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lunes, 26 de diciembre de 2011

La fe


Mª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

Estamos en unas fechas muy señaladas y significativas para los cristianos que no debemos nunca olvidar: la Navidad, representando el nacimiento de Jesús en la ciudad de Belén. Este acontecimiento es entendible para los cristianos por los ojos de la fe.

La fe es confiar en alguien, es fiarse de alguien por sus obras, por su autenticidad y por su amor a la verdad. Supone saber que podemos contar con esa persona para todo, de forma incondicional, y que no nos va a fallar porque es leal. Ciertamente no todas las personas con las que convivimos a nuestro alrededor son leales aunque parezca que lo son, pero por eso no vamos a dejar de comportarnos como auténticos cristianos.

Fe significa creer, saber de dónde venimos, hacia dónde vamos, para encontrar sentido a nuestra vida desde el interior, que es lo que nos aporta la máxima felicidad. A este respecto voy a proponer la lectura de un libro que me recomendó un magnífico sacerdote, se titula “Creer”, de Bernard Sesboüé, y supone una invitación a la fe católica para las mujeres y los hombres del siglo XXI.

Parece que hoy día la fe cristiana ha dejado de ser protagonista en el sentido de que a veces es ridiculizada; aunque más bien creo que hay personas que pasan de ella aceptando a aquellas que sí tienen fe, aunque no compartan la fe cristiana. Y esto, ¿por qué? Hoy palpamos continuamente desconfianza y mentiras disfrazadas de verdad. Antes la fe cristiana se enseñaba y practicaba en las familias y en los colegios, ahora esa práctica se ha perdido porque la sociedad no tiene unos valores como los de antes, que probablemente eran más radicales, pero se sabía lo que era bueno o malo, lo que era ético y moral y lo que no, y hoy día existen leyes que no son morales o éticas aunque sean legales.

A pesar de este confusionismo existente hoy en día en cuanto a los valores, la bondad y la maldad existen desde el origen de los tiempos aunque se interpreten de distinta forma, al igual que la justicia y la injusticia, la verdad y la mentira.

Por ello, para tener fe se ha de comprometer uno consigo mismo y con los demás, pero es una opción a la que tenemos que llegar libremente, practicando las costumbres de Jesús, como la generosidad, el servicio a los demás y el amor al prójimo.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La caridad


M.ª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

La caridad es la dimensión religiosa del mismo amor humano y para el cristiano creyente es un acto de amor a Dios. Como dice el Evangelio, todo lo que se hace por otro ser humano necesitado, por Dios lo hacemos.

Para el creyente, Dios se hace presente donde se vive y se practica el amor, siendo uno de estos ejemplos la caridad hacia el prójimo y, para el no creyente que ama, también se ve que ejerce la caridad al amar a los demás. Una vida sin amor es una vida vacía, por eso también los escépticos, agnósticos, ateos y de otras religiones practican la caridad, porque aman al prójimo. Puede ser que ese amor no se base en la fe de los creyentes cristianos, pero aman y sin saberlo también están practicando el ejercicio de la caridad.

Algunas personas utilizan un lenguaje burlón al hablar de la caridad en el sentido de ridiculizar a muchas personas que hacen de su vida una dedicación plena a los demás; personas que han contraído el compromiso, que nace desde la fe, de ejercer la fraternidad ayudando a los necesitados; también trivializan el concepto de la caridad reduciéndolo a tener lástima por los demás o a dar una limosna solamente para tranquilizar su conciencia; o cuando se confunde con la justicia. Llegar a la justicia plena realmente es dificilísimo, ya que siempre habrá desiguales, pero podría aplicarse el principio jurídico de trato igual a los iguales y desigual a los desiguales. Para practicar la caridad, no sólo uno es justo cuando da al otro lo que le corresponde, sino cuando doy de mí mismo al otro.

