miércoles, 8 de septiembre de 2010

La escuela Azemur organiza un curso de monitor de tiempo libre


La Escuela de Tiempo Libre Azemur, dependiente de Cáritas Diocesana de Zamora, convoca su 28º Curso de Monitor de Tiempo Libre, que comenzará el próximo 15 de octubre en la capital, y se celebrará en los fines de semana hasta el 19 de diciembre. Los asistentes que superen los requisitos obtendrán el título de la Junta de Castilla y León.

Zamora, 9/09/10. La Escuela de Tiempo Libre Azemur, dependiente de Cáritas Diocesana de Zamora, y reconocida oficialmente por la Junta de Castilla y León para la formación de monitores y coordinadores de Tiempo Libre desde 1998, convoca su 28º Curso de Monitor de Tiempo Libre, para la obtención de este título oficial. Consta de 150 horas en su fase teórico-práctica, y otras 150 horas de prácticas que hay que realizar después de superar la prueba final de evaluación.

El Curso comenzará el 15 de octubre y durará hasta el 19 de diciembre, teniendo lugar las clases teóricas en los fines de semana. El plazo de inscripción está abierto hasta el próximo 1 de octubre. Los interesados, mayores de 18 años y con el graduado escolar, deberán inscribirse en la sede de Cáritas Diocesana de Zamora (Plaza de Viriato, teléfono 980 50 99 94). El precio de matrícula es de 170 euros.

Los objetivos que se propone la Escuela de Tiempo Libre Azemur al organizar esta actividad formativa son reflexionar sobre la tarea educativa que el monitor desarrolla (descubriendo los valores de la educación en el Tiempo Libre, conociendo las funciones del monitor y ofreciendo una reflexión en torno a la vivencia de la fe en las actividades de Tiempo Libre; capacitar al monitor para el desarrollo de su tarea (con recursos, instrumentos educativos y técnicas de animación); y tomar conciencia de la importante labor social que realiza el monitor.

En cuanto al contenido, el curso está integrado por un bloque troncal, donde se tratarán cuestiones como la legislación autonómica sobre juventud, los referentes básicos del monitor, aspectos organizativos, seguridad en las actividades o campismo; un bloque de libre elección, que abordará la psicología y sociología de infancia y juventud, la dinámica de grupos y habilidades sociales, educación ambiental y para la salud; y el temario específico de la Escuela, que incluye la educación en valores, la educación de la fe en el tiempo libre y la solidaridad y tolerancia.

domingo, 5 de septiembre de 2010

La historia de un esclavo


JESÚS GÓMEZ FERNÁNDEZ

Domingo XXIII del tiempo ordinario – Ciclo C

“Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 25-33)

Carta desconocida la de san Pablo «al querido Filemón colaborador nuestro, a Apia nuestra hermana y a Arquipo nuestro compañero de armas». Esposo, esposa e hijo, muy queridos de san Pablo. Familia rica, en su casa se reunían los cristianos para celebrar la Eucaristía y «recibían alivio cordial en sus necesidades». Carta, la más breve del epistolario paulino, rebosante de cordialidad; el único escrito de la Biblia, la única palabra de Dios dirigida a una familia y ¡qué familia! «Doy gracias a mi Dios —dice san Pablo— haciendo constantemente mención de ti en mis oraciones, ya que tengo noticias del amor y de la fe que tienes en el Señor Jesús».

Toda hacienda greco-romana y rica del s. I, aunque fuese cristiana, estaba llena de esclavos. Un esclavo de Filemón, Onésimo de nombre, con las manos llenas, se ha fugado y ha ido a perderse en Roma o en Cesarea de Palestina, donde espera no ser encontrado. Huido y ladrón, como vuelva a caer en manos de Filemón, lo más seguro es que termine en la cruz. Era la costumbre. En Roma o en Cesarea, Onésimo vino a caer en manos de san Pablo y se bautizó. ¿Qué hará san Pablo? ¿Devolverlo a su amo o callar como si nunca hubiese conocido a Onésimo? Callar sería traicionar a su querido colaborador; además, quiere quedarse con Onésimo, pues lo cree muy onésimo, que significa «ser útil». Tendrá que devolverlo a Filemón. Eso sí, no lo devolverá solo ni con las manos vacías. Irá acompañado por Tíquico y llevará una carta de recomendación. Merece la pena leerla:

