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jueves, 29 de marzo de 2012

La educación… mejor con V de valor


RICARDO CASAS LORENZO

Muchas familias deciden estos días a qué colegio confiarán la formación de sus retoños. Una decisión aparentemente fácil que tiene consecuencias mayores. Cuando elegimos colegio para nuestros hijos no podemos obviar que el lugar en el que ellos se eduquen los próximos años va a dejar una huella para el resto de sus días.

Puede que a la hora de elegir nos rindamos a la modernidad de unas instalaciones o a la dotación de recursos. Lo transcendente en los ambientes educativos no es la cantidad de instrumentos de aprendizaje, ni siquiera la limpieza de las estancias y tampoco la cercanía al domicilio. Cuando hablamos de educación lo primordial de un centro es su Proyecto.

Los centros educativos de nuestra provincia gozan de buena salud, de hecho los informes que emiten las instituciones europeas (PISA) dan una nota alta al rendimiento en nuestra comunidad. Sin embargo esos mismos estudios sólo evalúan los resultados académicos.

¿Qué ocurre con los resultados de la educación en las personas? Existe una tendencia acentuada en los años precedentes que ha pretendido reducir el aprendizaje de los alumnos a lo puramente utilitarista para el día de mañana. Como consecuencia, el olvido del resto de dimensiones del ser humano, esenciales para su desarrollo personal y social. Hoy la sociedad echa de menos valores humanos válidos para crecer y construir un entorno más humano, con propuestas alternativas al estilo de vida convencional.

En nuestra provincia contamos con doce colegios concertados de carácter religioso en los que además de las enseñanzas regladas por la administración educativa, nos encontraremos con un modelo educativo definido, caracterizado por cuatro elementos esenciales: la preparación académica de los alumnos, la incesante labor en la educación en valores, el cuidado de la dimensión religiosa y el compromiso social con el entorno. Quien los conoce desde dentro sabe que la preparación académica va íntimamente ligada a una honda preocupación por formar personas íntegras asentadas en valores éticos y religiosos válidos en el siglo XXI, porque además de formar magníficos científicos, hemos de construir buenas personas que edifiquen la sociedad de mañana sobre las bases del humanismo, no desde el mercantilismo. No deberíamos olvidar que la mayor inversión que una familia hace en su vida no es otra que la educación de sus hijos, ese será su mejor legado.

viernes, 2 de marzo de 2012

Cenizos 2.0


RICARDO CASAS LORENZO

Recientemente los católicos hemos tenido la oportunidad de asistir a nuestra parroquia para la celebración del rito inicial de la cuaresma de imposición de la Ceniza. Este rito cuaresmal, que desde siglos atrás marca el inicio oficial del tiempo litúrgico que precede a la Semana Santa, hunde sus raíces en un profundo y vasto gesto vinculado a la penitencia. En la antigüedad los pecadores públicos, es decir, aquellos cuyos pecados eran conocidos por el resto de la comunidad, debían publicitar su responsabilidad vestidos de sayón y marcados por la ceniza.

Curioso y singular ritual, aunque impensable en el siglo que nos ha tocado vivir. No son pocos los que siendo tentados, acaban sucumbiendo y metiendo la mano en las cosas de la res pública. Raro es el día en que no despertamos con la noticia de un nuevo escándalo de corrupción, enriquecimiento ilícito o aprovechamiento desmesurado de los recursos de todos para beneficio particular. Suena indecente siempre, pero particularmente obsceno cuando un nutrido grupo de españoles se asoma al precipicio de la pobreza.

La memoria recientemente presentada por Cáritas dibuja un panorama desolador. Cerca de seiscientas mil familias se encuentran por debajo del umbral de la pobreza. La carestía, no solo económica, se extiende más y más cada año que pasa desde el inicio de la crisis y afecta con especial crudeza a los más jóvenes, a quienes hemos hipotecado su futuro.

En este escenario resulta escandaloso e hiriente la actitud de los grandes responsables de la crisis económica, así como la de quienes se han dedicado a lucrarse robando el dinero de todos. Unos y otros, por acción u omisión serían, a los ojos de las comunidades pasadas, pecadores públicos y, en consecuencia, deberían vestir el sayón y lucir las marcas de la ceniza penitencial.

Sin embargo, lejos de la realidad, los cenizos del tiempo de la web 2.0 siguen vistiendo los trajes de los grandes diseñadores, viajando en primera clase y rociándose con los mejores perfumes, mientras el resto de la comunidad asiste impasible a la caída del sueño del «engañoso bienestar». Más doloroso resulta descubrir cómo la crisis no ha sido capaz de mover los corazones de los impunes, que sin escrúpulos mueven los hilos a su antojo ante los ojos acríticos de una sociedad que obvió, por temor o vergüenza, valores sobradamente válidos no hace mucho tiempo.