de ello. Después del retrato de seguidor suyo que en la proclamación de las bienaventuranzas nos hacía el domingo pasado, hoy el Maestro manifiesta la misión del mismo en el mundo y el modo de llevarla a cabo, con dos imágenes sencillas: la sal y la luz. La sal da sabor y conserva la vida de los alimentos, y lo hace discretamente, penetrando y difundiendo su sabor hasta el interior de los mismos; la luz, en cambio, realiza su función de iluminar necesitando estar en lugares estratégicos.

Los cristianos tenemos la misión de evangelizar, de anunciar con obras y palabras a Jesucristo que da sentido a la vida de los hombres, que es la luz del mundo, que es camino, verdad y vida. Y podemos hacerlo también calladamente, con el testimonio silencioso de la propia vida que actúa sin hacerse notar como la sal o la levadura, o igualmente podemos ser testigos visibles e interpeladores que proclaman abiertamente lo que creen y anima sus vidas. Ambas formas responden a sensibilidades o situaciones diferentes pero que no son opuestas ni excluyentes sino complementarias, y probablemente todos tengamos que actuar de uno u otro modo en distintos momentos.

Esta dualidad dio lugar hace ya unos años al planteamiento de dos formas de entender y realizar el estar y la actuación de los católicos en la vida pública: el llamado cristianismo «de presencia», que actúa públicamente en la sociedad desde organismos e instituciones confesionales propios, y el denominado cristianismo «de mediación» o participación de los católicos en las instituciones seculares desde las que pretenden colaborar a formar un mundo mejor. Dos pensamientos a veces en conflicto.

La cualidad sacramental (signo eficaz) de la propia Iglesia y el evangelio de hoy nos hacen pensar que no pueden ser dos modalidades enfrentadas y alternativas, sino complementarias y necesarias ambas. Como la luz y como la sal los seguidores de Jesús, individualmente o asociados, tenemos la misión de anunciar a Jesucristo como Buena Noticia para el mundo, y de contribuir con la vida y la acción a que este vaya siendo el reino de hermanos e hijos que Dios quiso y quiere que sea. Pero no sirven la sal desaborida ni la luz ocultada.

La Opinión-El Correo de Zamora, 6/02/11.

domingo, 9 de enero de 2011

¿Quién es este hombre?


AGUSTÍN MONTALVO

Fiesta del Bautismo del Señor – Ciclo C

“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto” (Mt 3, 13-17)

Muchos contemporáneos de Jesús se preguntaban: ¿quién es este hombre?, una pregunta que otros han seguido haciéndose hasta el día de hoy. El dogma cristiano responde taxativamente afirmando que es el Hijo de Dios hecho hombre: Dios y hombre al mismo tiempo en una misma persona. Pero no parece que sea fácil asumir esta verdad, y mucho menos explicarla, puesto que desde los primeros siglos del cristianismo aparecieron multitud de desviaciones doctrinales al intentar razonarla: para afirmar uno de los términos (la divinidad o la humanidad) negaban o minimizaban peligrosamente el otro.

El problema sigue siendo actual, baste recordar la reciente polémica suscitada por algunos libros sobre Jesús en los que se pretende destacar su dimensión histórica humana, y que han provocado la respuesta fulminante por parte de algunos defensores de la ortodoxia: «son arrianos», sentencian. La calificación probablemente sea excesiva. La verdad es que presentan un Jesús atractivo, bondadoso, amable e ilusionante, pero… escaso y limitado; el Jesucristo en quien creemos es mucho más que eso.

Por otra parte, aunque nadie levante su voz condenatoria, abundan relatos sobre el mismo Jesús en los que la divinidad se enfatiza de tal manera que la dimensión humana no parece pasar de un mero soporte de la misma, una especie de vestido para hacerla visible (docetismo se llama a la herejía que en los siglos II y III afirmaba que la humanidad era solo aparente).

El tiempo de Navidad que hoy finaliza ofrece la respuesta a la pregunta inicial. Hemos visto a un niño nacido en una familia sencilla de Nazaret, un niño al que hoy el evangelio nos presenta adulto solidarizado con los pecadores pasando por el bautismo de Juan. El que se manifestó como hombre en Belén y Nazaret hoy se manifiesta como Hijo de Dios junto al Jordán. El Espíritu de Dios desciende sobre él y la voz del Padre proclama: «Este es mi Hijo, el amado». En él se manifiesta con verdad cómo es Dios y en él también se nos muestra igualmente cómo es el hombre.