Pero ¿cómo podemos ejercitar la caridad? Por supuesto que satisfaciendo las necesidades materiales de los necesitados, eso es lo primero, siendo generosos económicamente y dando ejemplo a nuestros hijos al preocuparnos por los más necesitados; aunque no sólo así. La podemos ejercitar dándonos a nosotros mismos; dedicando parte de nuestro tiempo a los demás; aceptando a las personas como son; comprendiendo sus errores y limitaciones; empatizando -palabra muy usada hoy en día- con los demás, es decir, poniéndonos en el lugar de los otros; perdonando en la discordia y de muchas otras formas que conducen a la universalidad en el amor fraterno, devolviendo a la comunidad parte de lo que hemos recibido de ella con la intención de ayudar a los necesitados.

La madre Teresa de Calcuta dijo que para amar no hacía falta intentar acciones espectaculares, porque amar debe ser tan natural como respirar. Todos tenemos cerca a muchas personas con las que ejercer la caridad y que vemos a diario. ¿Por qué no hacemos algo por ellas?

La Opinión-El Correo de Zamora, 27/11/11.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La firmeza


M.ª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

En el viaje apostólico de Benedicto XVI a Madrid con motivo de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, todos los eventos que se produjeron estuvieron basados en una frase que se cantaba en el himno que se creó para la ocasión: «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe».

Pero, ¿permanecemos, hoy en día, firmes en nuestras convicciones? Creo que el hombre de hoy se muestra inseguro, indeciso frente a los valores sobre los que debemos forjar nuestra vida, debido a la decadencia de la autoridad moral. Esta autoridad moral debe estar basada en la honradez y en la seguridad de las propias convicciones y valores que se afianzan en nuestro interior; interior que debe contar con Dios, teniéndolo como maestro y siguiendo sus enseñanzas.

Esto significa tener firmeza en nuestra vida; con bases sólidas se puede construir una vida feliz que es lo que todos deseamos alcanzar; con ello somos fieles a nosotros mismos y a los principios que adoptamos llevar a cabo en el ejercicio de nuestra libertad. Pero, ¿dónde la adquirimos? En principio en el seno de la familia y del colegio o escuela, que con la educación de los padres a los hijos y de los profesores a los alumnos enseñan la firmeza en las reglas de conducta y comportamiento que han de establecerse para todos, con lo que crecerán en autoestima sabiendo lo que tienen que hacer en cada momento teniendo en cuenta cada uno su personalidad o carácter. Así potenciamos el carácter firme de la persona potenciando su autoestima; pero ello no quiere decir que hablemos de imposición o autoritarismo, lo importante es el diálogo y llegar a un acuerdo pero con el propio convencimiento de hacer lo que se debe hacer no porque te lo digan, ya que cuando surja algún problema no se va a poder solucionar, sino por propia decisión. ¿Cuándo la ejercitamos? A diario, ya que siempre tenemos que adoptar decisiones desde que nos levantamos hasta que finaliza el día, intentando construir un mundo nuevo de amor, honradez y de autenticidad. Por suerte hay muchas personas que son honradas y se respetan a sí mismas y a los demás, es decir, tienen dignidad, cuestión fundamental para vivir. Para ello todos necesitamos ser fortalecidos en la fe; Necesitamos que el amor de Dios fluya hacia los demás a través de nuestra vida para construir la verdadera vida cristiana diaria.

Para estar firmes en nuestra vida es necesario consagrarnos a Él cada día. ¿Estamos dispuestos a hacer esto para seguir creciendo hasta llegar a la madurez espiritual?

La Opinión-El Correo de Zamora, 30/10/11.

domingo, 2 de octubre de 2011

La amistad y la religión


Mª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

La base de la verdadera amistad está en la sinceridad, la generosidad y el afecto mutuo; de poco valdría si lo basáramos en la mentira o engaño y en el egoísmo, ya que es necesario vivir dando, compartiendo, manifestando nuestros sentimientos o afectos a otros seres humanos, pues el valor de la amistad que nos alegra nuestra existencia, nos lleva a un trato y a una comunicación con los demás afable, cariñosa, cordial y confiada. Ahora bien la amistad se tiene que dar de uno para el otro y del otro para el uno ya que si uno da todo y no recibe nada, no habría una amistad; la auténtica amistad sucede de parte de dos no de uno sólo. Hay personas para las que no es fácil entablar amistades, bien por educación; bien por baja autoestima pensando que los demás no van a ver cosas positivas en ellos; bien por timidez; pero también creo que se requiere una destreza especial en el arte de hacer amigos.