Te suplico por este hijo mío... Te lo envío de nuevo, es decir, que te envío mi propio corazón… Quería retenerlo a mi lado, pero nada quise hacer sin tu consentimiento… Quizás se separó de ti para que lo recuperaras para siempre no ya como esclavo, sino como hermano muy querido tanto en la carne como en el Señor… Recíbelo como a mí mismo. Si en algo te perjudicó, ponlo a mi cuenta.

¡Cuán lejos y cuanto más eficaz es este lenguaje que el de los puños en alto! Tratar a un esclavo como hermano es mucho más que concederle la libertad. Liberto, llevaría siempre encima el estigma de su antigua esclavitud; en cambio, tratado como hermano sería reconocido como igual en dignidad y respeto. Esto mismo podemos aplicar al inferior en la escala de mandos, que debe ser tratado como igual en dignidad y respeto. No arremete san Pablo contra el orden establecido, sino que ruega a un magnate cristiano que obre de acuerdo con las exigencias de su fe. Y la esclavitud desapareció sin traumas. Si los magnates cristianos de hoy siguieran las directrices de Pablo, no faltaría el empresariado ni el mercado de bolsa; pero tampoco se hubieran producido el derrame del gas MIC en Bhopal (20.000 muertos) o el de petróleo en el golfo de México ni la crisis económica ni la corrupción política que padecemos. Cuando los cristianos nos ponemos a vivir como auténticos cristianos, la sociedad cambia.

La Opinión-El Correo de Zamora, 5/09/10.

Como enanos


LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO

Así han llamado este año a su campamento los responsables de esta actividad de verano en el Arciprestazgo de Aliste. Con la ayuda de otros monitores procedentes de la Guareña y de la tierra del Vino, además de algunas monitoras en prácticas, han logrado que un buen grupo de niños y adolescentes se lo pasen así, «como enanos». Por lo que pude ver cuando los visité esta semana, también ellos han disfrutado de estos días en las instalaciones que tiene Cáritas Diocesana de Zamora junto al Lago de Sanabria. Aunque necesitarán un tiempo de descanso tras el agotamiento que supone un campamento.

Cientos de familias han vuelto a depositar su confianza en parroquias, colegios e instituciones católicas de nuestra tierra para que los más pequeños no sólo estén entretenidos, sino que reciban una oferta educativa integral. Porque eso es lo que pretendemos. Lo digo como cura y como monitor de tiempo libre (con unos años más en lo segundo). Pienso en tantas personas que han dejado y siguen dejando su tiempo para que más de mil chavales cada año pasen unos días que seguramente recordarán toda su vida. Tiempo que, además del transcurrido entre los árboles y las tiendas de campaña, es el dedicado durante el resto del año a preparar las actividades. Un buen campamento —lo sabemos los que hemos estado metidos dentro— es fruto de una buena preparación, del trabajo en equipo y de muchas horas de labor oculta.

Monitores y coordinadores de tiempo libre, con su debida titulación oficial, sacerdotes y cocineros, encargados de la enfermería o de otras mil cosas… hacen posible que los niños y adolescentes vivan unos días alternativos para muchos de ellos. Porque se les enseña que se puede vivir en el campo, con menos cosas de las habituales. Que a veces viene bien pasar unos días sin televisión ni consola ni teléfono móvil. Que la fraternidad es algo tan humano y tan necesario que vale la pena todos los esfuerzos, disgustos y enfados del mundo. Que la diversión puede estar llena de contenido y ayudar a crecer. Y, no lo olvidemos, que la trascendencia es una dimensión fundamental de la persona. Por eso en estos campamentos Dios está presente. Cuando se reza y se canta cada día y cuando se celebra la eucaristía el domingo. Y cuando no se le nombra, pero está ahí, tras los valores que se transmiten a través de los juegos y las actividades, y el normal transcurrir diario. Y tras la entrega de tantos monitores y responsables. A todos ellos, gracias un año más, y adelante.