El Espíritu que desciende sobre él lo consagra y lo envía «para que abra los ojos de los ciegos, para que saque de las mazmorras a los que habitan en las tinieblas». Con su fuerza «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo».

En nuestro bautismo, que hoy recordamos, a quienes somos exclusivamente humanos el Espíritu, que también desciende sobre cada uno de nosotros, nos hace hijos adoptivos de Dios, partícipes «en alguna forma» de su divinidad. Y nos consagra para una misión que es continuar la obra de Jesús.

La Opinión-El Correo de Zamora, 9/01/11.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Esperanza frente a decepción


AGUSTÍN MONTALVO

Domingo III de Adviento – Ciclo A

“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mt 11, 2-11)

No es extraño un sentimiento de frustración dentro de la generación que vivió con esperanza ilusionada algunos acontecimientos de los años 60 y 70 del pasado siglo: el final de la guerra fría, que propiciaba la esperanza de una convivencia pacífica en el mundo; el establecimiento de la democracia en nuestro país, que auguraba un futuro de libertad, de bienestar y de justicia; el concilio Vaticano II, como un soplo de aire fresco del Espíritu, que pretendía renovar interiormente a la Iglesia y ofrecer una imagen también renovada de ella misma, como servidora del mundo y cercana a las realidades de los hombres. Con el paso del tiempo hemos comprobado que las realizaciones no han respondido exactamente a las expectativas. Las tensiones han aparecido por otros lugares y las guerras o sus amenazas siguen presentes. La democracia tampoco ha impedido actitudes autoritarias, situaciones de corrupción o desigualdades hirientes. Y experimentamos que la realidad eclesial no está como para tirar cohetes. Para muchos tristemente el concilio ha significado un bello sueño, una anécdota irrelevante o incluso la causa de la actual situación. ¿Es posible esperar todavía?, se pregunta mucha gente.

Algo análogo le ocurrió a Juan el Bautista. Había aceptado la misión de preparar el camino al Mesías y lo había hecho con entrega y radicalidad. Lo había descrito como fuego devorador, con el bieldo en la mano para aventar y separar el grano de la paja, para distinguir a los buenos de los malos, en definitiva, para poner en orden las cosas con evidencia. Pero las noticias que le llegan a la prisión sobre la actividad de Jesús muestran otro signo y él empieza a dudar: ¿será este el esperado?

«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los inválidos andan (…) y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia» es la respuesta de Jesús. Frente a las actitudes contundentes y taxativas del Bautista las acciones del Mesías se manifiestan en términos de misericordia, de perdón, de confianza, de acogida.

«Dichoso el que no se sienta defraudado por mí», añade. Ciertamente en una cultura de la eficacia y del éxito inmediato los pequeños gestos de Jesús pueden parecer insignificantes y hasta inútiles. Alguien ha dicho que la espiritualidad necesaria en este momento no es la del éxito, sino la de la fidelidad, ni la del miedo, sino la de la confianza. La esperanza del Adviento en la vida nueva que el Hijo nos ofrece se manifiesta en la fidelidad en estos gestos suyos, que van cambiando la propia vida y la de nuestro entorno, y que son, al mismo tiempo, denuncia ante un mundo injusto e insolidario. Se descubre igualmente en la presencia de realidades positivas, acaso pequeñas, que la fuerza de lo negativo impide ver. ¿Qué son, si no, los servicios de tantas instituciones eclesiales en este tiempo de crisis, o la vida entregada y comprometida de muchas personas, de diferente condición o creencia, al servicio de los otros?

Sí, es posible y necesaria la esperanza.

La Opinión-El Correo de Zamora, 12/12/10.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Tiempo de fidelidad


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo XXXIII del tiempo ordinario – Ciclo C

“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21, 5-19)

Parece evidente que este mundo en que habitamos, que gozamos y sufrimos, ha tenido un comienzo y va a tener un final. El tema del final ha preocupado a muchos hombres y mujeres a lo largo de los siglos, dando lugar a veces a doctrinas desviadas y a formas de vida consecuentes a ellas rayanas en el fanatismo. Algún grupo existe hoy en día que periódicamente pone fecha a tan sobrecogedor acontecimiento.