Hay que cultivar una personalidad comunicativa que se pueda lograr trabajándola, siendo sinceros, buenas personas, alegrándonos por las cosas buenas que nos pasan y entristeciéndonos por las malas; siendo desinteresados; pero la amistad hay que cuidarla como todo lo bueno en esta vida; si queremos que sea duradero hay que mimarlo, alentarlo, animarlo; hay que respetar a las personas y aceptarlas tal y como son y procurar su bien; es una forma de amor puro y desinteresado. No hay que traicionar ni hablar mal a sus espaldas, hay que tener armonía entre las dos personas y por eso decimos: «quien tiene un amigo tiene un tesoro». Un buen amigo es para toda la vida, esto supone ser elegido entre los demás y ser merecedores de una atención especial viendo lo mejor de nosotros mismos.

Como dijo Lacordaire: La amistad es el más perfecto de los sentimientos del hombre, pues es el más libre, el más puro y el más profundo.

Este sentimiento que nos proporciona la amistad también es aplicable a nuestra amistad con Dios. ¿Cómo? La satisfacción vital que encuentran los creyentes a diferencia de los no creyentes en la amistad con Dios está en el sentido de pertenencia a una comunidad no en las creencias. Sentarse sólo en un banco de la iglesia o tener una actitud fraternal abstracta no mejora nuestro bienestar, hemos de estar integrados o al menos sentirnos integrados de pertenecer a un grupo y esto nos lleva a mejorar la vida de los fieles predicando una auténtica felicidad y bienestar psicológico ya que repercute en nuestra salud. Cuándo nos sentimos cerca de Dios, ¿no somos más felices?

La Opinión-El Correo de Zamora, 2/10/11.

lunes, 8 de agosto de 2011

La bondad


M.ª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

Generosidad, dar y compartir, disfrutar de las cosas sencillas de la vida son, para mí, valores necesarios para ser bueno. Es necesario un giro al mundo del espíritu. Personas buenas hay en todas las edades y condiciones sociales, pero es un valor que no genera beneficios desde el punto de vista económico, por lo que no es noticia. Se dan a los demás sin pedir nada a cambio, en secreto, con naturalidad y sin darse importancia porque ganan más que pierden y son felices ellos y los que les rodean, haciendo la vida más agradable y llevadera a los demás. Pero no basta con proponérselo, hay que serlo, y fomentar el serlo. La bondad es signo de grandeza y el hombre ha sido creado-nacido para ser grande en todos los órdenes de la vida, cada uno en la misión que asume o se le ha encomendado.

Son las actitudes y los pensamientos de bondad los que nos hacen ser buenos o malos. Actitudes de servicio para con los necesitados y ejercitar la generosidad de forma callada y sencilla nos hace ser buenos; descubrir lo bueno de las cosas y de las personas ya que todas tienen sus valores y principios también son cualidades dignas de consideración y de aprecio, que nos alejan del egoísmo y de la superficialidad. Como señala un proverbio chino: «el que quiere hacer el bien de los demás ha hecho ya el suyo propio».

Pero cuando hacemos algo por alguien, ¿no nos sentimos satisfechos por ello? ¿No somos más felices? Creo que el actuar correctamente según nuestra conciencia, ya que no hay verdad absoluta más que Dios, es lo que nos hace ser buenos, felices para con nosotros y para con los demás.

Si queremos experimentar la bondad y la felicidad, no podemos tener odio o rencor en nuestro corazón. La verdadera felicidad supone nobleza de espíritu y de corazón dispuesto al perdón, a la comprensión, al amor a los demás. ¿Conocen algún hombre importante por sus logros en la humanidad, con prestigio, que haya ejercido la maldad y haya triunfado? Yo no, por lo que creo firmemente que la grandeza del ser humano está en la bondad y el amor a los demás y con estos principios, antesala de otros también importantes, como la amistad, la paciencia, la cordialidad, la humildad, el buen hacer, entre otros, podemos encontrar el sentido a la vida que todos buscamos.