La Opinión-El Correo de Zamora, 5/09/10.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Más de 1200 niños han participado en los campamentos de la Iglesia en Zamora


Al término del verano, repasamos los campamentos que las parroquias, centros educativos y asociaciones de la Diócesis de Zamora han llevado a cabo, con la participación de más de 1200 niños y 240 monitores y personas encargadas de su cuidado. Las instalaciones de Cáritas Diocesana junto al Lago de Sanabria han acogido gran parte de estas actividades.

Zamora, 4/09/10. La Iglesia siempre ha cuidado el ocio y el tiempo libre como un espacio educativo integral, y por eso la Diócesis de Zamora, a través de sus diversas parroquias, colegios, institutos religiosos y asociaciones, lleva muchos años organizando campamentos de verano. Hoy mismo termina el último de este verano, el que ha convocado el Arciprestazgo de Aliste.

Junto al Lago de Sanabria, en un enclave privilegiado, dentro del término municipal de Vigo de Sanabria, Cáritas Diocesana de Zamora tiene tres campings por los que pasan todos los años cientos de chavales. La Delegación Diocesana de Enseñanza ha vuelto a organizar, un año más, el Campamento Diocesano, en agosto; y lo mismo ha hecho en julio la Asociación de Tiempo Libre Azemur, dependiente de Cáritas Diocesana.

Varias parroquias de la capital han llevado también a los más pequeños a las instalaciones diocesanas junto al Lago de Sanabria: San Lorenzo, San José Obrero y San Lázaro. El arciprestazgo de Benavente también se ha aprovechado de esta oportunidad, y los Scouts de esta localidad, además de las parroquias de Monfarracinos, Moreruela de los Infanzones, Molacillos y Cubillos. El último turno ha sido el del Arciprestazgo de Aliste, con su campamento “Como enanos”, que ha contado con la participación de niños y monitores de la Guareña y la tierra del Vino.

El uso de los campings de Cáritas se ha abierto a instituciones eclesiales de fuera de Zamora, como los Salesianos de León y las Salesianas de Guadalajara. En total, alrededor de 740 niños y adolescentes, y 160 monitores y responsables han pasado este verano por estas instalaciones diocesanas en Sanabria.

No se quedan ahí las actividades veraniegas que congregan a niños de toda la provincia y de otros lugares. Como otros años, otras dos entidades han organizado campamentos muy concurridos. La primera es la Parroquia de la Natividad de Zamora, que bajo la dirección del sacerdote Francisco Díez ha reunido durante los meses de julio y agosto a 170 chavales y 20 monitores y ayudantes, en las instalaciones que tienen en la localidad de Sejas de Sanabria, en una convocatoria que lleva celebrándose 38 años sin interrupción.

También se sitúan aquí los campamentos que convocan el sacerdote claretiano Fernando Sotillo y la Asociación Juvenil y Deportiva de Tiempo Libre “Peña Negra”, y que desde hace 24 años se celebran en Doney de la Requejada. 286 niños y adolescentes, acompañados por 53 monitores, han disfrutado en cuatro turnos de las actividades educativas y lúdicas en la ribera del río Negro.

La mayor parte de los responsables de estos campamentos coinciden en apuntar un ligero aumento de la participación este año. Otras parroquias, colegios religiosos y entidades diocesanas también han organizado campamentos urbanos y convivencias con niños y jóvenes en nuestra provincia, y por ellos ha pasado otro buen número de niños y adolescentes.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Mensaje del Papa para la JMJ 2011


Hoy acaba de hacerse público el Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de 2011, que tendrá lugar en Madrid. Zamora será una de las Diócesis de Acogida en los días previos (del 11 al 15 de agosto).

"Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe"(cf. Col 2, 7)

Queridos amigos

Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el 2008. Allí vivimos una gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios actuó con fuerza, creando una intensa comunión entre los participantes, venidos de todas las partes del mundo. Aquel encuentro, como los precedentes, ha dado frutos abundantes en la vida de muchos jóvenes y de toda la Iglesia. Nuestra mirada se dirige ahora a la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid, en el mes de agosto de 2011. Ya en 1989, algunos meses antes de la histórica caída del Muro de Berlín, la peregrinación de los jóvenes hizo un alto en España, en Santiago de Compostela. Ahora, en un momento en que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces cristianas, hemos fijado nuestro encuentro en Madrid, con el lema: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Os invito a este evento tan importante para la Iglesia en Europa y para la Iglesia universal. Además, quisiera que todos los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe, como los que vacilan, dudan o no creen, puedan vivir esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de nosotros.

1. En las fuentes de vuestras aspiraciones más grandes

En cada época, también en nuestros días, numerosos jóvenes sienten el profundo deseo de que las relaciones interpersonales se vivan en la verdad y la solidaridad. Muchos manifiestan la aspiración de construir relaciones auténticas de amistad, de conocer el verdadero amor, de fundar una familia unida, de adquirir una estabilidad personal y una seguridad real, que puedan garantizar un futuro sereno y feliz. Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande. Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así decir, "encerrados" por el poder dominante. Por ello, queríamos salir afuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación. Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su "huella". Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz. Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: «sin el Creador la criatura se diluye» (Con. Ecum. Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes, 36). La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio -como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia-, se constata una especie de "eclipse de Dios", una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.

Por este motivo, queridos amigos, os invito a intensificar vuestro camino de fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de la ciudad de Colosas, es vital tener raíces y bases sólidas. Esto es verdad, especialmente hoy, cuando muchos no tienen puntos de referencia estables para construir su vida, sintiéndose así profundamente inseguros. El relativismo que se ha difundido, y para el que todo da lo mismo y no existe ninguna verdad, ni un punto de referencia absoluto, no genera verdadera libertad, sino inestabilidad, desconcierto y un conformismo con las modas del momento. Vosotros, jóvenes, tenéis el derecho de recibir de las generaciones que os preceden puntos firmes para hacer vuestras opciones y construir vuestra vida, del mismo modo que una planta pequeña necesita un apoyo sólido hasta que crezcan sus raíces, para convertirse en un árbol robusto, capaz de dar fruto.

2. Arraigados y edificados en Cristo

Para poner de relieve la importancia de la fe en la vida de los creyentes, quisiera detenerme en tres términos que san Pablo utiliza en: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Aquí podemos distinguir tres imágenes: "arraigado" evoca el árbol y las raíces que lo alimentan; "edificado" se refiere a la construcción; "firme" alude al crecimiento de la fuerza física o moral. Se trata de imágenes muy elocuentes. Antes de comentarlas, hay que señalar que en el texto original las tres expresiones, desde el punto de vista gramatical, están en pasivo: quiere decir, que es Cristo mismo quien toma la iniciativa de arraigar, edificar y hacer firmes a los creyentes.

La primera imagen es la del árbol, firmemente plantado en el suelo por medio de las raíces, que le dan estabilidad y alimento. Sin las raíces, sería llevado por el viento, y moriría. ¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente, los padres, la familia y la cultura de nuestro país son un componente muy importante de nuestra identidad. La Biblia nos muestra otra más. El profeta Jeremías escribe: «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto» (Jer 17, 7-8). Echar raíces, para el profeta, significa volver a poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida; sin Él no podríamos vivir de verdad. «Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo» (1 Jn 5,11). Jesús mismo se presenta como nuestra vida (cf. Jn 14, 6). Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud. Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo. Se piensa cuál será nuestro trabajo, las relaciones sociales que hay que establecer, qué afectos hay que desarrollar. En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.

Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente en la tierra, así los cimientos dan a la casa una estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos arraigados en Cristo (cf. Col 2, 7), así como una casa está construida sobre los cimientos. En la historia sagrada tenemos numerosos ejemplos de santos que han edificado su vida sobre la Palabra de Dios. El primero Abrahán. Nuestro padre en la fe obedeció a Dios, que le pedía dejar la casa paterna para encaminarse a un país desconocido. «Abrahán creyó a Dios y se le contó en su haber. Y en otro pasaje se le llama "amigo de Dios"» (St 2, 23). Estar arraigados en Cristo significa responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose de Él y poniendo en práctica su Palabra. Jesús mismo reprende a sus discípulos: «¿Por qué me llamáis: "¡Señor, Señor!", y no hacéis lo que digo?» (Lc 6, 46). Y recurriendo a la imagen de la construcción de la casa, añade: «El que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra. se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente construida» (Lc 6, 47-48).

Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que "cavó y ahondó". Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino. Acoged con gratitud este don espiritual que habéis recibido de vuestras familias y esforzaos por responder con responsabilidad a la llamada de Dios, convirtiéndoos en adultos en la fe. No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.

3. Firmes en la fe

Estad «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). La carta de la cual está tomada esta invitación, fue escrita por san Pablo para responder a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad de Colosas. Aquella comunidad, de hecho, estaba amenazada por la influencia de ciertas tendencias culturales de la época, que apartaban a los fieles del Evangelio. Nuestro contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas analogías con el de los colosenses de entonces. En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un "paraíso" sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un "infierno", donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay cristianos que se dejan seducir por el modo de pensar laicista, o son atraídos por corrientes religiosas que les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse seducir por ellas, sencillamente han dejado que se enfriara su fe, con las inevitables consecuencias negativas en el plano moral.

El apóstol Pablo recuerda a los hermanos, contagiados por las ideas contrarias al Evangelio, el poder de Cristo muerto y resucitado. Este misterio es el fundamento de nuestra vida, el centro de la fe cristiana. Todas las filosofías que lo ignoran, considerándolo "necedad" (1 Co 1, 23), muestran sus límites ante las grandes preguntas presentes en el corazón del hombre. Por ello, también yo, como Sucesor del apóstol Pedro, deseo confirmaros en la fe (cf. Lc 22, 32). Creemos firmemente que Jesucristo se entregó en la Cruz para ofrecernos su amor; en su pasión, soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros pecados, nos consiguió el perdón y nos reconcilió con Dios Padre, abriéndonos el camino de la vida eterna. De este modo, hemos sido liberados de lo que más atenaza nuestra vida: la esclavitud del pecado, y podemos amar a todos, incluso a los enemigos, y compartir este amor con los hermanos más pobres y en dificultad.

Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el "sí" de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.

4. Creer en Jesucristo sin verlo

En el Evangelio se nos describe la experiencia de fe del apóstol Tomás cuando acoge el misterio de la cruz y resurrección de Cristo. Tomás, uno de los doce apóstoles, siguió a Jesús, fue testigo directo de sus curaciones y milagros, escuchó sus palabras, vivió el desconcierto ante su muerte. En la tarde de Pascua, el Señor se aparece a los discípulos, pero Tomás no está presente, y cuando le cuentan que Jesús está vivo y se les ha aparecido, dice: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20, 25).

También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder hablar con Él, sentir más intensamente aún su presencia. A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer. De hecho, Jesús mismo, apareciéndose nuevamente a los discípulos después de ocho días, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20, 27). También para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a "ver", a "encontrar" a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda.

Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará. «La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado» (Catecismo de la Iglesia Católica, 150). Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe en Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!».

5. Sostenidos por la fe de la Iglesia, para ser testigos

En aquel momento Jesús exclama: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). Pensaba en el camino de la Iglesia, fundada sobre la fe de los testigos oculares: los Apóstoles. Comprendemos ahora que nuestra fe personal en Cristo, nacida del diálogo con Él, está vinculada a la fe de la Iglesia: no somos creyentes aislados, sino que, mediante el Bautismo, somos miembros de esta gran familia, y es la fe profesada por la Iglesia la que asegura nuestra fe personal. El Credo que proclamamos cada domingo en la Eucaristía nos protege precisamente del peligro de creer en un Dios que no es el que Jesús nos ha revelado: «Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros» (Catecismo de la Iglesia Católica, 166). Agradezcamos siempre al Señor el don de la Iglesia; ella nos hace progresar con seguridad en la fe, que nos da la verdadera vida (cf. Jn 20, 31).