Con el relato evangélico de hoy comienza el llamado «discurso escatológico» que ofrecen los tres evangelios sinópticos, difícil de comprender por su lenguaje apocalíptico y por la mezcla de acontecimientos. También a Jesús le preguntan ¿cuándo va a suceder esto y cuál será la señal?, pero él no responde a la curiosidad del cuándo o del cómo, no quiere informar sino preparar; habla de lo último, pero contenido ya en el presente, para darle sentido y ayudar a vivirlo con intensidad. Quiere ayudarnos a afrontar con responsabilidad una historia larga, difícil y conflictiva. Porque todo lo que el relato de hoy anuncia forma parte de nuestra historia pasada, presente y futura: hambres, terremotos, guerras, persecuciones… incluso los falsos profetas que siempre aparecen ofreciendo salvación.

Los discípulos tenemos que afrontar esta realidad, nuestra historia, con serenidad y coraje, evitando actitudes equivocadas. Una, la de las seguridades en nosotros mismos, en nuestros logros, en nuestras obras grandes (incluso religiosas). Para los judíos la calidad y belleza de su templo, y la solemnidad del culto constituían la garantía de la estabilidad del pueblo, por eso no comprenden el anuncio de su destrucción. Hay que tener conciencia clara de lo efímero de este mundo. Otra, la de la prisa irreflexiva y la violencia arrolladora que pretende resolver todo por la imposición, la fuerza o el activismo alocado. Y otra tercera, la de evadirse de la realidad refugiándose en la fantasía del final de los tiempos. Puesto que todo va a terminar —se piensa— mejor no complicarse la vida ni mancharse las manos empeñados en mejorar este mundo provisional. En la segunda lectura de hoy san Pablo reprueba la conducta ociosa de los tesalonicences ante la imaginada como inminente venida del Señor.

Seguidores auténticos de Jesús son aquellos que en este tiempo de espera saben vivir con esperanza, con paciencia activa (¿es que puede haberla pasiva?), con fidelidad en tiempos difíciles, con confianza en quien puede darla, con trabajo constante y tenaz.

Con Jesús ya han llegado los últimos tiempos. Él es el templo definitivo del que los otros son solo un signo. En él esperamos activamente su plenitud.

La Opinión-El Correo de Zamora, 14/11/10.

sábado, 16 de octubre de 2010

El valor de lo inútil


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo XXIX del tiempo ordinario – Ciclo C

“Pero cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18, 1-8)

Es sorprendente la pregunta en boca de Jesús con la que finaliza el evangelio de hoy: «¿encontrará esta fe en la tierra?». Aunque no nos atrevamos a formularla explícitamente, es probable que la pregunta surja también con frecuencia en nuestro interior ante la situación visible de nuestra Iglesia: presencia mayoritaria de mayores en los templos, descenso progresivo de práctica sacramental, ausencia casi total de vocaciones a la vida consagrada? ¿es que se va a terminar la fe?

Jesús plantea esa pregunta inquietante después de alabar la fe y la constancia en la oración por parte de la viuda de la parábola, prueba una vez más de «la fuerza en la debilidad» de la que habla san Pablo.

Hoy comprobamos cómo el hombre moderno ha ido perdiendo progresivamente la necesidad de Dios y, por tanto, la capacidad de invocarlo y experimentarlo como fuente de sentido para vivir. En una cultura en la que la eficacia y la productividad son el criterio fundamental para actuar parece normal que consciente o inconscientemente se plantee la pregunta por la utilidad de la oración y de la misma fe, de la que aquella constituye un elemento esencial. Si el esfuerzo y los resultados comprobables son lo único que vale, la oración pertenece al apartado de lo inútil. Los mismos cristianos nos sentimos contagiados de la misma tentación cuando limitamos la eficacia de la oración a conseguir aquello que pedimos, la convertimos en instrumento y, ante los resultados negativos, pensamos que Dios se ha hecho el sordo, ¿para qué, pues, insistir?

Pero la oración cristiana es mucho más que eso. Nos introduce en el ámbito de la vida misma de Dios, nos abre los oídos para escuchar su Palabra, cambia nuestros criterios y nuestra conducta haciéndonos sentir y vivir a Dios como Padre y a los demás como hermanos, nos descubre el verdadero sentido de nuestra vida, alienta nuestro diario camino animando la esperanza, fortaleciendo la debilidad y aliviando los cansancios, y nos sitúa en el mundo de una forma comprometida en construir la casa de hermanos que Dios ha querido para sus hijos.