La Opinión-El Correo de Zamora, 7/08/11.

lunes, 11 de julio de 2011

Ocio, tiempo libre y trabajo


MARÍA BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

Para cada persona el tiempo libre y el ocio significan cuestiones diferentes en función de cómo vivimos nuestra vida. Desde la esfera de nuestra libertad y disponibilidad, podemos dedicar este tiempo que todos tenemos a hacer algo diferente de lo habitual, evadirnos, olvidar la vida profesional por un tiempo, descansar, cultivarnos culturalmente o hacer deporte entre otras cosas, ya que también hay personas que no pueden desconectar del trabajo y siguen ejerciendo su actividad profesional habitual.

Es verano, los días son largos y los expertos dicen que va a ser muy caluroso, por lo que en esta época podemos realizar más actividades deportivas al aire libre teniendo la prudencia debida por el tiempo.

Cuando se empezó a potenciar el deporte, el principal promotor fue el sector público. Desde los municipios se construyeron, gestionaron y ofertaron instalaciones y servicios para el uso de toda clase de público. En los últimos años, también el sector privado ha ido desarrollando políticas de fomento y consolidación de empresas dedicadas al sector. Normalmente el deporte lo ejercemos en grupo, por lo que mediante él podemos ejercitar valores y principios constructivos que dignifican al hombre como la ética en el deporte, la socialización del ser humano y el compañerismo.

Pero también este tiempo lo podemos dedicar a reflexionar sobre nuestras vidas, tener un tiempo para el reposo de la mente y del espíritu estando nuestra meta en disfrutar de todo lo que hacemos, incluido nuestro trabajo; ello nos sirve para encontrarnos a nosotros mismos, conocernos mejor como hombres libres que somos con valores y principios.

El trabajo para algunos es un negocio, conseguir dinero, olvidando que el hombre es un ser pleno si encuentra un equilibrio entre el trabajo y el ocio y tiempo libre; para otros es una oportunidad para cumplir una misión con alegría y entrega hacia uno mismo y hacia los demás.

El ocio y el tiempo libre los veo como un complemento del trabajo que reconforta y te permite realizar otro tipo de actividades gratificantes y de tipo altruista, pues para algunas personas es un deber siendo la meta central de la vida del hombre y propugnando el mandamiento cristiano de «amarnos los unos a los otros como Dios nos amó». El amor hacia nosotros y hacia los demás es la esencia de nuestro ser, por amor se realiza uno mismo y se cultiva el desarrollo interior, la espiritualidad tan necesaria hoy día para encontrar la paz y el sosiego diario, para tener fuerza y valor y comunicarnos con la divinidad, logrando un desarrollo integral de la persona. Necesitamos sentirnos útiles para nosotros y para los demás.

La Opinión-El Correo de Zamora, 10/07/11.

domingo, 12 de junio de 2011

La educación


M.ª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

La palabra educación tiene distintas acepciones. Decimos que una persona es educada cuando tiene muchos conocimientos, o alguien que guarda muy bien las formas, es respetuoso, cortés y tiene buenos modales; también es educado quien tiene la madurez suficiente para ser independiente y responsable de sus actos, sabe estar, hacer, en definitiva, extraer de nuestro interior lo que llevamos y nos hace desarrollarnos como personas plenamente capaces para enfrentarnos a la vida y realizarnos en la naturaleza, en la sociedad y en la cultura ya que el hombre es único, individual y diferente pero hecho para vivir en sociedad, es decir, un animal social.

Para llevar a cabo nuestra realización plena, no solo nos necesitamos a nosotros mismos, sino que también necesitamos ayuda del exterior. La educación es necesaria para la vida de los pueblos, para la convivencia, estableciéndose unas normas de comportamiento y valores que hay que seguir. Estas las estamos aprendiendo desde que nacemos, por lo que desde nuestra más tierna infancia nos estamos y nos están educando yendo poco a poco forjando nuestra personalidad y desarrollándonos íntegramente y plenamente como personas.