En la historia de la Iglesia, los santos y mártires han sacado de la cruz gloriosa la fuerza para ser fieles a Dios hasta la entrega de sí mismos; en la fe han encontrado la fuerza para vencer las propias debilidades y superar toda adversidad. De hecho, como dice el apóstol Juan: «¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5, 5). La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza. Ante la tumba del amigo Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, Jesús, antes de volver a llamarlo a la vida, le dice a su hermana Marta: «Si crees, verás la gloria de Dios» (Jn 11, 40). También vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de vuestra fe, seréis un instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro con Cristo.

6. Hacia la Jornada Mundial de Madrid

Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Con profunda alegría, os espero a cada uno personalmente. Cristo quiere afianzaros en la fe por medio de la Iglesia. La elección de creer en Cristo y de seguirle no es fácil. Se ve obstaculizada por nuestras infidelidades personales y por muchas voces que nos sugieren vías más fáciles. No os desaniméis, buscad más bien el apoyo de la comunidad cristiana, el apoyo de la Iglesia. A lo largo de este año, preparaos intensamente para la cita de Madrid con vuestros obispos, sacerdotes y responsables de la pastoral juvenil en las diócesis, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones y los movimientos. La calidad de nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la preparación espiritual, de la oración, de la escucha en común de la Palabra de Dios y del apoyo recíproco.

Queridos jóvenes, la Iglesia cuenta con vosotros. Necesita vuestra fe viva, vuestra caridad creativa y el dinamismo de vuestra esperanza. Vuestra presencia renueva la Iglesia, la rejuvenece y le da un nuevo impulso. Por ello, las Jornadas Mundiales de la Juventud son una gracia no sólo para vosotros, sino para todo el Pueblo de Dios. La Iglesia en España se está preparando intensamente para acogeros y vivir la experiencia gozosa de la fe. Agradezco a las diócesis, las parroquias, los santuarios, las comunidades religiosas, las asociaciones y los movimientos eclesiales, que están trabajando con generosidad en la preparación de este evento. El Señor no dejará de bendecirles. Que la Virgen María acompañe este camino de preparación. Ella, al anuncio del Ángel, acogió con fe la Palabra de Dios; con fe consintió que la obra de Dios se cumpliera en ella. Pronunciando su "fiat", su "sí", recibió el don de una caridad inmensa, que la impulsó a entregarse enteramente a Dios. Que Ella interceda por todos vosotros, para que en la próxima Jornada Mundial podáis crecer en la fe y en el amor. Os aseguro mi recuerdo paterno en la oración y os bendigo de corazón.

Vaticano, 6 de agosto de 2010

Benedictus PP. XVI

miércoles, 1 de septiembre de 2010

De la exigencia a la gratitud


FRANCISCO GARCÍA MARTÍNEZ

Domingo XXII del tiempo ordinario – Ciclo C

“Invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos” (Lc 14, 1.7-17)

¿Qué es eso -que nos dice Jesús en el evangelio de hoy- de invitar a nuestras fiestas a pobres y marginales, y dejar sin invitación a nuestros familiares y amigos? La petición en su exceso hace que nada más escucharla caiga en el olvido. No vamos a hacer lo que dice tal y como lo dice, y a la vez no podemos hacer como si Jesús no lo hubiera dicho. Una situación, como tantas otras en el evangelio, bastante incómoda para los creyentes.

Veamos. ¿Quién no ve que el mundo está separado por demasiadas fronteras interiores al corazón? Unos tienen la riqueza, otros la pobreza; unos la salud, otros la enfermedad; unos el prestigio, otros la mala fama…, y nadie junta una oveja con una cabra, «cada oveja con su pareja». Resulta demasiado incómodo sentarnos al lado de los otros si no son de «la familia». En esta hay pactos tácitos sobre lo que podemos decir y lo que no, sobre lo que podemos mostrar y lo que debe permanecer oculto… y cuando entran en el círculo los otros la cosa se complica como con las preguntas de los niños: ¿Por qué vas tan rápido si este «cojo» no puede ir a tu paso?, ¿eres más humano por poder hacer más cosas que este «lisiado»?, ¿puedes gastar dinero sin control simplemente porque no eres «pobre»?