«Orar sin desfallecer», como recuerda el evangelio. ¡Qué bien lo expresaba Teresa de Jesús, cuya fiesta celebrábamos hace dos días!: «Nada te turbe… la paciencia todo lo alcanza… sólo Dios basta». A muchos nos ha resultado emocionante contemplar la presencia significativa que la fe y la oración han tenido en el rescate de los mineros de Atacama junto con la técnica y los esfuerzos empleados. Los actos, las expresiones de muchos, incluido el propio presidente de la República, el gesto de algunos liberados que al salir de la cápsula, antes aún de abrazar a su familia, se hincaban de rodillas en oración… son signos de que orar no es inútil.

La Opinión-El Correo de Zamora, 17/10/10.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Comunión imposible


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo XXV del tiempo ordinario – Ciclo C

“No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 1-13)

Con frecuencia Jesús utiliza en el evangelio expresiones contundentes y radicales que desconciertan e incluso crean cierto malestar. Son indicadoras del replanteamiento radical de la vida que continuamente ha de hacerse quien de veras acepte el compromiso de seguirlo, en la certeza, siempre oscura, de que es un camino de salvación y de Vida.

No es posible servir a Dios y al dinero por lo mismo que no se puede tener como señores a dos realidades incompatibles. Y no es que Dios sea contrario al dinero en cuanto medio necesario de vida; son incompatibles en cuanto señores que reclaman en exclusiva el corazón y la vida. Dios es el único Señor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón? y al prójimo como a ti mismo». No debe haber otro.

Los frutos de servir a uno u otro son totalmente diferentes. Quien ama a Dios sobre todo, necesita mostrar en su vida todo aquello que Dios quiere: el servicio, la generosidad, el amor, la justicia, la solidaridad con los necesitados, el perdón? Por el contrario, quien coloca el poseer como el centro de su vida (aunque sus palabras puedan decir otra cosa) evidenciará en su conducta lo que Amós denuncia en la primera lectura de hoy: «exprimís al pobre? aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias». En las causas y en las consecuencias de la crisis económica actual se hace patente una vez más la verdad de la frase de Jesús, también su actualidad. No dejamos de comprobar que «nada hay nuevo bajo el sol». Cambiarán los contenidos formales o las expresiones, pero las actitudes básicas siguen siendo las mismas hoy, hace 2000 años o cuando escribió el profeta Amós en el siglo VIII a.C.

¿Entonces la fe cristiana es enemiga del progreso económico o del crecimiento del nivel de vida? De ningún modo. Sí lo es de que éstos se conviertan en ideología, se absoluticen y se consigan arrasando otros valores mayores, como la justicia, la verdad o la dignidad de las personas.

Muchos pensarán que el cristianismo consiste en una ética. Indudablemente la exige, pero es ante todo tener como único Dios al Padre que quiere el bien para todos los hombres sin exclusión hasta el punto de haber entregado a su Hijo para salvarlos, y saberse acogidos y comprometidos al mismo tiempo en su mismo sistema de valores, tantas veces extraño entre nosotros. Es un don y una tarea.

La Opinión-El Correo de Zamora, 19/09/10.

domingo, 22 de agosto de 2010

Creer no es barato


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo XXI del Tiempo Ordinario – Ciclo C

“No sé quiénes sois” (Lc 13, 22-30)

No es infrecuente que algunos de los que se acercan a las parroquias, generalmente desconocidos o muy ocasionales, para solicitar algún servicio suelan aducir como apoyo añadido sus parentescos religiosos: «mis padres siempre han sido muy de esta parroquia», «tuve un tío cura», «pregunte por cómo es mi familia», «yo fui monaguillo con don Fulano»... Podríamos hablar de «cristianos por afinidad»Existen también los que llamaríamos «cristianos de práctica ritual»: esporádica (sacramentos de iniciación, boda, algún funeral…) o más o menos habitual, pero sin que ello suponga una exigencia de vida evangélica.

A unos y otros podríamos aplicar las duras palabras que en el evangelio de hoy dirige Jesús a sus paisanos que creían tener resuelto su futuro eterno por el hecho de ser hijos de Abraham o el de haber coexistido con el Maestro, «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os replicará: no sé quiénes sois». Nos desconciertan estas palabras de Jesús, somos pocos y nos trata con dureza a quienes creemos haber estado con él toda la vida.

Muchos cristianos pensamos que vivimos dentro de la Iglesia convencidos de que éste es el camino fácil que conduce a la salvación, pero el evangelio habla de la necesidad de entrar por la puerta estrecha de la conversión personal. La Iglesia, los sacramentos, las prácticas religiosas, etc., necesarios sin duda, no son el billete directo para salvarse si no son expresión de una adhesión auténtica a la persona de Jesús y su evangelio, y si no se traducen en una fe viva y responsable en la vida diaria.