Pero la educación también significa la formación moral de la persona, el aprendizaje del bien, de la bondad y del amor a nuestros semejantes, ya que con ellos compartimos nuestra existencia. Estamos hablando de valores o virtudes que todos deberíamos ostentar, que nos capacitan para obrar bien en nuestras relaciones. Necesitamos tener tacto, cuidar las formas y el lenguaje, hacer que el otro se sienta bien, potenciando su autoestima y haciéndole sentirse respetado y que su opinión cuenta para nosotros. Con ello potenciamos otros conceptos como el bien, sinceridad, lealtad, fidelidad, generosidad, amistad, elegancia, confianza, autenticidad, justicia, disponibilidad, buena voluntad para hacer las cosas, es decir, un racimo de virtudes que son necesarias para tener educación y que nos proporcionará éxito en nuestra vida.

Vivimos en sociedad y para una convivencia pacífica es necesario conocer y aplicar las normas de comportamiento asumidas por todos como buenas y válidas que faciliten la consideración y el respeto mutuo. Amando de Miguel en su libro sobre la urbanidad dice que «la base de la buena educación es moral: no hagas al otro lo que no quieras que te hagan a ti». Teilhard de Chardin también decía que la educación moral de la persona es el amor, ese amor que significa «colocar la propia felicidad en la felicidad de los otros». Si entregas a los demás lo mejor que tenemos en nosotros, con creces volverá a nosotros; se produce lo que llamamos «efecto boomerang».

La Opinión-El Correo de Zamora, 12/06/11.

domingo, 15 de mayo de 2011

El dolor, el sufrimiento y la muerte


Mª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

El dolor, el sufrimiento y la muerte forman parte de nuestra vida. Pero ¿pueden dar sentido a nuestra vida? ¿Sirven para algo? El hombre es un ser limitado y en nuestra actitud está el encontrar sentido a la vida en el sufrimiento, teniendo dos opciones en función de nuestra libertad y voluntad. Una es desesperarnos o negar la evidencia, y otra es adoptar una actitud mental positiva ante estas situaciones tan dramáticas como es la aceptación de las mismas con alegría y felicidad pensando que aunque formen parte de nuestra vida no hemos nacido para sufrir; el pensar que sí sería demencial. Hemos nacido para vivir con alegría y felicidad aunque la vida entrañe sufrimiento, produciéndonos ventajas, ya que en el dolor se puede encontrar uno consigo mismo, tener paz interior y dar sentido a la vida; valorar más lo bueno que tenemos.

El dolor une en intereses, sentimientos y afectos, y te hace más sensible, más generoso, más solidario, entregado; nos humaniza, nos enseña y nos enriquece y nos prepara para vivir con plenitud el día a día, no pensando en nosotros mismos sino pensando en los demás. En la sociedad moderna donde predominan criterios económicos de productividad y eficacia parece que un enfermo crónico no puede aportar nada a la sociedad sino más bien parece ser un estorbo a quien nos vemos obligados a soportar. Pero nada más lejos de la realidad, ya que nos puede aportar un valor incalculable. Nos aporta el valor de la amistad, la generosidad, el tiempo que dedicamos a esa persona, a la bondad; nos hace ser más realistas y prácticos; nos hace más humanos y generosos; nos hace ser más solidarios.

Ciertamente es humano rebelarse contra estas situaciones, pero debemos usar el corazón y la inteligencia para darnos cuenta de que si no aceptamos el dolor no seríamos felices. Los creyentes nos preguntamos: ¿por qué me ha tocado a mí? ¿Qué he hecho yo para que me pase esto? ¿Acaso merezco esto? Pero «Dios no vino a suprimir el sufrimiento, ni siquiera a explicarlo; vino a llenarlo con su presencia», según señaló Paul Claudel. Dios, que es todo bondad, ¿cómo permite estas situaciones? Él nos hace partícipes de su naturaleza divina a la cual podemos aspirar mediante el sufrimiento.

Por ello creo que la medicina paliativa, bien entendida, contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas próximas a la muerte o que están sufriendo, y a humanizar el trayecto final de sus vidas, ya que se busca eliminar el dolor físico pero también el espiritual y el moral que tiene que ver con los sentimientos, pueden poner en orden sus últimas voluntades y prepararse para morir en paz.