Dicho de otro modo, solo invitando a un ciego que nos haga cerrar los ojos a esta superficie que nos tiene presos y divididos nos hará encontrar la luz que nace en la verdad profunda de nuestro ser. Jesús es ese ciego que no ve las preguntas que no hay que hacer, los temas que no hay que sacar, las acciones inconvenientes que sin embargo necesitamos… por eso tantas veces resulta insoportable, aunque digamos que él es el camino, la verdad y la vida. ¡Bonita y terrible frase!

Con Jesús estamos invitados al banquete del que él mismo habla, aquel en el que no están excluidos los que no tienen amigos ni familiares, porque él es el Amigo que ofrece la misericordia sin fronteras de Dios. Aquí no se pueden comprar puestos de honor. Podemos descubrir así que Jesús en el evangelio no habla, en primer lugar, de lo que hemos de hacer nosotros, sino de lo que él ha hecho: ponerse en el último puesto del banquete para desde allí estar con todos, fue entonces cuando Dios lo sentó en su trono. Jesús invitó a todos a su mesa y ahora todos tenemos un sitio al que acogernos. Y lo que parecía un mandato se convierte en un motivo de acción de gracias. Luego, solo luego, empieza el esfuerzo por ensanchar nuestras familias y amistades hacia los que más nos necesitan, como Dios ensanchó su ser hasta hacernos, en Cristo, de su misma familia.

La Opinión-El Correo de Zamora, 29/08/10.

Nazareth, Wadowice y Calcuta


JOSÉ ALBERTO SUTIL LORENZO

Dos aldeas y una gran ciudad. Una pertenece a la geografía de la salvación, otra a la geografía de la verdad, y la última a la geografía de la caridad. Todas ellas son tierra de santidad, porque la santidad no es algo etéreo o legendario, sino la realidad vivida desde Dios por hombre y mujeres de carne y hueso. En concreto son María de Nazareth, Karol Wojtyla y Agnes Gonxha Bojaxhiu, más conocidos estos últimos como Juan Pablo II y Teresa de Calcuta. El pasado día 26 se cumplía el centenario del nacimiento de la Beata Teresa de Calcuta, y a lo largo y ancho del mundo se han sucedido las celebraciones. La Times Square de Nueva York y las cataratas del Niágara, por ejemplo, se han iluminado de blanco y azul, los colores del sari indio usado como hábito por las Misioneras de la Caridad. En Calcuta se ha celebrado la eucaristía en memoria de la santa de los pobres, celebración en la que se leyó el mensaje que el papa Benedicto XVI ha enviado a Mary Prema Pierick, superiora de la Congregación fundada por Madre Teresa. De ella ha dicho el Papa que dio ejemplo excelente ante el mundo de las palabras de san Juan: «Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros» (1 Jn 4, 11-12). El filósofo posmoderno y padre del «pensamiento débil», G. Vattimo, ha asegurado que «la historia de la verdad en el siglo XX es una transición hacia la caridad». Caridad y Verdad, Teresa de Calcuta y Juan Pablo II como un tándem genial para la nueva evangelización. Qué curioso que la encíclica social de Benedicto XVI se titule precisamente así: La caridad en la verdad, mostrando una vez más que el evangelio es respuesta siempre actual a los interrogantes de la vida.

¿Y qué pinta Nazareth en todo esto? Pues que cada cristiano y cada cristiana, cada santo y cada santa, son nuevas páginas de la historia de la salvación, páginas escritas sobre la falsilla del canto del Magnificat, el canto en el que María da gloria al Dios que salva, al Dios que hace cosas grandes en personas «pequeñas», al Dios que es fiel a sus promesas. Las siguientes palabras son de Madre Teresa, pero podrían haber sido también pronunciadas por María o por Juan Pablo II: «Jesús te ama tiernamente, eres precioso para Él. Dirígete a Jesús con gran confianza y permítete a ti mismo ser amado por Él. El pasado pertenece a su Misericordia, el futuro a su Providencia y el presente a su Amor».

La Opinión-El Correo de Zamora, 29/08/10.