Nos duele con razón el progresivo vaciamiento de los templos, nos asusta la ausencia de vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada, nos preocupa la insignificancia de la fe en nuestra sociedad?, pero tal vez sea más grave la falta de garra en quienes decimos seguir al Señor, nuestro cristianismo cómodo, nuestra rutinaria práctica, nuestra vida carente de significatividad para «los de fuera», el hacer «barata» (en palabras del teólogo mártir Bonhöffer) la gracia, que es «cara» porque necesita pasar por la puerta estrecha. Aquí está el verdadero problema, ante el que es irrelevante adelantar o retrasar un par de años la primera comunión o la confirmación.

«Id por el mundo y predicad el evangelio», dice Jesús, que abre su puerta a todos sin etiquetas de raza, familia o hábito. El testimonio de una vida coherente, comprometida con la realidad, alegre y en la cercanía del Señor, sin «rebajas» acomodaticias será el mejor anuncio de lo hermoso que es creer… aunque sea costoso.

La Opinión-El Correo de Zamora, 22/08/10.


domingo, 25 de julio de 2010

El apóstol servidor, no dominador


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Solemnidad del Apóstol Santiago

“No sea así entre vosotros” (Mt 20, 20-28)

No hace mucho tiempo se suscitó entre nosotros una cierta polémica en torno a un determinado modelo iconográfico del apóstol Santiago, aquel en que aparece como guerrero sobre blanco corcel en la batalla de Clavijo, de acuerdo con una antigua leyenda. Se pretendía eliminar estas imágenes no por otra razón que la etnia de los vencidos. Afortunadamente parece que se impuso el respeto al pasado y se olvidó la disputa.

Sin pretender, no obstante, ningún tipo de iconoclastia, sí es necesario que esa imagen no sea la que represente al hijo del Zebedeo y mucho menos la que ilumine su patronazgo sobre las Españas con el talante que sugiere, perteneciente a épocas pasadas pero presente aún en reductos recalcitrantes. Hacer del apóstol Santiago un héroe violento imponiendo por la fuerza la fe es distorsionar gravemente lo que debe ser un discípulo y contradecir las palabras de Jesús en el evangelio de hoy.

«El que quiera ser grande entre vosotros sea vuestro servidor». Es verdad que le costó asumirlo. El relato presenta a la madre recomendando a sus hijos ante Jesús para que les dé un puesto relevante. Y los otros diez se indignan, tal vez hipócritamente, porque se había atrevido a formular lo que probablemente todos estaban pensando. Pero, dejando aparte leyendas piadosas, sabemos que se convirtió en servidor predicando incansablemente la Buena Noticia en Palestina y siendo el primero en sufrir el martirio por su fe por orden del rey Herodes. De buscador de honores se transformó en servidor.

Y es que el discípulo de Jesús es exactamente lo contrario de una persona que busca honores y poder. El cristiano debe saber que sólo hay un camino para ser grande: el camino humilde de quien sabe vivir en el servicio desinteresado a los demás «como el Hijo del Hombre que no ha venido a ser servido sino a servir…»

Un autor del siglo II escribe que los cristianos no se distinguen de los demás por apariencias «sino que habitan ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable y, por confesión de todos, sorprendente» (Diogn. V, 4). El servicio frente al dominio es, sin duda, ese tenor peculiar y sorprendente, tan escaso en nuestra sociedad, y que debe distinguir a los discípulos del Nazareno, curas, obispos y laicos, ocupen el lugar que les corresponda.

Nada de ¡Santiago y cierra España! Al contrario, ¡Santiago y abre España! Al servicio, a la corresponsabilidad, a la solidaridad… y a la fe en el único Señor.

La Opinión-El Correo de Zamora, 25/07/10.

domingo, 27 de junio de 2010

Seguimiento sin nostalgia


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo XIII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

“El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios” (Lc 9, 51-62)

Sin duda Jesús hubiera sido un político mediocre y un pésimo comerciante. No halaga, no hace ofertas, no rebaja su propuesta original. Expone su programa con claridad, y quien quiera seguirlo sabe bien a qué se enfrenta. No es extraño que fuera incomprendido no sólo por los extraños, sino incluso por los suyos.