La Opinión-El Correo de Zamora, 15/05/11.

domingo, 17 de abril de 2011

Libertad y teología de la liberación del hombre


M.ª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

En la semana que empezamos vamos a vivir que «Cristo nos ha librado del pecado y de la esclavitud de la ley y de la carne con su muerte y resurrección». Pero ¿qué relación hay entre la construcción del mundo y la salvación? La construcción del mundo es una tarea del hombre que realiza en función de su libertad. El hombre, para ser libre, tiene que distinguir entre lo bueno y lo malo de su conducta y asumirla con responsabilidad, por lo que libertad y responsabilidad van unidas. No se puede localizar el mal en las estructuras económicas, sociales o políticas, sino que depende también del hombre.

Nuestra libertad y autenticidad nos exigen asumir la responsabilidad de nuestra propia vida, estableciendo un diálogo interno con nosotros mismos, pero a la vez comprometidos con algo superior, la divinidad, que nos impulsa, nos libera de las ataduras mundanas y nos lleva hacía la realización del bien, meta que debemos tener todos, luchando por la justicia, que se proyecta sobre los pobres y las víctimas oprimidas, la dignidad humana y el amor a nuestros semejantes con responsabilidad social y solidaridad. San Agustín decía: «En el interior del hombre está la verdad», estableciendo una relación entre fe y razón.

Este es el concepto de libertad para los cristianos, donde se juega con los conceptos morales del bien y del mal, siendo el pecado el mal más profundo y estando el mal igualmente en las personas libres y responsables. Como dice Jesús, «no es lo que entra en el hombre lo que ensucia sino aquello que sale de su corazón».

Nosotros tenemos nuestra opción para elegir, pero ello requiere conocimiento e inteligencia para valorar la conveniencia de la elección. Por eso hay que buscar la perfección personal en el ámbito terrenal o temporal y en el espiritual, ya que para el cristiano la libertad no está solo en la elección de nuestra conducta, sino en elegir lo trascendente. Pero la libertad no es absoluta, ya que está condicionada a la supuesta libertad de los demás que no podemos perjudicar y que es imperfecta en sus extremos.

Esto se manifiesta en las palabras de Benedicto XVI al señalar que «solo de Dios se espera la salvación y el remedio. Él y no el hombre, tiene el poder de cambiar las situaciones de angustia. El mandamiento del amor es la regla suprema de la vida social en base al cual todos debemos de actuar con justicia no sólo para con Dios sino para el resto de los hombres, teniendo en nuestra mente las bienaventuranzas».

La Opinión-El Correo de Zamora, 17/04/11.

domingo, 20 de febrero de 2011

La juventud y los valores


M.ª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

Los cambios económicos y sociales han transformado tanto la sociedad que se ha presupuesto que a mayor desarrollo, mayor individualismo, más autonomía del ser, estableciendo que los valores, las creencias, las actitudes y comportamientos tienden a fundarse en la elección personal; damos prioridad al autodesarrollo y felicidad del hombre convirtiéndose en la vara de medir, dirimiendo los conceptos de lo bueno y lo malo cada uno a su medida, eliminando a Dios de nuestra vida y de la sociedad, eliminando igualmente los preceptos bíblicos que nos podrían ayudar mucho en la educación de nuestros hijos siendo una garantía de éxito para el futuro. El hombre de hoy contempla en su conciencia un gran vacío de valores, no siendo posible separar la crisis de valores de la crisis social.

Es preocupante la superficialidad y la desmoralización de nuestra sociedad porque se ha perdido el sentido de la vida interior del hombre, que le lleva a vivir de cara al exterior. Hay que buscar valores que den sentido a nuestra vida e intentar inculcarlos a la juventud. El mundo juvenil no lo podemos aislar de nuestro mundo contemporáneo; no se les puede entender si no es en el seno de la sociedad en que viven. El valor auténtico está en el bien, en la dignidad propia de todo ser humano, y el mejor camino para lograrlo está en cultivar los valores en el seno de una institución fundamental que es la familia. En ella nuestros jóvenes crecen, se forman y se educan.