A pesar de ello muchos hombres y mujeres lo han seguido a lo largo de los siglos y hoy sigue invitando a continuar haciéndolo. En algunos momentos históricos el seguimiento se hace especialmente difícil, y en estas situaciones aparece con insistencia la tentación de mirar hacia atrás con nostalgia y replegarse buscando seguridad en formas pasadas de religiosidad o espiritualidad, que protejan ante tanta confusión, esperando ingenuamente que escampe el temporal o con la convicción firme de que ése es el único camino. En ambientes de este tipo pueden aparecer actitudes como la de los discípulos ante los samaritanos en el evangelio de hoy: condena, negación, censura, posturas defensivas? Con preocupación constatamos la deriva de algunos sectores eclesiales hacia esta sensibilidad.

Jesús llama a seguirlo mirando hacia adelante, con prudencia pero sin miedo. El mirar hacia adelante con libertad, como afirma san Pablo, es algo que caracteriza al apóstol y al discípulo.

Pero no nos engañemos, mirar hacia adelante no significa dejarse domesticar por una sociedad superficial y laxa en la que vale casi todo, y contemporizar por el prurito de un progresismo de imagen y vacío, con la esperanza cándida de ser aceptados por ella y poder cambiarla. La experiencia atestigua cómo casi siempre se acaba entrando en la rueda y perdiendo el vigor y el frescor evangélicos.

El teólogo alemán J.B. Metz afirma que el desafío más grave al que se enfrentan los cristianos en Europa consiste en elegir entre «una religión burguesa» o «un cristianismo de seguimiento». Como alguien escribió con ingenio «se trata de vivir hoy en el aire de Jesús y no al aire que más sople». El Señor hoy en el evangelio invita a seguirlo con radicalidad, que es algo diferente del radicalismo fanático de algunos y del optimismo insensato de otros. Un cristiano es alguien que, amando al mundo como lo ama Jesús, sigue al Maestro con libertad de y ante todo, incluso la familia. Con esfuerzo y con renuncias, pero con alegría, porque el Señor no llama a renunciar, eso es una condición o una consecuencia, llama para ser libres y felices.

La Opinión-El Correo de Zamora, 27/06/10.

domingo, 30 de mayo de 2010

Misterio de amor


AGUSTÍN MONTALVO FERNÁNDEZ

Domingo de la Santísima Trinidad – Ciclo C

“Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16, 12-15)

Si nos preguntan qué significa esa tríada hasta sabemos decir que el Dios en quien creemos es uno solo en tres personas, y que a eso se llama el misterio de la Santísima Trinidad. La mayor parte no podríamos dar muchas más explicaciones. Un niño de la catequesis decía que Dios es una familia. Una forma hermosa y hasta profunda de expresarlo.

Pero cuando Jesús nos ha dado a conocer al Dios a quien nadie ha visto nunca, no ha pretendido complicar nuestra cabeza con un teorema incomprensible, sino hacérnoslo cercano para que tengamos vida en abundancia. San Juan dará una definición de Dios: «Dios es Amor». ¿Cómo puede entenderse el amor como algo reflexivo, encerrado y vuelto sobre sí mismo? El amor es abierto y se hace completo cuando es recíproco. Decir que Dios es Amor significa que no es un ser solitario, vacío, impersonal, sino que es vida compartida, amor comunitario, comunión de personas. Dios en lo más íntimo es diálogo, donación recíproca. Esto nos sobrepasa y nos asombra, por eso con la Iglesia decimos que es un «misterio de Amor».

Hay además una segunda dimensión en este Amor: no quiso quedar limitado a las tres personas, sino que en un gesto asombroso también e incomprensible está abierto al mundo y al hombre a quien ha hecho «a su imagen y semejanza», y en el bautismo «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» nos ha dado su vida y nos ha hecho sus hijos queridos. «Dios es nuestro hogar» dirá la gran mística sor Isabel de la Trinidad. En esta casa podemos sentir, gozar, admirar y alabar este misterio de amor, que nos es dado como don. El asombro, la gratitud, la adoración, la oración? son manifestaciones concretas de esta experiencia gratuita.

Pero se nos ha encomendado también como tarea. Creer en la Trinidad y manifestar que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios significa estar convencidos y tratar de vivir que el sentido auténtico de toda vida es el amor compartido en comunidad, la colaboración y el respeto en la diversidad, la búsqueda esforzada del bien para todos desde posturas diversas. Significa también para los cristianos una llamada a intentar construir una sociedad en la que los hombres seamos capaces de convivir, dialogar y compartir.

La Opinión-El Correo de Zamora, 30/05/10.