Pero en esta era de las nuevas tecnologías, ¿qué lugar ocupan los jóvenes? ¿Qué oportunidad tienen de construir las relaciones personales, afectivas, de amistad, laborales etc., para que sepan con sus vivencias el valor de lo que cuesta hacer las cosas? ¿No estamos haciendo de los jóvenes meros consumidores dándoles todo lo que piden sin ayudarles a conseguir lo que quieren con su esfuerzo y trabajo? ¿No es más gratificante valorar los logros personales por el esfuerzo realizado que dándoselo todo hecho? Si facilitamos que sigan siendo meros consumidores, ¿no estaremos generando una juventud, apática y rebelde? Cuando nos quejamos de lo nocturnos que son nuestros jóvenes, ¿no será que se encuentran libres y con plena autonomía en la noche? ¿No será que intentan evadirse de las frustraciones del día a día, dónde parece que todo vale?, ¿no nos estarán diciendo a gritos , oye que aquí estoy, quiero reglas y normas como en el mundo de los adultos, que me reporten felicidad, compromiso, ser útil a la sociedad. Si entendemos que es así, ¿no querrá esto decir que tenemos una juventud bien preparada pero tenemos que poner nosotros las reglas para que maduren? Los mayores debemos transmitirles los valores espirituales que les sirven para su convivencia social y democrática como la familia, el derecho a la vida, la libertad, el trabajo, la amistad, la sinceridad, la verdad, la bondad, la realización del bien, la tolerancia, la solidaridad, la paz, la justicia y otros muchos con los que lograríamos un mundo mejor para todos.

La Opinión-El Correo de Zamora, 20/02/11.

domingo, 23 de enero de 2011

La religión y la pobreza


M.ª BELÉN SÁNCHEZ DE ANTA

Hay una frase célebre de autor anónimo que señala cómo el individuo puede renunciar a las posesiones materiales con el fin de acelerar su desarrollo espiritual -¡vía poderosa para sentirse bien!- que dice: «Hay gente tan sumamente pobre que solamente tiene dinero».

La religión desde el punto de vista de la providencia ha perdido influencia y ha dejado espacio libre a los intereses laicos, repitiéndose en los países donde hay más pobreza. Por ello se observa que las comunidades cristianas salen más beneficiadas cuando equilibran el Reino de Dios con el reino del hombre en lugar de utilizar el uno para suprimir el otro.

La lucha por la pobreza no es cuestión de servicios sociales ni un problema de ingresos mínimos, sino una cuestión de inserción social, cultural, política y de mentalización a nivel intelectual; estamos en una sociedad donde hay millones de personas que sufren por causa de las injusticias. Lógicamente siempre ha habido y habrá pobres, pero la situación actual en el mundo en que la mitad de la población está por debajo de la línea de la pobreza no tiene antecedentes, y es urgente y cada vez más necesario dar respuesta a este problema para erradicar la pobreza, proviniendo esta de un orden económico injusto.

Debemos conocer las causas de la pobreza, y para ello es necesario solidarizarnos y buscar y encontrar respuestas e ir contra lo que la produce, aportando ayuda inmediata y luchando contra la causa. Todo individuo vive en deuda con la sociedad y si reconocemos esta deuda estamos despertando la justicia en nosotros y en los demás. «Donde hay justicia no hay pobreza», según dijo Confucio.

Pero como oposición a la pobreza surge otro término que es fundamental para abordar este problema que es «la riqueza»; este término ha de utilizarse correctamente, ya que, en este mundo globalizado que últimamente va acompañado de una modernidad laica y un posmodernismo nihilista, si hacemos mal uso de la riqueza con lo que ello comporta, nos hemos cargado todo el sistema económico siendo una de sus consecuencias el incremento de los pobres; buscar riquezas como un fin en sí mismo es garantía de desgracia; pero si hacemos un uso sabio y compasivo del dinero mediante una distribución de la riqueza justa y equitativa, nos acercaremos a un orden económico más justo y caritativo deseado por todos, debiendo ser el Estado el que debe regular esa redistribución de la riqueza a través de sus departamentos ministeriales y realizando políticas integrales, por lo que ¿por qué no compartir la riqueza si con ello nos beneficiamos todos ya que nuestra meta es alcanzar un fin superior que es el bien común, para obtener la felicidad, sentimiento tan ansiado por el ser humano?; es una cuestión que está en nuestras manos, ya que todos, podríamos aportar nuestro granito de arena. Cultivemos el ejercicio de la caridad.

La Opinión-El Correo de Zamora, 23/01/11.